Psicogeografía de mi vida
El miércoles estuve en Madrid, me quedé a dormir y todo. Y fue muy raro. No es que no haya pisado Madrid desde que en junio empezó mi veraneo franquista, para nada. Cada día bajo a la ciudad a trabajar, pero es una operación quirúrgica. Llego en el bus a Moncloa que me deja en intercambiador subterráneo, cojo el metro, salgo en Callao y camino 230 metros hasta el edificio de mi empresa. Ocho horas después hago el camino inverso, 230 metros de vuelta, metro y bus. 460 metros de ciudad al día que apenas he mirado. Mi vista se concentra en lo que ve cuando el autobús sale de la ciudad y empiezo a ver el monte del Pardo, las montañas al fondo, mucho cielo y nubes. Esa interacción mínima no cuenta como «estar en Madrid».
El miércoles, sin embargo, estuve en Madrid. Al salir de trabajar tuve que coger el metro 14 estaciones para llegar a la consulta del fisioterapeuta especialista en mandíbula que trata de conseguir que pueda volver a abrir la boca sin parecer Shelley Duvall en El resplandor, pero encima torcida. Está en un barrio que no conozco mucho y eso me obligó a mirar. Vi un parque en asfalto, con árboles, con bancos colocados como si a alguien se le hubieran caído de un camión mientras hacía trompos por la explanada llenos de personas mayores charlando a la fresca de las siete de la tarde. Había bloques de viviendas alineados a lo largo de una gran avenida, a un lado edificios de unos 3 o 4 pisos sin ascensor, antiguos, como de los años 70, y al otro grandes torres con jardines y, supongo, con piscina. Miré esta parte de la ciudad con curiosidad, con ojos de descubrimiento. Era un lugar desconocido. Cuando volví a coger el metro, al salir a la calle en la parada más cercana a mi casa me di cuenta de que mi mirada había cambiado por completo. Todo era conocido y lo que iba haciendo mientras caminaba hacia mi portal era reconocer. Reconocer, «en esta panadería en la que no he vuelto a entrar jamás, entré en un día a comprarme una palmera de chocolate porque no podía más. Iba con Clara en el carrito, debió de ser al poco de mudarnos aquí, hace veinte años». Seguí caminando y de repente, en una esquina por la que he pasado un millón de veces, me encontré con una tienda de duchas, solo venden duchas. Eso sí, expuestas como si fueran coches. No pensé «mira qué bien, puedo venir a ver qué compro para Orbela»; lo que me salió fue «aquí había una tienda de ropa de barrio, de señoras, bastante cara pero graciosa». En el escaso medio kilómetro a mi casa me pasó un par de veces más: lugares que habían estado y que ya no estaban y que yo iba asociando a mi vida, a tiempos y momentos en los que se habían cruzado conmigo.
Al día siguiente, escuchando un episodio antiguo de 99% invisible, uno de mis clásicos al que siempre recurro cuando tengo bajona escuchante, descubrí que hay un término para el uso de tus emociones y memorias de lugares que ya no existen para guiarte: psicogeografía. Lo contaban a raíz de una situación que se da en Pittsburgh (y en mil lugares más añado yo, como por ejemplo contaban en este episodio maravilloso de Radio Ambulante sobre Costa Rica) en el que las indicaciones de direcciones se dan, no basándose en el nombre de las calles, sino de acuerdo a referencias como «tienes que pasar por el túnel rojo» o «giras en la esquina donde solía haber un Pizza Hut».
Pensé entonces en la presencia de psicogeografía en mi vida y en cómo se construye. Está claro que todos tenemos esa presencia geográfica y emocional con respecto, por ejemplo, a las casas donde hemos vivido o vivían nuestros abuelos, el colegio al que fuimos, la universidad. Pero luego hay cosas más sutiles, que permanecen, que tienen presencia incluso cuando han desaparecido. Tengo, personalmente, mil ejemplos de ellas. Se me ocurre ahora mismo el minigolf que había al lado de la casa de mis abuelos en Benidorm, que desapareció hace más de cuarenta años y levantaron en su lugar una torre de apartamentos, pero cada vez que paso por ahí pienso «aquí estaba el minigolf» y va más allá de ser un simple recuerdo porque en mi familia nos sirve de referencia: «¿Te acuerdas de donde estaba el minigolf? Pues justo ahí giras». Y, además, es un recuerdo que transmito a mis hijas. Lo mismo pasa al revés: yo he vivido toda mi vida sabiendo en qué lugar en Los Molinos estaba la terraza del bar El Talgo a la que iban mis padres a los bailes. Desapareció muchos años antes de que yo naciera, pero sé dónde estaba.
La lista de lugares invisibles que forman mi psicogeografía, lo que los cursis llaman el mapa sentimental, es enorme y supongo que con la edad va creciendo. Por un lado acumulas lugares y por otro algunos de ellos van desapareciendo, dejando solo la sombra de las vivencias acumuladas en ellos o sus alrededores para mantenerlos como referencias.
La esquina del bar La Perla sigue existiendo, pero el edificio es una casa; en las parcelas en las que cogíamos moras ahora hay unas pistas de pickleball; la mercería La Favorita desapareció, pero la recuerdo cada vez que paso por delante. «Al lado de la Aurora» decimos continuamente, a pesar de que el restaurante que llevaba ese nombre cerró hace más de veinte año. El tiovivo de la Plaza de Castilla delante del que permanecíamos parados cada mañana en un atasco cuando mi padre nos llevaba al colegio; la casa en obras que estuvo parada durante años y donde dejé escondida la primera nota de amor de mi vida; el ultramarinos de la colonia, al lado de la capilla en la que me casé, que atendía un señor que se llamaba Herminio y llevaba batita blanca abotonada. La huevería La pequeña, al lado de casa de mis abuelos, que nosotros llamábamos «Juanita» porque ese era el nombre de su dueña, que estaba casada con Juanito. Eso sí que es un referente: «Al lado de Juanita, bajando por esa calle». O, por ejemplo, «¿Sabes dónde me he comprado una casa? En la calle del antiguo paso a nivel». «Quedamos en el Carpe» le dije ayer a un amigo. Se ha vuelto loco buscándolo porque ese bar hace años que ya no lleva ese nombre.
En Madrid, en nuestro barrio también tengo este tipo de referencias: el «parque de Mickey», porque un dia mis hijas vieron ayer un Mickey Mouse y se quedó con ese nombre; la «ferretería de los hermanos Calatrava», porque la llevan dos hermanos feísimos; la cafetería enfrente del kiosko de prensa que lleva cerrado doce años; y alguna más. Pero cada vez son menos, son menos porque cada vez me siento más ajena a la ciudad. Me expulsa, me repele y, sobre todo, me apena. Necesito irme de Madrid definitivamente antes que mi psicogeografía dentro de ella quede asociada solo a recuerdos tristes, a sentimientos de incomodidad, de desagrado, de rechazo.
Hace años escribí esto:
No me gusta Madrid porque después de 41 años en ella no he conseguido establecer ningún vínculo afectivo con esta ciudad. Madrid me hace llorar. Si estoy mal, siempre estoy peor en ella; y si estoy bien siento que estaría aún mejor en otro sitio. No me gusta Madrid porque cuando pienso en mi futuro nunca me imagino viviendo en ella. Sé que no la echaré de menos y ella a mí tampoco.
No me gusta Madrid y creo que a ella tampoco le gusto yo, tan sólo nos aguantamos.
Tengo 52 años y sigo sintiendo lo mismo, pero ese futuro que imaginaba ya está casi aquí, estoy rozándolo con los dedos en el lugar en el que todos mis recuerdos son acogedores. Pueden ser tristes o incluso muy tristes, pero son acogedores. No sé explicarlo mejor.
Esta tarde tenemos la 18 sesión del Club de escucha. Vamos a hablar de Delirios de España y su temporada dedicada al rodaje de Los Otros. Estará Juan Sanguino para contestar a todas nuestras preguntas. Es para suscriptores. Va a ser un planazo. Si te suscribes tendrías acceso a la newsletter extra del último domingo del mes, al club de escucha y al chat. Si, además, te haces miembro fundador, 70 € al año, piénsalo ¿cuándo has sido fundador de algo?, hasta recibirás una carta manuscrita y varias tarjetas necesarias para tu vida con frases como “Me quiero ir a casa a leer” o “Desde tan abajo no explico”. ¿Cuándo fue la última vez que abriste el buzón y había una carta para ti? Piénsalo.



En mi infancia cambiaba cada dos años de casa y pueblo o ciudad. Motivos laborales de mi padre. A veces he vuelto a algunas para recordar los lugares más grandes, con colores más vivos, con más actividad humana y menos comido por vidas muy dependientes del coche en muchos casos. La única casa que recuerdo como familiar era la de los abuelos en un pueblo de Burgos. Allí pasaba todo el verano y fiestas. Ahora es un museo de cerámica y no están los tres manzanos que plantaron mi madre y sus hermanas porque la cruzada anti árboles no solo es cosa de Madrid. La casa de los vecinos ya no tiene huerto y la de una de las maestras es una oficina municipal. La valla de madera verde del jardín donde dejaba la abuela la bolsa con pesetas para que el señor Blas dejara dos barras de pan ahora ya no está. Lleva años así pero lo vi este verano porque psicogeograficamente sabía que no estaba preparada. Pedir que todo quedará estático es absurdo pero habría preferido ver a otros abuelos en ese jardín con manzanos en vez de un museo cerrado. Entiendo que todo cambia y yo también pero hay historias felices en esos lugares y sufrí nostalgeografia. Ahora creo que he buscado mi versión del jardín con valla verde y para mi sorpresa a miles y miles de kilómetros. Resulta más fácil plantar manzanos en otros lugares cuando el sentimiento ya no tiene raíz.
Nos descubres que hay palabras para todo. Como emigrada cada vez que vuelvo a Madrid y la recorro me pasa algo similar. Y ya no sólo con los sitios, también con las personas con las que he tenido una relación profesional pero larga y forman parte de mi vida. Mi dentista/ortodoncista a la que volvía cada año desde hace más de 25 ha desaparecido, la clínica no ha mandado ni una fría nota para decir que ya no trabaja ahí. La quiosquera del barrio y el camarero del bar de abajo tampoco. No sabía que les tenía tanto aprecio, me ha dolido no poder despedirme y darles las gracias por todos estos años de “amistad”.