Lecturas encadenadas. Mayo
A mí me parece que mayo ha durado, por lo menos, 50 días. Intento acordarme de principios de mes y no lo consigo. ¿Dónde estuve? ¿Qué hice? ¿A quién vi? ¿De verdad solo han pasado treinta días? Me parece increíble. Con respecto a mi vida lectora, he empezado, por primera vez en mi vida, a vender libros por wallapop. Esos que ya no voy a releer, esos que pasaron de moda, esos que me regalaron con muy buena voluntad pero que ahora ya no me caben. Además, he leído mucho y de géneros muy diferentes. Ha sido un buen mes lector.
Al lío.
Te recuerdo que este año he lanzado el Club de Lecturas Encadenadas. Las sesiones son cada dos meses, para ir leyendo sin prisas. La primera tuvo lugar el 10 de mayo y fue espectacular. La segunda será el 5 de julio y estamos leyendo El último encuentro de Sandor Marai. Tienes toda la información aquí y llegas de sobra porque esta novela no es muy larga y me juego una mano a que te atrapará desde la primera página. Suscríbete ahora y podrás participar en esta sesión, en el club de podcasts y en el chat continuo que mantenemos cada día.
En 2018, por recomendaciones de Juan Tallón, leí Los monstruos que ríen, de Denis Johnson. Me pareció terrible. A pesar de esta nefasta primera experiencia, empecé mayo volviendo a Johnson. Esta vez con sus Sueños de trenes. Esta lectura me confirmó que cuando te fías de un amigo y sus recomendaciones hay que estar abierto a posibles desencuentros y jamás desechar lo que te sugieren. Sueños de trenes lo disfruté muchísimo. Hasta ese momento, este año había leído trece libros, seis de ellos no ficción, todos por mujeres, con algunos completos fracasos como Oxígeno, Seis Mil o Nadie me esperaba aquí. Me he dado cuenta de que cuando paso mucho tiempo en la no ficción o en la autoficción mala mi cerebro se cansa, se rebela y me dice: «Ey, no, no… Esto no». El problema es que solo me percato de esta llamada de atención cuando llego a algo maravilloso, que me absorbe y me atrapa, como Sueños de trenes.
Es un librito breve, apenas 135 páginas, que cuenta la vida de Robert Grainger. Sus días transcurren entre Idaho, el estado de Washington y Montana. En verano construye vías ferroviarias en los bosques de Washington y en otoño e invierno vuelve a Idaho, a su pueblo, con su mujer y su hija. En un determinado momento, que no voy a destrozar, su vida cambia por completo y Robert se adapta. Es un tipo normal, sin ambición más allá de tener una vida tranquila, varado en el lugar en el que vive, que no es en el que nació porque le criaron unos tíos y no saben apenas nada de sus padres. Robert vive, hace amigos, trabaja, construye, observa y sueña. No hay nada memorable ni espectacular en esta novela, pero lo tiene todo. Es bonita, tranquila, triste... En cierta manera, y porque transcurre en la misma zona, me ha recordado a Winter, de Rick Bass. Y por el tono y la sensación, de ver una vida pasar con sus años, sus estaciones y sus cambios, pensé también Stoner y en La lluvia amarilla.
«El primer beso lo hizo desplomarse por un agujero y salir por el otro lado a un mundo donde le pareció que podría encontrar su lugar, como si hasta entonces hubiera estado forcejeando en contradirección y ahora diera media vuelta para seguir la corriente. Se pasaron la tarde entera besándose entre las margaritas. Él se sentía en la gloria y más lleno de pasión de lo que se suponía que era capaz».
Con Una casa portuguesa, de Ximena Maier, no puedo ser objetiva. Es mi amiga y, además, compartimos referencias, amor por los podcasts y la vida en el campo y a ambas su madre nos parece una persona maravillosa. (Yo, de hecho, quiero que me adopte). Comparto también con Ximena el hecho de que las dos nos hemos comprado casas antiguas, las hemos reformado y estamos ahora viviendo una versión de nuestra vida que nos cuesta creer. En su nuevo libro Ximena cuenta todo su proceso de compra, reforma y conversión en fanática de la jardinería rodeada de su familia y de la idiosincrasia portuguesa. Una casa portuguesa es un poco Gerald Durrell, un poco Elizabeth von Arnim y un mucho de ella misma, con sus maravillosos dibujos que trasladan al lector a La Quintinha. Y tiene también un sentido del humor maravilloso con el que he soltado algunas carcajadas.
«Los libros de jardines se clasifican en 2 modalidades: lo insoportable y lo incomprensible».
Y me identifico muchísimo con algo que dice José, el marido de Ximena, porque yo lo siento también cada día:
«Qué bonito está todo, es que vivimos en la casa más bonita del mundo, qué suerte tenemos».
Hay que leer a Ximena, porque sumergirse en sus libros es chapotear feliz; con sus dibujos y sus narraciones tienes la sensación de ese primer baño de verano en una piscina con dos palmos de agua, en una charca o en un río con poco caudal. La felicidad de la risa.
Uno de los libros que más he recomendado últimamente es El baile y el incendio, de Daniel Saldaña París que, por cierto, también me recomendó Tallón. Me gustó tantísimo que todavía sigo dándole vueltas y por eso cuando en La Guarida vi otro de sus títulos lo compré sin dudar.
Empecé Los nombres de mi padre con emoción, expectativas y muchas ganas de lanzarme a esa prosa que tanto me atrapó en diciembre. Empezó bien, muy bien, para ir desinflándose poco a poco hasta llegar a un final que me hizo tirar el libro a un lado y gritar «¡No me lo puedo creer, Daniel!».
«Pero aún más que al futuro, le tengo miedo a no haber entendido lo suficiente el pasado. A no haber sabido aprovechar lo que tenía mientras lo tuve. A haber vivido una vida sin preguntas, o con las preguntas incorrectas. Miedo a haber saltado siempre de una certeza a otra, como quien cruza un riachuelo pisando solo las piedras, sin mojarse nunca –sin sentir el estupor, el frío, el fondo inestable y limoso de la vida bajo las plantas de los pies».
Camilo tiene treinta y muchos años y vive en Ciudad de México. Son los últimos coletazos de la pandemia y su madre cae enferma de gravedad. Esto cambia la relación, bastante distante, que mantenían hasta entonces. No es que se llevaran mal, pero no necesitaban tener contacto permanente. Ahora, enferma, su madre empieza a hablarle de su padre, Víctor, y de su íntimo amigo, Miguel Carnero, un carismático arquitecto desaparecido hace unos años sin que nadie haya sabido nada de él. Camilo se lanza a investigar sobre Miguel a partir de la información que le da su madre, entrevistando a conocidos y leyendo sus publicaciones sobre arquitectura y urbanismo. Esta búsqueda le acabará llevando a Nueva York para buscar a la hija de Miguel, a la que conoció cuando los dos eran unos niños. Como he comentado antes es una novela que crece y crece, hinchándose hasta convertirse en un precioso balón que empieza a desinflarse en el último tercio hasta que se pincha en un estallido bochornoso.
La parte más interesante es toda la descripción de Ciudad de México, de su urbanismo en los años 50 y 60, de cómo fue creciendo; y las disquisiciones sobre el sentido de una ciudad, sobre cómo debe de ser para resultar habitable.
«Las primeras conversaciones de una relación no son realmente para obtener datos sobre la vida del otro. Es imposible retener, con la emoción, los nombres propios y las fechas y las emociones del drama familiar ajeno. Más bien se busca entender si nos gusta la forma en que el otro cuenta su propia historia. Si el tono es de resentimiento, de melancolía, si sabe burlarse de sí mismo».
A pesar de ser una lectura decepcionante, Saldaña es un grandísimo escritor y, sin duda, volveré a él.
En un lejanísimo día de noviembre fui con mi hija Clara a comer a un restaurante vietnamita que nos gusta en el Barrio de las Letras y al salir fuimos a dar un paseo. Acabamos en una librería donde compré El encantador arte coreano de escribir cartas, de Juhee Mun. Me hice con él porque, gracias a los fundadores de Cosas que (me) pasan, todos los días dedico un rato a ponerme al día con mi correspondencia. (Esta es una frase que suena tan decimonónica que me cuesta pensar que soy yo esa persona que cada día revisa el correo y va contestando o escribiendo nuevas cartas). Me encanta leer las cartas que recibo, pensar la respuesta, garabatear un par de folios y luego preparar los sobres para, normalmente los viernes, bajar a Correos con todas las cartas de la semana.
« Las cartas son sin duda únicas».
Juhee Muh era periodista y en un momento dado decidió abrir una papelería dedicada solo a elementos para escribir cartas. Su negocio se llama Geulwoll y, desde 2019, le ha ido tan bien que ha abierto otra sucursal del negocio. En la tienda puedes comprar bolígrafos, lápices, papel, sobres, puedes escribir la carta y dejarla allí como si fuera Correos y también puedes escribir una carta anónima y llevarte la escrita por otra persona.
«Escribir a mano requiere un esfuerzo pero también implica un mayor compromiso con lo que decimos. Y ese compromiso, en una carta o en cualquier otro medio, es indispensable para la sociedad»
El libro no vale gran cosa y menos aún si, como yo, escribes cartas de manera habitual. Tiene algunos capítulos que son un poco «Teo escribe una carta» que dan hasta vergüenza. Explica cómo escribir una carta, cómo hay que saludar, da sugerencias para el cuerpo de la misiva, instrucciones sobre la despedida, explica lo que es un sello, etc. Creo que en los libros de texto de 4º de EGB había un tema dedicado a esto en el de Lengua. Aún así algunas reflexiones me han gustado mucho.
«Las cartas me han enseñado a relacionarme de otra manera, a que ir más despacio es posible y además muy hermoso. Y que escribir, a veces, es la forma más sincera de volver a estar cerca de alguien».
Aprovecho para meter la cuña de que si te haces fundador de Cosas que (me) pasan entrarás en el maravilloso mundo de la correspondencia manuscrita y personal. He dicho entrarás, pero seguro que tienes un pasado en el que escribías cartas. ¿Te acuerdas?
Mi última lectura del mes me llegó por correo con una preciosa carta en un sobre verde. Una de las fundadoras me regaló La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, de Gabriel García Márquez. Es un librito breve con siete cuentos plagados de realismo mágico y de una naturaleza misteriosa que a veces acoge y, a veces, ataca. Está siempre al acecho, en la sombra, rodeando lo que les ocurre a los personajes sin que estos sepan si les devorará, pero mientras tanto viven en ella como pueden. Me han gustado especialmente el primer cuento, en el que el mar trae a un ángel viejo hasta el pueblo; y el último, que da título al libro, y que es sin duda el mejor. Esto me ha hecho pensar cómo se decide el orden de los cuentos en un volumen así. ¿Colocas el mejor en primer lugar para atrapar al lector? ¿Lo dejas para el final como un premio para el lector que no abandone? Y a propósito también de estos cuentos, he estado pensando si el realismo mágico es algo que tiene su momento en tu historia lectora y una vez que superas esa etapa cuesta volver a él o si fue una moda que en algún momento volverá y cogeré con ganas. En cualquier caso, siempre hay que leer a García Márquez.
Gracias por llegar hasta aquí. En junio, para preparar la segunda sesión del club de lectura que tendremos el 5 de julio, voy a volver a El último encuentro, de Sándor Márai. Estoy hasta nerviosa, tan nerviosa como si fuera a reencontrarme con un antiguo amante del que estuve muy muy enamorada. ¿Me seguirá gustando?
Si quieres apuntarte al club, que es solo para suscriptores, estás a tiempo. Tienes todos los detalles aquí y te aseguro que merecerá la pena. Se ha juntado un grupo maravilloso y estamos felices de ser cada día más.








Yo quiero vivir en esa portada del New Yorker!!! Me encantaría tener una casa d9nde tener una biblioteca así 😍 Por cierto, la tela del cogin del banco queda preciosa como fondo de las fotos!
Por si te da curiosidad, en 2025 se estrenó la película de Sueños de trenes.