No dejar rastro
El lunes perdí el abono de transporte en el autobús. Cuando iba a llegar a Los Molinos, vi una tarjeta de transporte en el suelo, debajo del asiento delantero. «Vaya, alguien ha perdido su tarjeta», pensé. La cogí, la guardé y me bajé del autobús. Al ir a coger las llaves del coche del bolsillo donde guardo las tarjetas de transporte, los auriculares y las llaves, me di cuenta de que esa persona era yo. Había recuperado la tarjeta de viajes de Metro, pero el abono de zona había desaparecido. Otra vez. Y ya van tres. Me autofustigué lo justo: «Soy gilipollas. Si no fuera corriendo a todas partes y me fijara en lo que hago, habría cerrado la cremallera a tiempo y no habría perdido nada», pero no demasiado, porque solo me quedaban dos días de validez del abono. Al día siguiente, cuando fui a preguntar, por si acaso, a la ventanilla de atención al cliente del intercambiador de Moncloa, la señora me entregó un papelito con la dirección de una página web y un número de teléfono apuntados a mano. «Escribe ahí, que es objetos perdidos de la empresa». Guardé el papelito en su sitio correspondiente, mi cuaderno de notas, y cuando, horas más tarde, lo saqué y lo puse delante del teclado para escribir el correspondiente correo electrónico, lo miré con ternura. No sabía de quién era esa letra redonda y trazada con esmero: ¿de la señora que me atendió o de alguien que había dedicado un rato de su jornada laboral a escribir esos papelitos, cortarlos y ponerlos en un taquito para dárselos a viajeros despistados como yo? Cuando llegué a casa por la tarde, abrí el buzón y había una nueva revista del New Yorker (creo que el New Yorker es el personaje secundario que más aparece en mis escritos) y una carta de una suscriptora. Le quité el plástico a la revista y la puse en la pila de revistas que tengo para leer. Abrí la carta, la leí y guardé las tarjetas y papelitos de colores que venían en ella.
Esa noche, me senté con mi madre a hacer la lista de la compra. Ella siempre hace lo mismo, rebusca en el cajón de la cocina en el que se guardan todos los objetos que no tienen un lugar concreto, murmura «no encuentro nada, siempre me lo estáis tocando todo» y cuando encuentra el bloc de notas que busca, coge un lápiz, se sienta en la mesa de la cocina y escribe con su maravillosa letra de colegio de los años 40: Leche, té, mantequilla, huevos. Mi madre, además, sigue un método. Empieza siempre apuntando los alimentos que se asocian con el desayuno, luego la comida, después la cena y deja para el final limpieza y droguería. Si, por ejemplo, ella está apuntando leche, cereales y mermelada no puedes decir «falta pollo» porque eso no va ahí, tienes que estar atenta para colarlo en la ventana temporal que le corresponde, normalmente después de pasta y arroz y antes de tomates, cebolletas y puerros. Una vez hecha la lista, mi madre la deja encima de la mesa de la cocina, con el lápiz cruzado por encima y, casi siempre, se va a la compra sin ella. Por la noche, al acostarme, escribí en mi cuaderno mis reflexiones del día, hice una lista de días importantes y cogí varias referencias de tiendas de cocinas, suelos, estufas de leña y lámparas para Orbela. Antes de apagar la luz estuve leyendo Los ilusionistas de Marcos Giralt Torrente en el que habla de las cartas que sus abuelos se mandaban en los años 40 y 50. No las tiene todas porque su abuela guardó todas las de su abuelo pero él, por lo que sea (ya lo contaré cuando hablé de mis lecturas encadenadas) no, así que interpreta las circunstancias en las que se escribían. Me dormí con todas esas palabras manuscritas, algunas escritas por desconocidos, otras con caligrafías que reconocería en cualquier lugar del mundo bailando en mi cabeza. No sé que soñé pero cuando al día siguiente andaba haciendo mis ejercicios esas notas, las cartas, las listas, los papelitos manuscritos tomaron forma en mi cabeza. En un flash, vino a mi mente el post-it que hace 8 años, en medio de una mudanza, encontré al vaciar una de las cajas. Estaba pegado a un disquete y, en él, mi padre había escrito «DIBUJOS DWGS. LOS MOLINOS-MADRID. 12/10/1997»
Notas, post-it, listas, lápices, bolígrafos, ¿Es mi generación la última que va a dejar un rastro manuscrito que tenga un significado? ¿Un rastro con el superpoder de al ser encontrado por un hijo, un nieto, cualquier familiar o un desconocido, transmitir que ahí detrás, hubo una vida, alguien con intereses, ilusiones, emociones, miedos, alegrías, tristezas, esperanzas?
Si mañana, ojalá que no, tú o alguien de tu familia muriera, ¿te daría algún tipo de consuelo revisar sus cuentas en las redes sociales? ¿Sentirías emoción al ver su cartera de Google? ¿Revisarías una aplicación para hacer la compra y ver cómo anotaba lo que necesitaba? ¿Leerías sus correos electrónicos? ¿Qué emociones tendrías al leerlos? ¿Los recordarías? ¿Los reconocerías? ¿Algo de todo eso te provocaría una emoción o un sentimiento? Por supuesto que sí, pero las emociones que puede remover, activar o disparar una pantalla no son comparables a las que desatan los objetos materiales. En casa, en un arcón, hay una caja de cartón con las notitas de amor que el ingeniero y yo nos escribíamos cuando éramos novios. Están ahí. No sé si alguna vez las releeremos, pero sí sé que, cuando nos muramos, si mis hijas las encuentran, las revisarán con la emoción de reconocer nuestras letras y nos descubrirán como jóvenes enamorados, y no como sus padres. ¿Sería igual si fueran mensajes de texto de WhatsApp? No creo.
Y lo mismo ocurre con los objetos. El otro día, mi sobrino adolescente me confesó que no sabe leer la hora en un reloj de manecillas y que para qué iba a aprender si podía mirarla en el móvil. ¿Quién quiere heredar un móvil sin vida, sin personalidad, exactamente igual que el de cualquier otro? Un reloj o una pluma que has visto usar a tu padre, tu abuelo, tu hermano o tu pareja tendrán para siempre un significado. Cada vez que lo uses, recordarás la historia que lo acompaña y añadirás la tuya, creando así nuevos momentos. ¿Y qué vas a hacer con un móvil? ¿Resetearlo y venderlo? ¿Resetearlo y guardarlo en la caja de trastos electrónicos? ¿Qué historia te traerá? ¿Qué sentirás al tocarlo?
No voy a renegar de lo digital, claro que no. Como siempre digo, la vida digital, online o virtual, no me ha traído más que cosas buenas desde que, en 1996, abrí mi primera cuenta de correo electrónico: desde amigos hasta oportunidades laborales, pasando por libros y pareja. Todo han sido cosas buenas.Ahora bien, creo que fiarlo todo al mundo digital, a lo que puedes hacer en tu teléfono o en tu ordenador, es una manera de no dejar huella y de empobrecer el mundo.
Escribo esta carta en una pantalla con un teclado y la envío por correo electrónico porque de otra manera sería imposible que te llegara, pero intento escribir a mano todos los días: una carta, una nota, una lista, un trabajo. Llevo reloj siempre y guardo ropa de hace muchos años porque está cargada de significado: La sudadera que llevé a mi primer campamento en Comillas cuando tenía trece años, un jersey que compré en Nueva York, un impermeable verde, un vestido blanco vintage que compré en Toulouse hace más de diez años y que me puse por última vez hace ocho años para una cita, y que siempre digo que sería el que llevaría si me volviera a casar, una camisa de mi abuelo y unas sandalias de tiras que solo me pongo un par de veces al año, pero que compré con una amiga muy querida cuando ambas éramos jóvenes madres y que siempre me recuerdan a ella. No leo en pantalla, acumulo New Yorkers desde que me suscribí hace diez años, guardo todas las cartas que he recibido en mi vida y tengo cientos de libros en papel. En esta época de «decluttering» (le pegaría un mazazo a quien diga eso) y simplificación, alguno puede pensar que nada de esto tiene sentido, que es apego a lo material.
Me importa un pepino. Quiero que mis hijas se emocionen al reconocer mi letra en una lista de la compra o en una nota a su padre. Me gustaría que mis seres queridos se emocionaran al leer mis cartas, o una lista de la compra encontrada al azar y que guardaran con amor mi reloj o mis plumas. Quiero que que al ver el vestido blanco sepan la historia que hay detrás.
Una última cosa. Piensa si sabes cómo es la letra de tus seres queridos, especialmente la de tus hijos. Piensa si la reconocerías.
Voy a empezar a dejar notas por todas partes.
Esto es una carta que lees en pantalla, claro. Si te suscribes podrás participar en el club de escucha que es en pantalla pero con gente que charla, se emociona y se ríe. Si te suscribes hoy, tienes una semana gratis para probarlo todo y ver si te merece la pena. Me encantaría que lo hicieras y te lo agradecería infinito. Tendrías acceso a la newsletter extra del último domingo del mes, al club de escucha y al chat. Si, además, te haces miembro fundador, piénsalo ¿cuándo has sido fundador de algo?, hasta recibirás una carta manuscrita y varias tarjetas necesarias para tu vida con frases como “Me quiero ir a casa a leer” o “Desde tan abajo no explico”. ¿Cuándo fue la última vez que abriste el buzón y había una carta para ti? Serían rastros manuscritos que podrías guardar. Algo que dejaría una huella. Piénsalo.



Mi madre murió hace tres años y el mes pasado empezamos a sacar de su piso, que hemos vendido, su ropa y sus enseres personales.
Ha sido levantar una vida, sus notas y recetas de cocina con su letra puntiaguda, recibos de cosas importantes, esquelas, menús de bodas, recordatorios de primeras comuniones, documentos importantes…allí estaba ella muy presente, estaban los dos, nuestros padres y estaba nuestra niñez y nuestra casa , que se cerraba físicamente pero también una etapa de nuestra vida.
Te superas cada domingo, Ana. Pero esta... esta ha llegado en el momento perfecto. Gracias!!