Manual sentimental de piscinas
Hoy es 1 de junio y eso quiere decir que ha empezado mi ya conocido «veraneo franquista». No sé si alguna vez te he contado de dónde salió esta expresión. En enero del año 2000 empecé a trabajar de secretaria de un productor de cine. Tenía horario partido, de 9 a 2 y de 4 a 8. Cuando llegó el mes de junio le pregunté si podía reducir el horario de la comida y salir a las 7 porque me iba a pasar el verano a Los Molinos. Él, un tipo maravilloso con el que sigo teniendo relación y que me quiere casi como si fuera de mi familia, me dijo: «Ah, que te vas de veraneo franquista». Me quedé un poco parada, pero desde entonces se ha convertido en una expresión habitual para designar este tiempo, el que paso aquí entre junio y octubre y no estoy de vacaciones sino que voy y vengo a Madrid a trabajar.
Este año el veraneo franquista empezó el viernes, desembarqué aquí con todas mis cosas. Ordené el armario, colgué la ropa de verano, volví a sacar las sandalias y coloqué en una pila más o menos ordenada los libros que pretendo leer y los cuadernos que quiero escribir. Salí a cenar y volvimos a casa paseando en una noche increíble. Han comenzado las noches de grillos, estrellas y ventanas abiertas.
Y he limpiado la piscina. Eso significa: vaciarla de agua, sacar todas las hojas muertas y la mierda acumulada, frotar con cepillos duros paredes y suelo y vigilar que mi madre, con casi 81 años, no se meta dentro para hacerlo bien porque «así no se hace» y acabe escurriéndose y con la cadera rota o algo peor.
Durante dos horas, mientras el zumbido del compresor de agua llenaba mis oídos y yo trataba de no intoxicarme con el olor a desincrustante que iba echando por las paredes, me he puesto a pensar en las piscinas de mi vida. La primera de ellas es la de mis abuelos en La Rosaleda.
Esta foto maravillosa cuelga en la pared del pasillo. En ella estamos mi hermano, dos de mis primos y yo rodeando a mi abuelo, que parece un vejestorio y, si echo cuentas, en ese momento debía andar por los sesenta escasos. Aquella piscina era y es, porque sigue existiendo, enorme y heladora. Estaba rodeada de grandes árboles y le daba mucha sombra. Cubría muchísimo, tanto en la parte del «no cubre» como en la profunda, y estaba rodeada por un zócalo de piedra que a ojos de los adultos de mi más tierna infancia parecía un peligro peligrosísimo: «No corráis alrededor, que os váis a escurrir, os caeréis y os haréis una brecha en la cabeza». Ahora que lo pienso, el temor a las brechas ha desaparecido en nuestras vidas, ahora tememos más a los golpes en la cabeza. Hemos aprendido que la sangre impresiona, pero no es tan grave como una conmoción. La piscina de La Rosaleda tenía otra característica: se abría y se cerraba. Estaba rodeada en dos de sus lados por las tapias que daban a las casas de los vecinos y por otro por un invernadero de cristaleras blancas que fue siempre uno de los lugares más mágicos y misteriosos de mi infancia. En él, dentro, había un pozo y maquinaria inescrutable que servía para vaciar y limpiar la piscina y que hacía un ruido como de submarino que asustaba muchísimo. Ese invernadero había tenido un pasado mítico lleno de plantas y flores del que los mayores hablaban a menudo prometiéndose recuperarlo, pero nunca ocurrió. Encima del invernadero había una terraza que se usaba para tender la ropa y que tenía un palomar con palomas que criaba uno de mis tíos. Entre el invernadero y el borde peligrosísimo de la piscina había un ciruelo que a finales de agosto se cuajaba de las mejores ciruelas de la historia del mundo desde su creación. En los años buenos nos las comíamos todas, en los años muy muy buenos ni siquiera una familia numerosa como la nuestra era capaz de dar salida a tanto fruto y se hacía mermelada para todo el año. La mermelada de ciruela claudia sigue siendo mi favorita. El cuarto lado de la piscina daba al pinar del jardín y había una puerta de reja verde con un cerrojo imposible de abrir para unas manitas de niña. Cada mañana nos plantábamos delante y gritábamos que ya era hora de «abrir» la piscina. Se cerraba por la tarde, cuando la sombra cubría todo el recinto.
Cuando nos mudamos a esta casa yo tenía nueve años y mi hermano pequeño acababa de nacer. Su piscina nos ofreció otras diversiones. Era mucho más soleada y aprendimos que el agua en Los Molinos no tenía necesariamente que estar congelada. Al ser más pequeña, además, nos permitía la proeza de hacer un largo buceando o de tirarnos de cabeza y llegar hasta el otro lado. En su lado estrecho es tan estrecha como para que pasáramos tardes enteras pensando en si seríamos capaces de saltar de un lado a otro sin tocar el agua. Esta proeza fue una incógnita hasta que ya de adolescentes-veinteañeros, envalentonados por el alcohol, algunos de nuestros amigos se lanzaron a dar ese salto. Lo consiguieron pero no es algo que se haya repetido: el miedo a la paraplejia sustituyó el miedo a las brechas. Esta piscina estaba rodeada por una verja también con una puertecita de acceso. Dentro del recinto, además de la piscina, había una roca, que sigue ahí aunque la verja verde desapareció hace muchos años. Volvió a aparecer en forma de valla de madera cuando mis hijas y mis sobrinos eran pequeños y desapareció para siempre cuando todos los integrantes de la familia Ribera demostraron habilidades natatorias compatibles con no ahogarse. Ahora, la piscina descansa rodeada de césped con su roca al lado. De todas las fotos de esta piscina, mi favorita es una en la que se ve a mi padre dentro. La piscina cubre poco, en su parte más profunda no pasa del 1,90 y mi padre está ahí, de pie, sonriendo, con el agua al cuello mientras mi hermano pequeño, con 5 o 6 años, se lanza al agua justo por delante. Es una foto tierna y especial porque mi padre era un hombre de secano, no se bañaba jamás. Le gustaba más observarnos desde el porche. En esta piscina mis hijas han nadado, saltado, aprendieron a tirarse de cabeza, a bomba y «de palito», también dejaron de bañarse y pasaron solo a meter los pies porque, según ellas, «el agua está helada».
Otra piscina de mi vida es la de Benidorm. Brillante, con azulejos azules que el portero de la casa mantiene siempre impecable. Cada mañana, cuando el calor todavía no aprieta, pasa el limpiafondos. Limpia sobre limpio, pero no deja de hacerlo ni un solo día. De pequeña me parecía algo tedioso, ahora casi creo que debe de ser una actividad terapéutica; si me apuras, casi meditación. (No es el mismo portero de mi infancia, obviamente. Aquel se llamaba Félix y ahora lo vemos cada verano porque sigue viviendo en la finca. Nos conoce a todos, los treinta y cuatro, por nuestros nombres). La piscina es alargada y apetecible. Desde la terraza del quinto piso, donde vivimos nosotros, la duda siempre es: ¿si saltara desde aquí llegaría al agua? Esta duda permanecerá para siempre sin resolver. En esa piscina pasé los meses de julio de mi infancia y me gustó por primera vez un chico. Se llamaba Jorge y cada mañana nadaba largos y largos. Yo le miraba desde la ventana de mi cuarto, no desde la terraza, para que no me viera. Un verano le dejé una nota de amor entre las grietas de un muro en construcción que había al lado de nuestro edificio. Nunca más volví a verle. No creo que fuera por la nota.
En Los Molinos tengo más piscinas, claro, una ristra interminable de ellas; pero mi favorita, o la más especial, es la de mi amigo Juan. Es lo primero que te encuentras al entrar en su casa: abres una puerta muy pequeña y casi te caes en una piscina enorme que parece demasiado grande para el espacio disponible. Es rectangular y durante muchos años tuvo unos nogales rodeándola en uno de sus lados que la llenaban de hojas y ponían a Juan de los nervios. Cuando se secaron, además de librarnos de las hojas, ganamos horas de sol y pasó de ser una piscina solo para valientes a ser una piscina la mar de agradable. Cuando éramos adolescentes, chavalines, pasábamos a su alrededor horas y horas. Estábamos la pandilla y el padre de Juan, un tipo maravilloso, divertido, inteligente al que le gustaba charlar con todos aquellos niñatos durante horas. Le gustaba hablar de todo, con cada uno de nosotros, mientras fumaba sin parar. Jamás se bañaba. Como mi padre, se sentaba a la sombra del porche, con su camisa de manga corta y el tabaco en el bolsillo superior. Nos hablaba, se reía, fumaba. Murió joven, más joven de lo que yo soy ahora. Fue uno de los primeros padres en desaparecer. Todos nos acordamos del día que fuimos capaces de sorprenderle y tirarle a la piscina vestido. Por un momento tuvimos miedo de su ira. «¡Mi cartera!», gritó. Cuando salió, se rió y dijo: «Me las pagaréis». Hace unos años Juan remodeló la piscina, estudió durante meses, como hace siempre que se obsesiona por algo, un foro de internet, descubrió el mejor recubrimiento posible y cambió las escalerillas metálicas por unos escalones de obra que permiten entrar y salir cómodamente o sentarte dentro del agua a charlar. Instaló un par de canastas para jugar al basket acuático y ahora dedica horas y horas a mantenerla perfecta, como el portero de Benidorm. Cada verano, ahora, charlamos en su piscina como cuando éramos pequeños y tiramos a su padre al agua.
Nuestra piscina no tiene azulejos, ni cenefa decorativa, ni friso. Tampoco está forrada de un material moderno que facilite su limpieza. No es de color gris profundo, ni verde esmeralda. Es una piscina antigua, pequeña, con una escalerilla metálica y es de color azul clarito, blanquecina a trozos, amarillenta en otros, tiene el azul desvaído de las piscinas con solera, con recuerdos.
Cuando leas esta carta habrá terminado de llenarse y hoy me daré el primer baño del año.
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La próxima sesión del Club de Escucha es el domingo 8 de junio. No te la pierdas, merece mucho la pena.




Qué grandes las piscinas, tienes razón, se merecen una oda, cada una tiene su propia personalidad. Nosotros en la casa del pueblo -a los pies del Pirineo- también tenemos una piscina. Cuando yo era pequeña la única piscina del pueblo era la de nuestra casa, así que siempre teníamos a todos los niños en casa por verano... qué recuerdos... entre la piscina y el río al que íbamos caminando o en bici eran unos grandes veranos. En la ciudad donde viví hasta mi adolescencia la protagonista era la piscina del club de tenis en la que podía pasarme los días enteros y en la que no había nadie bañándose, sólo una amiga y yo... y algún otro despistado, y como es una piscina de medidas olímpicas -en ella entrenábamos para las competiciones- era una sensación increíble. También era curioso, las señoras solo iban a tomar el sol y si se bañaban lo hacían con gafas de sol y gorritos, y los señores -como tu dices- bien de secano. Y la piscina municipal a la que iba con otras amigas y que siempre estaba llena de gente y con un ruido ensordecedor, pero que me encantaba igual por ese ambiente tan diferente a la otra.
Ahora que vivo en Holanda las únicas piscinas que he visitado en estos 30 años son las cubiertas, cuando iba con amigos a pasar el fin de semana a un complejo turístico con piscinas y toboganes (muy típicos por estos lares) y cuando mi hija aprendió a nadar. Piscinas al aire libre solo hay una en toda la ciudad, y son muy pocos los días que realmente 'son de piscina' para ir a ella. Es curioso lo distintas que son las culturas de la piscina según el clima.
Que gran tema, Ana, nos has hecho recordar a todas 'nuestras' piscinas... Por lo que cuentas tu piscina debe estar llena de historias también y ahora tienes una nueva para llenarla con otras historias. Feliz veraneo franquista!
Qué evocador esto de las piscinas, tienen algo mágico. Muchos recuerdos vitales están asociados a ellas. Yo nunca tuve piscina pero recuerdo las que me marcaron: las heladoras de Cercedilla, las municipales de La Elipa y Santa Eugenia y la del chalet de los padres de uno de mis mejores amigos a la que fuimos casi 20 años.
Y en Agosto nos vamos a París a ver la exposición de Hockney y estoy impaciente por ver sus cuadros de piscinas. Un abrazo.