Lecturas encadenadas. Septiembre
«Prueba este porque lo mismo te gusta. Va de una madre y una hija y me recordó a tu relación con la tuya», me dijo A. Le hice caso y leí Los acantilados, de Virginie de Champlain. No me ha gustado mucho, de hecho no me ha gustado casi nada. No es horrible, no me ofende pero me aburre. Me pasa como con el de El celo del mes de pasado. No puedo más con estas historias de intensidades. En este caso la protagonista, a la que conocemos como V, vuelve a su pueblo, en una zona remota de un país que parece Canadá, porque su madre ha muerto en extrañas circunstancias. No se sabe si se ha ahogado o si se suicidó lanzándose al río San Lorenzo que pasa junto a la casa familiar a la que V vuelve para el funeral. Tras el entierro decide quedarse en la casa y entonces entramos en una espiral de obviedad tras obviedad. Decide dejarse ir, vivir en el desorden, se pasea en bolas por la casa a pesar de que hace un frío acojonante, encuentra unos diarios, cuenta a la vez la historia de su madre y de su abuela, se lía con la camarera de un bar pero en realidad no quiere compromisos, hace un viaje a Islandia. Artificio, artefacto, intensismo, aburrimiento.
Solo anoté una frase:
«Esta casa me vacía y no lo contrario».
De mi robo anual en casa de Tallón me traje Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente. Después de Los ilusionistas, que leí en julio y me abrió el mundo de la familia de Gonzalo Torrente Ballester, me apetecía saber algo más. Tiempo de vida es una elegía a su padre, a Juan Giralt. Es un homenaje a quien fue él, quien pudo haber sido y a cómo fueron las relaciones entre ambos, padre e hijo, con los vaivenes típicos y difíciles de los hijos de parejas divorciadas. Es también la crónica de una enfermedad y una muerte que rompió esa relación. Tiempo de vida es también la narración de las preguntas que cualquiera se plantea cuando mueren sus padres: ¿Quién era en realidad? ¿Pudimos haberlo hecho mejor? ¿Me conocía? ¿Le conocía yo a él/ella? y ¿Ahora qué? Es curioso que lo haya leído un par de meses después de El jardinero y la muerte, de Gospodinov, porque ambos libros tienen un planteamiento parecidísimo.
Esta es una lectura interesante y, sobre todo, complementaria a Los ilusionistas, a pesar de que se publicó antes. Si en aquél contaba la historia de la familia de su madre, en este Marcos se centra en su padre y su vida. Es un poco escritura de mirarse el ombligo y lectura de cotilleo, porque aparte del retrato del amor paterno filial hay mucho salseo morboso, sobre todo por la relación del padre con «la amiga que conoció en Brasil», que se convierte en una malvada casi de película de Disney. Me gusta el retrato de los años 80 y 90, su vida en aquella época, el ambiente de Madrid. Todo el tiempo me lo imaginaba todo como en un cuadro de Amalia Avia.
Me interesa el estilo de Marcos Giralt Torrente porque es muy personal, reconocible, pelín intelectual, trabajado con esmero y con un uso del vocabulario muy impresionante. Esto del vocabulario puede parecer algo obvio («hombre, es escritor, lo suyo es que sea amplio»), pero en la prosa contemporánea en España (mucho menos en Latinoamérica) echo de menos o, mejor dicho, me he dado cuenta al leer a Giralt, falta muchísimo vocabulario y trabajo del lenguaje para que sea más preciso. Hay mucha carpintería pero poca ebanistería, o algo así.
El libro es también una confesión a sí mismo y una explicación a un tercero. El lector a veces piensa «no hace falta que me lo expliques» y otras piensa «te voy a comprar el argumento a pesar de todo». Mientras leía también pensé en cómo los libros sobre padres siempre son menos crueles que los que se escriben sobre madres. Creo que yo también caería en eso. ¿Es porque los padres suelen morir antes? ¿Es porque las madres, normalmente, están más presentes y se les ven más los defectos? ¿Es porque a las madres se les exige entrega absoluta y amor incondicional y todo lo que no encaje ahí se ve como un defecto mientras que de los padres cualquier cosa nos parece épica? Creo que hay mucho de esto último y creo también que esto en las nuevas generaciones va cambiando. Por lo menos en las nuevas generaciones que me rodean a mí. En otros ambientes seguro que siguen siendo igual: la madre entregada y al padre un premio por hacer paella el domingo.
Lee Tiempo de vida, se aprende sobre ser padre y sobre ser hijo. Sobre vivir atento.
«Lo peor no avisa pero tampoco engaña. Cuando se presenta, intentamos no verlo, pero en el fondo sabemos que ha llegado, que está ahí y que todo lo que hagamos para zafarnos solamente servirá para terminar aceptando (la constante evocación de algo, aunque sea para negarlo, nos habitúa a ello, de forma que cuando se hace irrevocable es ya la única realidad que vivimos). Nosotros no fuimos distintos. Cuando lo peor le llegó, ninguno de quienes estábamos al lado de mi padre quisimos verlo».
A mitad de mes estuve enferma. No era COVID ni era gripe. Fue un catarro tan brutal que me hizo replantearme la idea que siempre he tenido de que los catarros son siempre una mala excusa o algo propio de una comedia para evitar un encontronazo. Empiezo a creer que puedas morirte de un catarro. En esas circunstancias no podía enfrentarme a una lectura exigente y me acordé de que una seguidora, Begoña Oro, hacía meses que me había enviado su primera novela adulta. Begoña ha vendido más de un millón de ejemplares de sus libros para niños y adolescentes, así que máximo respeto. Su última novela se llama Zapatos nuevos y sopa de almendras y no es para nada lo que yo suelo leer, pero fue perfecta para mi catarro. Literatura fácil, sin complicaciones y que en tu cabeza se desarrolla como una peli de Hallmark o una de esas que en cualquier plataforma se etiquetan como «comedia romántica». Desde la página uno sabes qué va a pasar, todo es de colores. Ojalá Begoña se haga rica vendiendo los derechos.
Terminé septiembre leyendo Un puñado de flechas, de María Gainza. En 2018 alguien me regaló por mi cumpleaños El nervio óptico y me deslumbró. Bueno, más que deslumbrarme me sorprendió la manera tan personal con la que Gainza hablaba de arte mezclándolo con su propia vida o algo que podía ser su propia vida. Se ganó estar en la estantería de libros especiales, esos que me gusta tener siempre a la vista. Hace unos meses la escuché en una entrevista en Hotel Jorge Juan y pensé: tengo que volver a El nervio óptico. Volveré pero mientras tanto he leído su nueva ¿novela? ¿recopilación de relatos? No lo tengo claro. Como ya escribí hace siete años, a Gainza no se la puede leer cuando te metes en la cama al final del día o tumbado en el sofá con la modorra de la siesta. Se puede, pero después, cuando terminas, hay que volver a todas las esquinas dobladas con el ordenador al lado para ver todo lo que te ha contado y no has sido capaz de imaginar.
Gainza era crítica de Arte con bastante poca convicción. Le gustaba el Arte, lo había estudiado, pero sin saber muy bien cómo se encontró escribiendo críticas e intentando que éstas no fueran oscuras ni inextricables, intentando que le dijeran algo tanto al experto como al no iniciado. Mientras se dedicaba a eso, fue escribiendo textos que no cabían en las publicaciones habituales y cuando acumuló los suficientes publicó El nervio óptico en una editorial pequeña. De ahí, y por una carambola de esas que no puedes creerte, la amiga de una amiga leyó el libro y se lo pasó a Anagrama, se convirtió en una autora reconocida y con su obra traducida a varios idiomas. Me gusta cómo ella cuenta, al final de Un puñado de flechas, que todo eso la superó y que se ha pasado años diciendo que no a todo tipo de compromisos porque le da pereza ir a eventos. Me encanta esta frase de Thoreau que también rescata en el libro: «Tan grandes son mis compromisos conmigo mismo que no creo que pueda asistir». Dice además que la presión de escribir algo memorable después de haber tenido un éxito ha sido terrorífica.
«Hace unos meses sentí que mi escritura había llegado a un callejón sin salida. Se lo comenté a una amiga y ella me recomendó que pusiera la cabeza en otra cosa para ver si lograba destrabarme: “Inflar el rol de la escritora conspira contra el producto”, me dijo».
Salvando las distancias entre ella y yo (ella es escritora y yo no), es verdad que la expectativa de escribir te seca. Yo tengo últimamente más ganas de escribir y más ideas. Es como si mi cabeza se hubiera vuelto más ligera, se hubiera ahuecado y dentro de ella hubiera más espacio para las conexiones y los chispazos. No sé explicarlo mejor. Gainza se puso a hacer acuarela. Yo no hago nada, no tengo tiempo, pero cuando tenga Orbela he pensado en ponerme a bordar. Seguro que se me ocurren mil ideas con las manos ocupadas. Puede que también me dé por la jardinería.
He sacado referencias para Orbela; grandes historias como la del español Nicolás Rubió, que huyó de España por la Guerra Civil a un pueblo francés, Vielles, en el que pasó 8 años viviendo y toda la vida pintando; la del fotógrafo Alberto Goldstein; o la de la falsa rubia escultora María Simón que dejó esta grandísima frase:
«Se suele adquirir la tonta costumbre de hablar de la vida como algo habitual, fácil y chato, cuando nada hay más peligroso que ella».
Repaso mis notas sobre el libro y me doy cuenta de que sonrío, de que quiero releerlo, bucear en esas historias. Y más cuando encuentro esta cita de la propia Gainza que tanto me representa: «Podría decirse que alguna vez fui una coleccionista de subrayados. Muchos de ellos han terminado en este texto».
Yo soy coleccionista de subrayados, de páginas dobladas. Llevo diecisiete años doblando y copiando en cuadernos. Muchas de esas esquinas terminan en estos textos. «Coleccionista de subrayados» me encanta.
Creo que María Gainza me caería bien.
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Hola Ana, si bien ya habia leido a Maria Gainza, este fin de semana, estuve releyendo Nervio Optico, pero tomando apuntes, y la he escuchado en Hotel Jorge Juan, menos mal que han dejado nota de todo lo que recomienda. Cuenta en la entrevista la influencia de su educacion, Maria se educo en uno de los colegios mas innovadores de la educacion privada de Buenos Aires, casi todas las mujeres que conozco de ese colegio, tienen una cabeza super bien amueblada. Ahora es mixto, pero antes era solo de mujeres. Hacia el fin de semana leere Un puñado de flechas, Gracias Ana, por tus recomendaciones!
Me he leído Nervio óptico, Un puñado de flechas y La luz negra de María Gaínza. Tengo sin escuchar su charla en el Hotel Jorge Juan a propósito, porque quiero releerlos antes.
Siguiendo la estela de Marcos Giralt, me gustaría recomendarte Libro de familia de Galder Reguera.