Lecturas encadenadas. Marzo
Antes de empezar a hablar de libros quiero agradecer la acogida que ha tenido el lanzamiento del Club de Lecturas Encadenadas. Ni en mis mejores sueños pensé que podía tener tantísimo éxito; en un par de días se suscribieron más de cuarenta personas y la librería Cosas en familia ha recibido más de cien pedidos de Nosotros los Caserta, de Aurora Venturini. Además, hay muchísima gente que lo ha comprado en otras librerías y que ya eran suscriptores. Confieso que estoy un poco aterrada por cómo será nuestra primera sesión; de entrada, voy a tener que ampliar la capacidad de mi cuenta de Zoom para que quepamos todas. El libro está suscitando opiniones muy interesantes porque es una lectura distinta, pero confío en que el próximo 10 de mayo sea el primero de muchos encuentros exitosos, fructíferos y, sobre todo, entretenidos.
Estás a tiempo de apuntarte.
Y ahora al lío.
La primera lectura de marzo fue uno de esas que cae en mis manos de manera inesperada. Cotilleando en las pilas de libros que tenía sobre su mesa de despacho mi amiga MJ, lo encontré duplicado. «Llévate lo que quieras», me dice siempre. Me llevé La sangre está cayendo al patio, de Elvira Navarro; lo dejé en mi despacho y ahí ha pasado alegremente un par de años hasta que vacié mi despacho, lo llevé a casa, me miró y pensé que era su momento.
No sabía nada del libro ni de Elvira Navarro. Por no saber, como nunca leo las contraportadas, tardé bastante en darme cuenta de que era un libro de relatos porque todos tienen en común o están relacionados con la casa, la vivienda, el hogar. Todos son tristes, algunos trágicos. Y todos transmiten una intensa soledad aunque los protagonistas vivan en pareja, sean una familia o estén en medio de una gran ciudad. Son cuentos inquietantes que provocan desasosiego; son como estar en medio de un ensanche de una gran ciudad, en agosto, a pleno sol, cuando todo son solares con las estructuras de lo que serán futuros edificios de urbanizaciones cerradas con piscina y sombrillas de falsa paja. Sales de ellos como emerges del agua después de haber estado aguantando la respiración: asustado y aliviado por haber sobrevivido a ese ambiente tan opresivo.
No quiero desanimar a nadie de su lectura porque son cuentos muy originales, muy bien construidos y que merecen atención. Algunos, sin ninguna duda, podrían ser la semilla de una buena película.
No pensaba leer Nadie me esperaba aquí, de Noelia Ramírez, porque no leo novedades y porque, ya lo he dicho más veces, estoy un poco saturada de autoficción española que pretende hacer colar una anécdota personal como verdad universal, pero... Pero fui a La Guarida y había programada una tertulia literaria basada en este libro y, además, Noelia Ramírez me parece una tipa muy brillante, que maneja muchísimos referentes y que, además, es divertida. (Es la mitad del podcast Amiga date cuenta, junto con Begoña Gómez).
Me encantaría decir que me gustó mucho, pero no. Entiendo la intención y el camino que quiere seguir, pero es un ensayo deslavazado. Simpatizo mucho con ella, la entiendo, porque percibo en sus líneas esa sensación de estar sobrepasada cuando te sientas a escribir un libro. Sabes lo que quieres contar, pero no tienes tiempo porque tienes otras mil cosas que hacer (y que pagan tu comida y tu casa) y, para cuando consigues el tiempo y el espacio para escribir, te das cuenta de que no sabes decir lo que en tu cabeza estaba clarísimo. Noelia, además, en medio de la escritura de este libro perdió a su madre por un cáncer fulminante y eso es un golpe que hace imposible concentrarse, volver a creer que lo que querías decir es importante.
La idea del libro es explicar el desclasamiento a través de la historia de la propia Noelia. Hija de emigrantes de Ciudad Real que llegaron a Barcelona a trabajar en lo que saliera, y que pasó de ahí a moverse en un ambiente de ricos cuando llegó a la universidad privada. El choque cultural y social, no fue un llegar a un lugar de ricos sino encontrarse en un mundo nuevo que ni siquiera imaginaba que existía y que, además, definía el lugar de dónde ella venía y todo lo que había conocido hasta entonces. Toda la primera parte es este relato autobiográfico que se sigue con interés y curiosidad, pero llega un momento en que se deshace el hilo, se deshilacha lo que va contando sobre su vida y se pierde en disquisiciones sobre temas diversos como el carisma, los espacios liminales, el ser algo y no serlo, vivir en el casi (casi pobre, casi pija, casi madre, casi...), la victimización. Todo plagado de citas porque Noelia es cultísima y brillante y maneja miles de referentes. Después, retoma el tono personal enfocándose en el luto que atraviesa.
Nadie me esperaba aquí es un librito que toca muchos temas interesantes pero que se siente deslavazado, como si se hubiera quedado solo en un hilvanado de las páginas sin acabar de coserle las costuras. Cuando el lector se lo prueba, casi nada le encaja: unas partes le están grandes y otras no le entran. Entiendo perfectamente que quisiera terminarlo, quitárselo de encima porque lo sentía como una losa, pero creo que si lo hubiera dejado reposar unos meses para retomarlo después le hubiera quedado mucho más redondo. (Pero entiendo que quisiera entregarlo y olvidarse).
Esta cita me hizo pensar mucho: «Dice la filósofa Clara Marín que la persona en la que uno no quiere convertirse acostumbra a estar muy cerca».
El último libro del mes (los tres de autoras, acabo de darme cuenta) fue Una escritora en la cocina, de Laurie Colwin. Llevaba en mis estanterías bastantes meses y decidí leerlo justo cuando estaba haciendo el curso de Escritura, cocina y autobiografía que impartía María Arranz. Lo había comprado porque había leído sobre Colwin en el New Yorker hace años y, al ver que Asteroide lo había editado en español, me lancé a por él.
Es un librito entretenido, indicado si te gusta la comida cocinar y cacharrear. En algún momento puede resultar un poco repetitivo, pero se ajusta por completo a los temas que tratamos en el curso: es escritura, es cocina y es autobiografía. Colwin habla de sus recetas, de su relación con la cocina y con comer siempre desde su experiencia personal y referenciando anécdotas de su vida. Desde su infancia con una madre que no cocinaba hasta ella siendo madre, cocinando y, por ejemplo, comprando un faisán que ha visto en un mercado; experiencia esta que resultó poco satisfactoria porque concluye que el faisán es como el pollo pero caro. Habla de sus primeros apartamentos en Nueva York, tan pequeños que llegaba a los fogones desde la cama y fregaba en la bañera, de su odio a las barbacoas, de la sopa perfecta, tiene un idilio con hacer el pan en casa, propone el menú perfecto para no morir en el intento de dar una cena, reniega de comer al aire libre y tiene cierto desprecio hacia vegetarianos, veganos y demás.
«A diferencia de algunas personas a las que les encanta salir, a mí lo que me gusta es quedarme en casa. Llámalo pereza, ansiedad o fobia a los demás; sea como sea, en la época en que mis amigas recorrían Bolivia y Nepal tan felices, a mí me daba apuro reconocer que lo que más me gustaba era disfrutar de mi casa».
Estoy en cada palabra de esa cita.
Escribir sobre cocina (me estoy acordando de Nora Ephron, que también usaba la cocina en algunos de sus libros) tiene algo de casa, de cercanía. Todo el mundo o, por lo menos, todo el mundo de mi generación tiene un vínculo con la cocina, con recuerdos de comidas caseras, con aprender a cocinar, que muchas veces te conecta con lo que cuenta Colwin. La buena escritura, no sé si llamarla gastronómica, tiene algo de fogón, de olor a guiso o a pan o a bizcocho, de llegar a un lugar que te acoge. Si es buena de verdad, hasta te da ganas de cocinar.
«Conviene tener presente que las cacerolas y las sartenes son como los jerséis: por muchas que te compres, al final siempre acabas usando solo dos o tres».
¡Qué gran verdad!
Y mi cita favorita: «No soy una cocinera creativa, ni muy ambiciosa. Soy una guisandera de las de toda la vida».
Me ha gustado Colwin; creo que su libro, plagado de recetas, es para tenerlo en la cocina y leer un capitulito mientras esperas que se ase el horno, se caliente la sopa o se sofría el pisto.
Por cierto, en el curso descubrí Semiotics of the kitchen, de la artista Martha Rosler, de 1975. Te lo recomiendo muchísimo. Es una instalación artística, un vídeo en el que la artista, ataviada con un delantal y en una cocina con cacharros, parodia y hace una crítica social a los videos de cocina del estilo de Julia Child. Es maravilloso. Todo un hallazgo.
Y hasta aquí los encadenados del mes. Quiero dejar constancia de que esta es la primera newsletter que escribo sentada en mi mesa, en mi estudio, mirando por la ventana mientras fuera llueve. No es mi mesa definitiva, ni el estudio está terminado, pero me hace tanta ilusión... Espero escribir muchísimo desde aquí. Espero escribirlo todo como una “guisandera de las de toda la vida”.
Como siempre, si lees algo, ven a contármelo. Me hará ilusión.
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Me encantó el de Noelia, es una de esas personas que piensa mejor lo que yo pienso. El del la cocina lo abandoné, que es mi estilo en la cocina. Confío en que ninguno de mis libros pasados o futuros pase por despelleje. Me salva que no lees novedades.
Me encanta esta metáfora, o analogía, o descripción, o lo que sea: "como si se hubiera quedado solo en un hilvanado de las páginas sin acabar de coserle las costuras. Cuando el lector se lo prueba, casi nada le encaja: unas partes le están grandes y otras no le entran"