Todo el mundo quiere mandar pero nadie quiere decidir

Mientras desayuno en la paz y el silencio de mi hogar, leo un perfil del cantamañanas de Sam Altman en el New Yorker. Desde el principio estoy en contra de él y cualquier cosa que diga. Es más, el titular es Sam Altman May Control Our Future—Can He Be Trusted? Una pregunta con una respuesta tan sencilla como de qué color es el caballo blanco de Santiago. No, por supuesto que no se puede confiar en Sam Altman. De ninguna manera. Nunca. Nada.
A pesar de partir de una postura clara y rotunda sobre este personaje, el propio Altman (y los dos periodistas responsables de la pieza) parece empeñado en confirmar mi prejuicio. Por ejemplo diciendo cosas como ésta:
“People used to tell me about decision fatigue, and I didn’t get it”, Altman told us. “Now I wear a gray sweater and jeans every day, and even picking which gray sweater out of my closet—I’m, like, I wish I didn’t have to think about that”.
«Solían hablarme de lo cansadísimo que es tomar decisiones y yo no lo entendía. Ahora, cada día llevo vaqueros y un jersey gris y cada mañana, cuando tengo que elegir qué jersey gris tengo que coger pienso “ay, por favor, ojalá no tener que decidir esto”».
Es que no puede ser más imbécil. Podría escribir esta newsletter entera despotricando contra este señor, pero no es por ahí por donde quería ir.
Se podría dividir la existencia humana, de cada uno de nosotros, en dos etapas: una en la que no tenemos ninguna capacidad de decisión y otra en la que la tenemos todas. Las dos se parecen en que mientras las estás atravesando sueñas con estar en la otra etapa: en volar al futuro de las decisiones o volver al pasado en el que todo te lo daban hecho.
Cuando somos niños nos enfadamos porque no podemos tomar ninguna decisión sobre las cosas que nos afectan. No puedes elegir a qué hora levantarse, ni a qué colegio ir, ni qué comer, ni qué hacer con tu tiempo, ni la ropa que tienes que ponerte, ni prácticamente nada. Más adelante, de adolescente, puedes tomar algunas decisiones y, en un principio, te pones muy contento. Ya puedes elegir si volver del colegio andando con tus amigos o en bus, si quieres dejar la extraescolar de guitarra o el baloncesto o, por ejemplo, qué asignaturas cursar al año siguiente. Y empiezas a ver que lo de las decisiones tiene algunos problemillas. Que elegir algo implica, por un lado, responsabilizarse de esa decisión y, por otro, dejar de lado otras posibilidades. Y entonces preguntas, claro. «No sé, mamá, ¿qué hago? Es que no tengo ni idea».
Porque esa es otra cosa de la que te das cuenta en ese momento: que cuando se toma una decisión se hace siempre desde el desconocimiento. No sabes qué pasará cuando decidas, lo que se abre a continuación es una incógnita. Eliges y, como si estuvieras en una peli de fantasía, se abre una puerta que lleva a un lugar inexplorado, nuevo. Puedes haber imaginado setecientos veinticuatro escenarios posibles y la realidad se parecerá, con suerte, a alguno de esos escenarios, pero la certeza no la tendrás nunca.
Es entonces cuando descubres que decidir no era tan buena idea como a ti te parecía. Y que el peso de las decisiones diarias, rutinarias, es agotador mentalmente: ¿Qué me pongo? ¿Qué comemos? ¿Qué cenamos? ¿Pongo la lavadora hoy o como parece que va llover mejor la pongo mañana? ¿Dónde reservo para cenar con mis amigos? ¿Dejo el dinero en este banco o lo cambio? ¿Qué carrera estudio? ¿Me cambio de trabajo o me quedo donde estoy? ¿Qué elijo de la carta? ¿Carne o pescado? ¿Tengo hambre para primero y segundo o solo pido una ensalada? ¿Me gusta esta persona o no me gusta?
Más o menos todos navegamos así nuestra vida, remando entre decisión y decisión y ansiando poder volver a ese estado idílico de infancia en el que todo nos lo daban hecho, no había posibilidad de equivocarse y nunca eras responsable de nada.
Hay, sin embargo, gente impresentable y que me saca de mis casillas que consigue volver a ese estado de irresponsabilidad infantil. ¿Quién es esa gente? Los asquerosamente ricos.
Pongamos por ejemplo a Sam Altman. A un tipo multimillonario le parece relevante contar en una entrevista lo agotado que está de todas las decisiones que tiene que tomar en el día a día, como por ejemplo elegir el jersey gris que va a llevar. Un jersey que, no olvidemos, será de cashmere, costará del orden de 500 euros y alguien habrá lavado a mano, vaporizado, perfumado y colgado en su armario en perchas especiales para jerseys de cashmere para que cuando él tenga que decidir sólo tenga que alargar el brazo y cogerlo. Cuando se desvista por la noche, como cuando era niño, lo tirará al suelo y mágicamente, sin que él lo vea, los duendes de la casa le recogerán el jersey y el proceso volverá a empezar.
Si solo fuera lo del jersey sería risible, pero bueno. El tema es que cualquier decisión de Sam Altman, como es multimillonario, egocéntrico y está rodeado de señores exactamente iguales a él, puede reventarle la vida a cientos, miles, millones de personas, pero él nunca será responsable de nada de lo que ocurra con sus decisiones. Jamás le sucederá nada relativo a sus decisiones con respecto a OpenAI. ¿Que tu hijo se suicida por hablar con ChatGPT? ¡Pío, pío, que yo no he sido! ¿Que ChatGPT da instrucciones para hacer bombas? Pío, pío, que yo no he sido. ¿Que ChatGPT desestabiliza el sistema bancario mundial sumiendo al planeta en una crisis económica sin precedentes que arrastra a la desesperación a millones de personas? Pío, pío, que yo no he sido, que estaba eligiendo el jersey gris. ¡No me digáis nada, jolines!
Esta actitud de Sam Altman no es tampoco algo exclusivo de millonarios ricos. En las empresas estamos rodeados de gente ansiando ser califa en lugar del califa, ser jefe, mandar, ser senior mamarráchez, chief officer mamarráchez, director de zonita, responsable adjunto de mierdas, pero sin tomar ni una sola decisión. Personas que quieren, como cuando eran niños, disfrazarse de médico o de bombero, pero que todo sea de juguete.
En mi experiencia vital, por lo que he visto (he leído en no sé dónde que es mejor decir esto que «yo creo» o «pienso» porque ¿a quién le importa lo que yo pienso o creo?) todo el mundo quiere ser jefe, mando intermedio, mando superior, pero cuando llegan ahí lo primero que dicen es: «No te imaginas lo que es esto, todo el tiempo teniendo que decidir cosas»
Claro, Víctor, REY, CAPITÁN DE LAS SARDINAS. Para eso te pagan. Está en tu sueldo, concretamente en el epígrafe «Dedicación especial» o «Responsabilidad» o como los del departamento de contrataciones, pagos y despidos lo hayan enmascarado.
Pero no, los reyes, los capitanes o capitanas de las sardinas no quieren eso porque decidir, tomar postura, elegir una estrategia, un camino, contratar a alguien o prescindir de sus servicios, desechar la idea de alguien de tu equipo por la razón que sea, acarreará en el futuro un resultado del que tú, príncipe de las chorreras, serás responsable. Va en tu sueldo.
Pero no. En las empresas se juega a una especie de pies quietos mezclado con el twister, en el que se van sumando jugadores y jugadores. Suele funcionar más o menos así: Mandas un email a, pongamos, el rey de las sardinas del departamento de compras de tu empresa para contarle que te han invitado a dar una charla en una conferencia profesional en Budapest y que necesitas los billetes de avión y el hotel. El capitán de las sardinas, en vez de contestarte con «Dime días y la zona y te lo resuelvo», te contesta poniendo en copia al capitán de las sardinas del departamento legal que, por lo visto, tiene que decidir si tú puedes ir a dar esa charla; a la capitana de las sardinas de comunicación, que tiene que ver si aprueba tu conferencia sobre la minería del cadmio en Tortajar de la Cruz, de la que ella no tiene ni idea; al capitán de las sardinas de marketing porque, oye, ellos siempre tienen algo que decir; al capitán de las sardinas de la delegación de Bruselas, porque alguien ha pensado que como Bruselas y Budapest empiezan por B pues algo tendrá que decir. La respuesta del de compras, con toda esa gente en copia es: ¿Esto quién lo ha autorizado? Porque claro, legal, marketing, comunicación y el de Bruselas ¿qué opinan?
Y tú piensas: ¿Pero qué pinta todo este personal aquí? Y esperas que educadamente toda esa gente salga del correo diciendo: OK, OK, OK... pásalo bien.
Pero no. No pasa. Ellos quieren jugar al twister y al pies quietos. Así que empiezan a mandar correos. El de legal pide que le envíes la convocatoria formal, la lista de invitados, el protocolo de tu charla y un par de resoluciones de la Unión Europea para ver si todo está alineado con un documento legal interno que llevan redactando los últimos 9 meses pero que no han resuelto porque están inmersos en otra partida de twister. La de comunicación tiene dudas respecto a si tus diapos sobre minas de cadmio van en los colores corporativos, así que mete en el correo al Director de Arte de la compañía para que lo revise (éste no contesta nunca);el de marketing contesta diciendo que tiene dudas, pero que tiene ir con el CEO, el CFO y San Cucufato a una presentación a marcas y que ya lo mirará, pero que cualquier acción hay que anunciarla en el canal interno de la empresa con 8 meses de antelación. El de Bruselas dice que estupendo, que si puede irá a Budapest. Sumida en el estupor más absoluto y dudando si estarás en una cámara oculta, envías una respuesta en la que comentas que te invitaron hace un mes y que no sabías que iba a ser este follón, que la próxima lo harás con más tiempo, pero que necesitas los billetes y el hotel.
Cri cri. Cri cri.
El twister se para. Te das cuenta de que ahora mismo tienes la cara en el culo del capitán de las sardinas de legal. Nadie responde. Tensión en la cadena de emails. Nadie quiere decir: «OK, adelante», porque a ver si alguno de ellos va a ser un poco asertivo y tú te vas a Budapest y acabas allí revolucionando el mundo de la minería del cadmio, consiguiendo un éxito absoluto y vas a volver con un triunfo que todos tengan que envidiarte. Eso sería peor que si te vas a Budapest y te raptan unos rebeldes pacenses que quieren la independencia de Badajoz.
Si eres un valiente, uno de esos que toma decisiones asumiendo las posibles consecuencias, si piensas que a ti te pagan por representar a tu empresa y que es una buena oportunidad y que, mira, te vas a Budapest bajo tu responsabilidad, y mandas un email diciendo que te compren los billetes ya, descubres que ya no hay problema, todos han respirado aliviados: pase lo que pase, ellos serán como niños inocentes y puros. No han decidido nada.
Y así todos los días. Cada día. Con cada decisión.
Estamos rodeados de gente (me niego a llamarla infantil porque me parece ofensivo para los niños) incapaz, mediocre, adocenada, gris, que quiere la capa de armiño y el cetro pero que se niega a asumir ninguna responsabilidad. Nada de lo que ocurre es por su culpa. Eso sí, y de eso ya hablaré otro día, si algo sale estupendamente bien... son los primeros en asomar el careto. Y poner un post en LinkedIn.
No se toman decisiones para no ser responsables, pero si se ven obligados a tomarlas, jamás asumirán las posibles consecuencias. Siempre habrá sido culpa de otro.
Tomar una decisión puede ser en ocasiones hasta terrorífico, pero sobre todo es cansado. Implica pensar, valorar, imaginar escenarios, estimar posibles resultados, calcular costes y consecuencias. Porque tomar una decisión, la que sea, implica una responsabilidad: la de equivocarse.
Puede ser una equivocación pequeña (como decidirte por una camisa blanca que te queda un poco justa y descubrir a media ponencia que se te han saltado los botones y el público lleva media hora viendo tus pechos) o puede ser una equivocación grande (un tatuaje, el mueble a medida de tu salón) o gigante (tener o no tener hijos, divorciarte o no divorciarte, un cambio de trabajo, un cambio de vida).
Mi querida amiga Ximena Maier, a la que confiaría absolutamente toda mi vida y mi futuro en el muy improbable caso de que ella quisiera dominar en el mundo, dice en su nuevo libro, Una casa portuguesa, algo con lo que estoy muy de acuerdo:
«Una visita de obra es como asistir a un rodaje: todos tienen cosas que hacer menos tú. Hay muchos ratos de espera, y es aburrido y desesperante, pero ilusionante también. Y además, para mí, terrorífico: no me gustan los cambios. Cuando cierran un bar o renuevan un logotipo me amargan la semana. Odio tomar decisiones y siempre opto por lo malo conocido, así que una obra es una tortura, territorio hostil».
A mí, como a Ximena, no me gustan las obras ni las reformas. Me costó más decidir el color de los azulejos del baño que decidir tener hijos. Pero asumo las consecuencias de ambas decisiones y las responsabilidades que conllevan. De esas y todas las demás de mi vida. Por ahora, no me arrepiento de ninguna de las dos cosas y estoy orgullosa de mis decisiones.
Pero, sin duda, de lo que estoy más orgullosa es de no ser nunca la persona que mete a otras catorce en la respuesta a un email. Y de no ser como el gilipollas de Sam Altman.
Nota: a veces me preguntan como elijo las ilustraciones para la newsletter. No lo sé, rebusco en mis archivos o busco por combinaciónes de palabras. Me lleva un rato largo. A veces más. A veces menos. La de hoy, no podría ser más perfecta. Solo si la sardina llevara un jersey gris.
Gracias por llegar hasta aquí.
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Hola, Moli. Este artículo es magnífico. Para enmarcar. Igual que el de las técnicas de despidos del departamento de contrataciones de hace unas semanas. Es el género en el que más brillas. Desde la pradera de la oficina con la que te descubrí hace un montón de años, me parece que hacía mucho tiempo que no escribías así, tan hostilizada y sarcástica, diciendo la pura verdad. En ese sentido, el desempleo te ha sentado fenomenal. Sigue, por favor. Suelta por esa boquita todo lo que te has ido guardando😄. Todos necesitamos esta catarsis. En serio, son textos míticos para leer y consolarse de vez en cuando 😃
Soy hija de padres muy jóvenes, cuando alguien dice aquello de que es horrible que vivamos en un país de padres viejos siempre digo lo mismo, podría ser peor, podríamos vivir en un país de padres jóvenes.
Y esto viene al caso porque, dada su inmadurez, mis padres delegaban en mí cuando era niña todo tipo de decisiones. Sin ir más lejos, en mi casa había una enciclopedia porque yo decidí que la compraran cuando tenía unos 7 años. Y digo que decidí porque me preguntaron directamente a mí y recuerdo ese sentimiento de pensar "esto no deberían decidirlo ellos?". Yo elegí por supuesto qué carrera estudiar, dónde y he decidido cada paso de mi vida profesional y personal.
Por eso me cuesta tanto, por otra parte, decidir a qué restaurante vamos, dónde ir de vacaciones o si quiero mojito o caipirinha. En esas pequeñas decisiones que no llevan a ninguna parte necesito un respiro.