Un jardín. El jardín. Mi jardín
El otro día me sorprendí pensando en mis nietos en mi jardín. Mis nietos, un futurible que ahora mismo no tengo; y mi jardín, algo a lo que a pesar de ser una realidad todavía no me he acostumbrado. Fantaseé con mis futuros descendientes (posibles futuros descendientes, no estoy presionando a mis hijas para que se reproduzcan) porque había estado recordando mi primera relación con un jardín, cuando yo era nieta y vivía en casa de mis abuelos en Los Molinos.
Aquel jardín me parecía gigantesco, misterioso e inabarcable. No lo era, claro, pero para una niña de 5 ó 6 años era todo un universo. Estaba la zona, diríamos domesticada, de la enorme pérgola verde de madera, con una glicinia envolviéndola por completo. Entonces ni lo pensaba, ni mucho menos lo valoraba, pero aquellos troncos de glicinia abrazados a cada viga de madera que soportaban la pérgola debían llevar ahí años, muchísimos años, tanto que era imposible separar la planta de la estructura. Bajo esa glicinia, en verano, hacíamos toda la vida, desayunábamos, comíamos, merendábamos. Mi abuelo leía el periódico, los mayores jugaban a las cartas y por las noches se quedaban sentados discutiendo mientras que a nosotros nos mandaban a la cama. A veces, cuando estábamos todos, se ponían hasta tres mesas redondas para comer o cenar alrededor de las cuales nos reuníamos toda la familia: abuelos, tios, nietos, amigos. La pérgola, además, era la única zona del jardín con luz, lo que permitía hacer vida en ella cuando anochecía. Junto a ella había un estanque alargado, poco profundo, forrado de gresite azul, muy antiguo y con un chorro que solo se activaba de vez en cuando, cuando los niños lo pedíamos con fruición y nos habíamos portado bien. Más allá, se abría una zona de tierra con grandes ailantos y, a continuación, tres enormes escalones de piedra conducían al pinar y la piscina que quedaba a su derecha. A su izquierda había una casita pequeña, que llamábamos El cuartucho (nombre que nunca tuvo una connotación negativa) con dos dormitorios y un baño minúsculo. Ahí dormíamos nosotro: mis padres y mis hermanos. Atravesar el pinar de noche era algo tenebroso, nos sentíamos Hansel y Gretel y nunca lo hacíamos solos, aunque durante el día lo atravesáramos sin temor para ir y venir de la piscina. El resto del jardín, que rodeaba por completo la casa, estaba organizado con distintos macizos de plantas, delimitados por bordillos de granito y atravesados por caminos de arena. En el lado derecho, al que daban las ventanas de la cocina, pegado a la pared del vecino, había incrustado en la tapia, cubierto casi por completo por las enredaderas, un banco de azulejo azul y rojo en el que, a veces, mi abuela se sentaba junto con una amiga. A nosotros nos intrigaba mucho que mi abuela prefiriera aquel rincón para sentarse pudiendo sentarse en la pérgola. Ahora que tengo la edad que debía tener ella entonces sospecho que lo hacía para evadirse del barullo familiar y poder hablar con tranquilidad. Justo delante de ese banco había otro estanque. Era hexagonal y más profundo y en un pasado remoto, supongo que cuando mis abuelos compraron la casa en los años 50, se llenaba de agua y podías darte un chapuzón. Tengo un levísimo recuerdo de verlo lleno de agua y rogar que me dejaran meterme. Nos parecía misterioso, como de cuento, pero creo que nunca obtuvimos ese permiso. Justo por encima de él se alzaba el sauce llorón más maravilloso que yo he visto nunca (¿ya no hay sauces llorones?). Un árbol majestuoso y que nos caía simpático. En algún momento, no sé si por un rayo o una enfermedad o simplemente de viejo, hubo que talarlo. Fue una gran pérdida. A los lados del gran portalón de entrada, a derecha e izquierda, se abrían las zonas más misteriosas del jardín y menos exploradas. Altísimos cedros daban sombra a los paseos de arena de esa parte y solo nos adentrábamos en ellos cuando jugábamos al escondite, pero siempre si era durante el día. Por la noche, terribles peligros nos acechaban en esos rincones del jardín.
Tal y como lo cuento da la sensación de que era un jardín enorme y así nos lo parecía, pero claro que no lo es. Cada vez que vuelvo a él, porque tengo la suerte de que la casa sigue en manos de mi familia, me sorprende comprobar cómo esos rincones fantasmagóricos son en realidad pequeños vericuetos y cómo el jardín entero se puede recorrer en dos minutos. Muchas cosas han cambiado pero otras siguen allí, claro: el estanque alargado renovado para tener agua cuando se quiera, los macizos delimitados por bordillos de granito, la rampa del garaje, el pinar, los majestuosos cedros, los ailantos, algún rosal, la vinca del macizo de la rampa del garaje, la glicinia que ahora abraza una estructura nueva, metálica y más resistente de una pérgola heredera de la de mi infancia, y los lilos, claro. Los muchísimos lilos que había en aquel jardín.
Lilos, ailantos, cedros, pinos, rosales, sauce llorón, hiedra… Los primeros nombres de plantas los aprendí en aquel jardín y ahora, cincuenta años después, los repito como un mantra en el pequeño jardín de Orbela. Cuando vine a ver la casa por primera vez me enamoré de los dos macizos de lilos que dibujan en ángulo de 90 grados un rectángulo de parcela bajo los dos enormes pinos que, algunas horas al día, dan sombra a la casa. Pensé: «Hay vinca trepando por la pared de la casa como la que le gustaba al abuelo», y conté los rosales antiguos que, en aquel septiembre, estaban cuajados de rosas y que adornan la fachada este de la casa. Cuando finalmente la compré hice un inventario de mis posesiones vegetales. Con asombro, respeto y temor, claro. ¿Seré capaz de hacer que sobreviva todo este legado arbóreo, arbustivo y floral que está ahora bajo mi responsabilidad? Tengo un olivo, un laurel al que le están creciendo hijos en la base, dos prunos, uno de ellos abrazado por la hiedra como la glicinia abrazaba la pérgola de mis abuelos. Un lado de la tapia está cubierta de madreselva y el otro por una hiedra de hoja pequeña que serpentea respetando a dos nísperos, un membrillo y un almendro. Frente a lo que ahora es la ventana de mi cocina crece un acebo gigantesco y en la parte de atrás, donde planeo colocar el tendedero, hay un almendro y otro membrillo. En esa zona hay también un rincón oscuro delimitado por una alambrada cochambrosa que, en algún momento, pretendo ponerme a limpiar y quién sabe lo que encontraré debajo.
He heredado también unas cuantas jardineras antiguas de piedra y en ellas y en un enorme macetón también de piedra que decora la balaustrada de acceso a la terraza he plantado esta semana margaritas, hiedra y geranios. Nada exótico y, sobre todo, nada caro. Nunca he tenido un jardín, no sé cuidar plantas, no puedo permitirme que se me muera una planta de 25 euros, así que tiré por lo asequible. He limpiado la zona de los rosales que han aguantado la obra y el abandono durante los meses en los que no he vivido aquí. He barrido las escaleras y rozado los macizos que delimitan el perímetro de la casa. En un mercadillo he comprado ocho sillas de hierro viejas y las he puesto alrededor de una antigua puerta metálica verde que en la casa anterior daba acceso a una leñera y que ahora se apoya sobre unas borriquetas viejas. Va a ser nuestra mesa de verano. He plantado hortensias con la vana esperanza de que alguno de los quince ¿esquejes? que la madre de un amigo me ha dado enraice y en algún momento de los próximos años dé flores.
Tengo miles de piñas por recoger (uno de mis pinos tiene una sobreproducción impresionante), muchísimos macizos por limpiar y rozar y en algún momento quiero plantar unas cuantas aromáticas y colgar un par de faroles en la fachada. Pero todo eso tendrá que ser poco a poco. Por ahora, las lilas han brotado; en un par de días todo el jardín olerá a su maravilloso aroma y yo me pregunto cómo he podido vivir hasta ahora sin saber lo preciosas que son las flores del membrillo, de una delicadeza rosa que casi parece mentira, qué recuerdos construiré en cada rincón de este jardín, en qué zona me gustará más leer y en cual nos sentaremos las tardes de verano a charlar hasta que caiga la noche. Quiero saber si mis hortensias arraigarán, de qué color serán las primeras rosas que recoja y aprender recetas para todos los membrillos que tendré en septiembre. Quiero saber a qué olerá mi casa cuando, en verano, duerma con las ventanas abiertas y si cuando nos sentemos a la mesa, a la sombra del membrillo, nos encontraremos rodeados de gordísimos avispones.



Me pregunto cómo de grande y misterioso será este jardín para mis nietos, qué aventuras imaginarán en él y si aquí aprenderán, por primera vez, los nombres de algunas plantas.
«Pero hubo momentos en la primera primavera en que me preguntaba — y aún me lo sigo preguntando— si había emprendido más de lo que podía abarcar. Un lugar como éste se parece más a una novela que a un poema: complejo, nunca “terminado” del todo, prolongado en el tiempo, un equilibrio entre diversos aspectos entre sí. Nunca terminas de trabajarlo, hay que reanudarlo a la siguiente primavera y a la siguiente primavera han vuelto las moscas negras y las marmotas. No se puede abandonar demasiado tiempo porque vuelves a donde empezaste. Un lugar como éste hay que moldearlo y remodelarlo palmo a palmo. Hay que esperar y ver. Hay que esperar y confiar. Hay que esperar y trabajar».
May Sarton: Anhelo de raíces.
Gracias por llegar hasta aquí.
Me encantaría que te animaras a suscribirte porque aunque me encanta escribir y lo hago por amor al arte también me gustaría poder pasar más tiempo en mi jardín pensando en historitas para contarte. Si te suscribes ese ideal estará aún más cerca y si lo haces, yo te daré cosas a cambio de tu dinero, claro. Primero mi agradecimiento infinito que no es algo que yo vaya regalando a la ligera. Pero además acceso a la newsletter extra del último domingo del mes, al club de lectura, al club de escucha y al chat. Puede que no te atraiga nada de eso pero, si llevas mucho tiempo por aquí, quizás quieras ser tú el que me de una recompensa. Ya somos más de 550. El nuevo reto es llegar a 600. ¡Anímate!
Puedes incluso hacerte fundador de Cosas que (me) pasan, 80 € al año, piénsalo ¿cuándo has sido fundador de algo? Si te decides empezaré contigo, si quieres, una correspondencia manuscrita. Yo te escribo una carta, tú me contestas y así hasta que nos cansemos o no. Tendrás también varias tarjetas necesarias para tu vida con frases como “Me quiero ir a casa a leer” o “Desde tan abajo no explico”. ¿Cuándo fue la última vez que abriste el buzón y había una carta para ti? Piénsalo.



Qué delicia leerte, Ana. ¡Qué recorrido tan maravilloso! Me he emocionado de la belleza que describes. Qué recuerdos también... El jardín de mi infancia tenía un enorme magnolio, cuyas flores tapaban la ventana de mi habitación en verano; su olor era adictivo. Tanto así, que no puedo evitar oler sus flores cuando me encuentro con uno. Había dos enormes cipreses, que vino el Ayuntamiento a podar porque eran el blanco principal para la caída de un rayo. Y luego estaban los lilos en el jardín de atrás... Recuerdo la casa de mis padres siempre con ramos de lilos por todas partes... y la viejísima parra, que daba unas uvas deliciosas, y la lucha diaria con los gorriones que venían a por ellas. Por ahora, no tengo nietos ni jardín. Tengo una terraza que es un proyecto de jardín. En sus 10 m2 tiene: un pino, un magnolio, una higuera, una parra, dos perales, un manzano, un cerezo, un limonero, un níspero, una madreselva y una hortensia. ¿Cómo te quedas? Sobreviven en unos tiestos mínimos desde hace ya 20 años. Son bonsáis, casi. Me quieren, les quiero. Les doy esperanzas, me dan ánimos. Les he prometido un futuro expansivo, de raíces sin constricciones y tierra a gogó. Aunque empiezan a mirarme mal; los perales no me hablan, la parra se niega a dar uvas, el cerezo ha enloquecido y la higuera me mira mal. Se me echa el tiempo encima. Y sin nietos.
Qué maravilla! Me has hecho recordar el patio de mis abuelos; también me parecía enorme, con un gran abeto que plantó mi padre, un columpio hecho de tres maderos y cuerdas y un rincón de pequeños pinos plantados demasiado cerca unos de otros, al que no nos atrevíamos a ir porque allí vivían grandes arañas peludas.
El suelo era de tierra y, cuando jugábamos, levantábamos polvo, lo cual enfurecía a mi abuela porque le manchábamos las sábanas tendidas. Mojaba el suelo con grandes cubos de agua mientras nos maldecía.
En cuanto a los sauces, sigue habiendo árboles magníficos pero se plantan menos que antes porque sus raíces rompen las tuberías subterráneas.