Una semana con botas de agua
Una semana con botas de agua. Son unas botas cortas, más bien botines Oxford, creo que se llaman, con gomas y de color verde- Me las trajeron los Reyes y pensé: a ver si me las puedo poner algún día.. Son muy cómodas. Son las botas que llevaría una señora de mediana edad para salir a su jardín a cortar los rosales, recoger lilas, barrer las hojas caídas en otoño y limpiar las malas hierbas en primavera. Son las botas perfectas para no quitarse en todo el día cuando no ha parado de llover y todo está lleno de charcos. Las botas perfectas para tener al pie de la escalera, justo donde has dejado los zuecos de estar en casa que te pones nada más entrar.
Una semana con botas de agua. Lleva siete días lloviendo sin parar. Creo que es la primera vez en mi vida, la primera vez que yo recuerde, en que puedo decir «no para de llover». En algún momento puntual, diez minutos, veinte, media hora a lo sumo, la lluvia disminuye, casi se para, pero como todo gotea, como por todas partes resbalan millones de gotas de agua, la sensación de lluvia persiste. Algunos de esos ratitos he tenido suerte y han coincidido justo cuando salía del metro y tenía que caminar hasta la oficina, o justo al volver a Los Molinos y bajarme del bus para coger mi coche o a última hora de la tarde para poder sacar a los perros al jardín y que corrieran un rato entre la hierba empapada. Están aburridos de estar dentro. Les abro la puerta y se sientan en el umbral, mirando los charcos, la lluvia y, con cierta desgana, un poco desesperados casi, se dan por vencidos, se levantan y vuelven a su alfombrilla a seguir pasando las horas dormidos. Vida de perros.
Una semana con botas de agua. No puedo parar de sonreír. Cuando cojo el autobús a las 8:15 las ventanillas están llenas de vaho, muchos pasajeros van durmiendo ya y tengo que llegar al final para encontrar un asiento de ventanilla libre. El cristal está frío, las gotas resbalan por fuera y, aunque ya es de día, la oscuridad de las nubes encajonadas en el valle entre las montañas hace que el asfalto brille con las luces de los coches con los que nos vamos cruzando. Me pongo un podcast y me voy fijando en las casas, veo ventanas iluminadas e imagino vidas de personas que teletrabajan y ahora mismo están poniendo una lavadora o haciendo la cama, justo antes de sentarse a currar. Imagino también las vidas de los que en un rato tendrán que salir de casa corriendo a llevar a los niños al colegio, a coger el coche para llegar al trabajo. Los imagino saliendo por la puerta, apagando esas luces que ahora veo encendidas y echando un último vistazo a su casa mientras cierran la puerta y pensando: «lo que daría por no tener que salir».
Una semana con botas de agua. En el ascensor, caminando por los pasillos de camino a la cafetería, al baño, me veo los pies y me acuerdo de mis tiempos de colegio, cuando me ponían las botas de agua porque por la mañana llovía mucho y a media mañana ya había salido el sol y tenía que ir arrastrando las botas y tirando de los calcetines todo el día. La emoción de la novedad de las botas se pasaba muy rápidamente, pronto se convertían en un fastidio. Esta semana no.
Una semana con botas de agua. Mientras compruebo cómo, a lo largo del día, voy dejando un rastro de barro seco en mis vagabundeos por el curro, pienso en lo que ha cambiado la vestimenta laboral en veinticinco años. Cuando empecé a trabajar en la televisión, mi armario estaba dividido en la ropa de ir a trabajar y la de ocio. Tenía faldas, trajes de chaqueta, medias, zapatos de tacón y bolsos que cambiaba con asiduidad dependiendo de la ropa. Ahora toda mi ropa está mezclada, trabajo en vaqueros, jamás calzo tacones y llevo una mochila. Y botas de agua que van soltando barro y yo voy recogiendo porque no quiero ir dejando un senderito de arena a mi paso.
Una semana con botas de agua. Cada noche al acostarme he escuchado la lluvia caer sobre el tejado de mi habitación y sobre el tejado del porche al que da mi ventana. La oía arreciar mientras me sumergía en Los nombres de Feliza, de Juan Gabriel Vásquez, y también al apagar la luz para intentar dormir. Cuando me despertaba al cabo de dos o tres horas, ahí seguía el repiqueteo de la lluvia en las pizarras que cubren la casa. Al despertar, como el dinosaurio, la lluvia seguía ahí y me he maravillado, cada mañana, de que los cielos grises, las nubes cargadas y el agua aún estuvieran presentes. Me parece casi milagroso.
Una semana con botas de agua. El río Guadarrama, que tengo que cruzar para ir al pueblo, baja embravecido como nunca. El viernes le faltaba poquísimo para pasar por encima del puente por el que paso-. En Correos, en la farmacia, en la frutería, todo el mundo sacude los pies al entrar, comenta algo de la lluvia y yo entro y salgo con las manos en los bolsillos, la capucha puesta y mirando hacia abajo viendo cómo el agua que empapa mi abrigo va chorreando los vaqueros. El sábado cortaron el acceso al puente.
Una semana con botas de agua. Desde la ventana de mi despacho veo el cielo de Madrid completamente cubierto. Ni un rayo de sol en toda la semana. El agua salpicando las baldosas de la terraza a la que da mi ventana. Al otro lado de la Gran Vía, en el hotel de lujo que ocupa el edificio de enfrente, no hay sombrillas, ni turistas, ni tienen abierta la barra hortera para tomar algo mirando el tráfico. Me alegro por mí y por los trabajadores del hotel a los que les quedan infinitos días de toalla, sombrilla y mojitos sonriendo sin ganas.
Una semana con botas de agua. «Marzo lluvioso y abril ventoso1 hacen a mayo florido y hermoso». Va a ser una primavera esplendorosa con todo el campo florecido y boyante esparciendo polen a troche y moche. La fantasía de los alérgicos.
Una semana con botas de agua. Una semana lloviendo. Jarreando. Lloviendo “cats and dogs”, como dicen los ingleses. Diluviando. Chaparrones, tormentas, rayos y truenos. Aguaceros. Chubascos. Trombas de aguas. Charcos, la hierba empapada, las hojas brillantes de puro verde. Como llueve sin viento las flores de las mimosas están aguantando. El martes cuando llegué de trabajar mi coche estaba cubierto de pétalos de flores de almendro y estaba aparcado debajo de un cedro. A lo mejor sopló viento justo ese día, pero no sopló lo suficiente como para arrastrar la pequeña piña que lleva semanas en el tejado del porche y veo cada mañana cuando abro las cortinas.
Una semana con botas de agua. Oliendo a perro mojado, a hierba empapada, a condensación de abrigos húmeros, a chimenea, sopa de pescado y lentejas calientes. En el trabajo olía un poco a colegio cerrado, como cuando no se podía salir al patio a jugar y toda la energía acumulada de cientos de niños rebotaba contras las paredes del edificio durante horas. La oficina, los pasillos, la cafetería, el comedor, los estrechos espacios bajo los aleros en los que los fumadores se amontonan mirando la lluvia casi con desesperación huelen a frustración, a esa idea tontísima que se ha instalado en el imaginario popular de «la lluvia me da bajona». Yo no huelo a eso, claro: yo huelo a felicidad, a emoción. No me creo que lleve siete días lloviendo: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.
¿Y lo mejor? Que va a seguir así por lo menos otros cinco días más.
Estoy brotando.
*He decidido cambiar los meses del refrán para adecuarlos a la realidad del momento. Si mis mayores fantasías se cumplen, no tendré problema en escribir «marzo lluvioso y abril lluvioso».
Next Door Publishers, la editorial en la que publiqué Los días iguales, cierra a finales de este mes. He contado toda la historia en Instagram. Ahora mismo lo puedes comprar al 50%, por 12,50 € con gastos de envío gratis. A partir de mañana, lunes, el descuento será solo del 30% y habrá gastos de envío. Está mal que yo lo diga, pero es un libro precioso.







Tenías que hablar de la lluvia, lo estaba esperando! No sabes cuánto he pensado en ti estos días - ‘estará contenta Molinos’. te conozco tanto de leerte y seguirte que siempre me acuerdo de ti cuando hace mal tiempo, porque no conozco a nadie más que los disfrute tanto! Las botas de agua son un calzado que adoro desde siempre. Es verdad que en España (Madrid) se usan poco pero recuerdo mis años viviendo en Inglaterra y las botas de agua, las ‘Wellington boots o Wellies’ son esenciales. Yo me compré unas Hunter, que son las mejores botas de agua del mundo mundial. Cómodas y resistentes. Y al volver a España las seguí usando, sobre todo cuando me mudé al campo y paseaba a Tinta y teníamos huerto. Aquéllas verdes se rompieron después del divorcio - todo se rompió - y ahora tengo unas rojas maravillosas que uso muchísimo para llevar a Tinta al campo y pasear con lluvia. Espero que sigas disfrutando mucho esta semana , que queda lluvia para rato!
Describes de maravilla la sensación de los días de lluvia, te lo dice una gallega acostumbrada y que siempre le verá la belleza, a pesar del hastío en ocasiones.
¿Sabías que en gallego existen infinidad de palabras para hablar de la lluvia? Aquí un pequeño ejemplo https://orballo.eu/70-palabras-para-referirnos-a-la-lluvia/