Lecturas encadenadas. Agosto
El día 10 escribo sobre las lecturas encadenadas de agosto. Se me ha hecho un poco tarde, pero la semana pasada pensé que debía dejar respirar el Cuaderno de vacaciones, que reposara con calma. Me pareció buena idea reservar las lecturas para cuando septiembre ya estuviera asentado, pero he apurado el plazo: ahora me parece que los libros que me acompañaron en vacaciones han quedado lejísimos, que se están desdibujando. Menos mal que tomo notas.
Al lío. Coge un café. Tómatelo con calma.
El celo, de Sabina Urraca, fue una recomendación entusiasta de una amiga. Es una gran lectora, pero claramente no tenemos los mismos gustos o los mismos intereses. El celo es una novela sobre La Humana, que se encuentra con La Perra y vive escondida porque ha tenido una relación terrible de abuso y maltrato con El Predicador. Recuerda una infancia más o menos feliz con La Abuela y El Abuelo a la que asistía, casi como una espectadora, La Madre, que vive en La Isla. Todo esto es, para mí, El Sopor. A ratos me recordó a Un amor, de Sara Mesa; a ratos a Panza de burro, de Andrea Abreu; y a ratos a Carcoma, de Layla Martínez. No me ha interesado nada, me he aburrido. Lo siento, pero este tipo de literatura me resulta tan pretenciosa, tan poco original, que me parece prescindible. El celo no está mal escrito ni mucho menos, no estoy diciendo que el libro sea malo, pero es que no conecto. Es más, me desconectó hasta casi enfurecerme. No es para mí.
En mayo estuve en la presentación de Refugio. Una historia de cabañas, de Eva Morell porque soy muy seguidora de su Club de la cabaña. Me guardé su lectura para las vacaciones en Cicely. Quería tener el entorno adecuado, un tiempo de calma, tranquilidad y descanso. Eva Morell recoge en este libro dos de sus obsesiones: las cabañas y su preocupación por la prisa y la angustia en la que vivimos ahora, la falta de calma, de pausa. Me gusta que la primera historia que ilustra este volumen cuenta el origen del interés de Eva por las cabañas. De niña viajaba con sus padres a Sierra Nevada y, en cada trayecto, veía desde el coche la perfecta cabaña en A que ella y su hermana llamaban «la cabaña de los enanitos». Les encantaba, imaginaban cómo sería vivir ahí, pensaban en quién tenía la suerte de habitarla. Ahora, con las prisas y las pantallas, hemos perdido la capacidad de mirar por la ventanilla e imaginar. Todos los coches llevan pantalla, los niños viajan hipnotizados por películas o dibujos animados, los adultos por lo que les dicta el navegador o lo que van escuchando. Ya no tenemos esos viajes interminables en los que incluso los adultos se aburrían porque terminaban apagando la radio para no escuchar más noticias repetidas. ¿Cuántos niños ven ahora cabañas sentados en la parte de atrás del coche? Eva hace también un repaso de las cabañas a lo largo del tiempo y del espacio: las cabañas en A, las futuristas, las japonesas, las diseñadas por grandes arquitectos como Le Corbusier, la de Thoreau, las cabañas en el árbol que se hicieron muy populares en el siglo XIX a las afueras de París y que han desaparecido y de las que solo nos quedan algunas fotografías, etc. Disfruté mucho leyendo desde Cicely este repaso por los refugios de otros en otros tiempos. Otros tiempos en los que no se corría tanto.
Ahora mismo y por desgracia, Calle Este-Oeste, de Philippe Sands, es un libro tan pertinente que da miedo. Un libro en el que el autor británico, que es además abogado, contaba la historia de su abuelo León, originario de Lviv al igual que Raphael Lemkin y Hersch Lauterpacht, dos abogados judíos con un papel fundamental en el derecho internacional y en los juicios de Nuremberg. Lemkin creó el concepto «genocidio» y Lauterpacht el término «crímenes contra la Humanidad». Es un libro imprescindible que casualmente también leí un mes de agosto de hace siete años y que no me canso de recomendar.
Calle Londres 38. Dos casos de impunidad: Pinochet en Inglaterra y un nazi en la Patagonia es el último libro de Sands y también le he dedicado horas de mis vacaciones. Debo decir que no es tan redondo como Calle Este-Oeste, principalmente por fallos de edición como repeticiones innecesarias que acaban resultando pesadas, pero es una lectura necesaria para entender la impunidad con que los dictadores siguen actuando.
«Nada ha engendrado mayores problemas que la libertad que se concede a los malvados para delinquir con total impunidad» (Jean Badin, 1577)
Esta cita aparece en el libro y es dolorosamente cierta. Se comprueba con los dos casos que Sands investiga en el libro: el general Pinochet, dictador en Chile entre 1973 y 1990; y Walter Ruff, un nazi responsable de la muerte de más de cien mil personas durante la II Guerra Mundial y que vivió tras el conflicto años y años en Chile sin tener ningún problema. Con respecto a Pinochet, el grueso del libro está centrado en explicar todo el proceso de extradición del general que se puso en marcha gracias a una petición del juez Garzón. Yo recuerdo todo aquel proceso pero ni de lejos lo había entendido. Es loable el esfuerzo que hace Sands para detallar todas las idas y venidas, los procesos judiciales, los obstáculos, las tretas de los abogados del general, la aplicación de las leyes que acabaron con Pinochet volando de vuelta a Chile y muriendo en su cama. Otro dictador más que no paga por todos sus crímenes a pesar de estar estos perfectamente documentados. Sands también cuenta las historias de represión, tortura y asesinatos de represaliados chilenos para dar contexto histórico a los crímenes y encajar dentro de esa época la historia de Walter Ruff ,un nazi confeso que, como he dicho antes, vivió en Chile con total impunidad y del que se sospecha colaboró de alguna manera en las torturas y asesinatos del pinochetismo.
Es un libro muy didáctico, necesario y descorazonador. Los de mi generación hemos crecido creyendo en la justicia como un ente que nos salvará, que nos liberará, que rige de alguna manera el mundo para que prevalezca la bondad. Es una creencia tan vana que ahora, a mis cincuenta y dos años, me hace vernos con ternurita y al mismo tiempo con mucha pena. Estamos solos. No hay justicia. Nos aferramos a algunos destellos de ella, aquí y allá, pero la realidad es que no existe. Sands lo deja clarísimo en una frase en la página 282. El juicio para extraditar a Pinochet en Londres se tuvo que celebrar dos veces porque la primera vez, cuando se decidió por unanimidad que debía viajar a España para ser juzgado por sus crímenes, hubo un problema con uno de los jueces ingleses que no desveló sus lazos lejanos con Amnistía Internacional. Cuando el juicio se repitió el resultado fue otro y Sands dice:
«La experiencia de asistir al mismo caso y ante el mismo tribunal, pero con jueces diferentes, acabó con la idea de que la ley se aplica mecánicamente a los hechos. Si cambiamos los jueces, todo cambia. Es el factor humano»
Hay también una reflexión interesantísima y muy pertinente ahora mismo sobre la inmunidad de los gobernantes. A mí me parece una aberración que siempre lleva a una impunidad total por sus actos.
Apunté también esta frase que me recordó a lo que comentamos en el club de escucha en el que hablamos de la última temporada de De eso no se habla.
«La lección estaba clara: tengamos cuidado a la hora de buscar pruebas, pues nada es lo que parece. Es, de hecho, lo que mi experiencia en casos internacionales me había enseñado. “Lo que muchos dicen de un hecho puede tener origen, tras un examen atento, en una única fuente”, declararon en una ocasión los jueces de La Haya. Los muchos testimonios de un “hecho” no tienen “como prueba más valor que la fuente original”».
Hay que leer a Philippe Sands. Es necesario para entender el mundo en el que vivimos.
El valor de la atención. Por qué nos la robaron y cómo recuperarla, de Johann Hari, no es el tipo de lectura que me llama la atención, valga la redundancia, pero fue una recomendación de Juan Tallón y, como ando preocupada por mi capacidad de concentración, decidí darle una oportunidad. Lo empecé con ganas y al principio me enganchó. Me veía reflejada en casi todo lo que explicaba. Como comentaba antes, sé que ahora me cuesta más concentrarme, que voy saltando de una tarea a otra sin terminar ninguna y que cosas que antes me llevaban una hora ahora me llevan mucho más. Cada vez que acometo una tarea estoy pensando en la siguiente. Vivo en la prisa.
Lo que contaba Hari me estaba gustando así que saqué un lápiz y empecé a subrayar y a anotar ideas en los márgenes hasta que llegue a la página 200 y entonces empecé a aburrirme. Hari, que hasta ese momento hace un buenísimo trabajo identificando el estado de impaciencia y desatención que nos define a todos, debió pensar que se le quedaba corto el contenido y entonces se dispersa y empieza a repetirse y a hablar de dieta, de TDAH, de educación infantil… dando mil vueltas. Me aburrí tanto que pasé de los dos últimos capítulos y, aunque al epílogo le di una oportunidad, tras dos párrafos lo dejé.
El valor de la atención es para mí un libro fallido que debe leerse sólo hasta la mitad. Tiene algunas buenas ideas para hacerte reflexionar. Por ejemplo, Hari explica que el hecho de que no podamos concentrarnos no es un problema individual, un fallo de nuestra fuerza de voluntad, es algo que las Big Tech han promovido y es un problema sistémico con implicaciones más allá de nuestras propias vidas. Si somos individuos carentes de concentración, no podemos luchar de manera colectiva contra los problemas que nos afectan a todos. Al hacernos creer que es un problema de cada uno se evita la respuesta colectiva.
«No creo que sea casual que esta crisis de atención coincida en el tiempo con la peor crisis de la democracia desde la década de 1930. La gente que no es capaz de concentrarse es más proclive a sentirse atraída por soluciones autoritarias, simplistas, y es menos probable que se percate de que no funcionan. Un mundo lleno de ciudadanos privados de atención que combinan Twitter y Snapchat será un mundo de crisis encadenadas en que no seremos capaces de afrontar ninguna de ellas».
Hari, como puede hacerlo, se va tres meses de verano a Provincetown sin móvil y sin conexión a internet para experimentar, para desengancharse. Vuelve a leer el periódico en papel y a la lectura en profundidad y descubre que así puede concentrarse. Muy bien. ¿Cuántos podemos hacer eso? Y, cuando vuelves, ¿qué pasa? Cuando él vuelve se compra una caja con combinación para meter el móvil y se descarga una aplicación que le bloquea el acceso a internet. No sé. Muy forzado todo.
Anoté muchas ideas del libro, recomiendo leerlo hasta la mitad aunque solo sea para sentirse acompañado en la desazón que, por lo menos a mí, me provoca el saber que no me concentro, que no rindo, que me cuesta alcanzar ese estado de fluidez con lo que hago porque para eso necesito no distraerme con nada y vivo rodeada de distracciones, mi cerebro se ha hecho adicto a ellas a pesar del mal que le hacen.
Uno de los científicos consultados, Lehman, se dió cuenta de que cuando sus hijos saltaban a su cama por las mañanas lo primero que él hacía era coger el móvil, y dice:
«Se vuelve agotador [...]. Lo que sacrificamos es la profundidad en toda clase de dimensiones. La profundidad requiere tiempo. Y requiere reflexión. Si tienes que mantenerte al día de todo y mirar correos electrónicos constantemente, no hay tiempo para la profundidad. La profundidad vinculada con el trabajo, en el trabajo, también exige tiempo. Y energía. Y largos periodos de tiempo. Y compromiso. Y atención. ¿Verdad? Todo lo que exige profundidad se está resintiendo. Se nos está llevando cada vez más hacia la superficie».
Terminé el mes y las vacaciones con Deriva continental, de Russell Banks, que llevaba un año esperando en la estantería. De este escritor americano leí el año pasado Los abandonos, que me gustó muchísimo, y esta nueva novela también me ha encantado. ¿Por qué? Pues porque es ficción pura y dura. Una historia creada de cero con personajes que te crees, con un arco narrativo que evoluciona y que te sumerge en una realidad que no es la tuya. La historia que Banks contaba en Los abandonos sigue conmigo un año y medio después. De vez en cuando me descubro acordándome de su protagonista, Leonard, y pensando qué hubiera hecho yo en su lugar. Sé que Deriva continental y la historia de Bob y Vanise van a permanecer conmigo mucho tiempo. Esa deriva que da nombre la novela es la de dos personas que abandonan sus vidas, las dejan atrás y, de alguna manera, se dejan llevar al mismo tiempo que intentan conseguir una meta. En el caso de él, de Bob, un manitas de 30 años, casado y con dos hijas, que vive en New Hampshire, arrastra a su familia a Florida en busca de otra vida, de éxito, de dinero. Instalados allí nada sale como lo había imaginado y poco a poco van hundiéndose. Vanise es haitiana, tiene un bebé, y se lanza al mar en un barco para intentar llegar a las costas de Estados Unidos impulsada por el miedo.
Deriva continental es una historia de desilusión y de aspiración, pero sobre todo de supervivencia y desesperanza. Son dos aspiraciones diferentes. La de Bob está impulsada por el descontento vital y la búsqueda de un ideal de vida mejor que ni siquiera él mismo entiende. La de Vanise, su hijo y su sobrino viene impulsada por la desesperación y el miedo y no buscan algo mejor, solo quieren sobrevivir la siguiente hora, el día siguiente. No hay un futuro mejor al que aspirar.
Es una novela fabulosa, dura y triste, pero que creo que hay que leer. Es pertinente ahora mismo. Banks, además, es un escritor increíble.
«Cuando no intenta representar, cuando es él mismo, tiene una cosa curiosa, alegre, amistosa, o bien muestra un rostro cerrado, duro, irritado. Lo uno o lo otro, con pocos matices intermedios. Como esa oscilación entre abierto y cerrado, entre buen humor e irritación, entre amabilidad o crueldad, es abrupta y aparece sin transición gradual hacia la frialdad, la cólera, etc. Los extremos parecen, en efecto, extremos, opuestos, incluso a pesar de que, como el propio Bob lo siente y entiende, el camino de sentirse un hombre feliz a un hombre infeliz solo comparte un ligerísimo matiz».
Me doy cuenta ahora de que ninguna de mis lecturas en agosto fue muy veraniega. Lo que sí fueron fue pausadas. Leí con calma, con tranquilidad, me dio tiempo a pensar y a tomar notas. Y también a darme cuenta de que al final del día necesito gafas de cerca.
Si has tenido la paciencia y el tiempo de leer hasta aquí siéntete orgulloso. Has vencido a la prisa. Gracias.
El domingo que viene, 14 de septiembre, tenemos la 18 sesión del Club de escucha. Vamos a hablar de Delirios de España y su temporada dedicada al rodaje de Los Otros. Es para suscriptores. Va a ser un planazo. Tendrías acceso a la newsletter extra del último domingo del mes, al club de escucha y al chat. Si, además, te haces miembro fundador, 70 € al año, piénsalo ¿cuándo has sido fundador de algo?, hasta recibirás una carta manuscrita y varias tarjetas necesarias para tu vida con frases como “Me quiero ir a casa a leer” o “Desde tan abajo no explico”. ¿Cuándo fue la última vez que abriste el buzón y había una carta para ti? Piénsalo.







Del libro de Hari me paso lo mismo, llegué a la mitad y empezó a aburrirme. Curiosamente, siendo el tema del texto, me hizo perder la atención.
Lo había cogido tras una conversación con mi madre en la que coincidiamos en que nos distraemos con una mosca. Se sentía fustrada porque creía que era cosa de la edad (82).
No, voy viendo tras leerte que es un problema general.
Sobre la atención: es terrible, yo por ejemplo ahora veo anunciada una peli de 3 horas y media y me siento como q no me apetece nada estar tanto tiempo en la sala, por si acaso, cuando en el pasado ni me lo planteaba. En casa, y con la posibilidad de pararla o vewrla en sesiones, igual, pero la idea de estar "atrapada" en una sala y la posibilidad de aburrirme no me gusta. Afortunadamente, no me pasa con la lectura, pq para mí es un proceso mucho más activo q lo audiovisual.
No he leído el libro y dices q la parte de TDHA te ha aburrido. No sé si lo hace, pero sería interesante q hubiera explicado q el TDHA ha existido desde siempre, y q de hecho, cuando éramos cazadoras-recolectoras quienes tenían esos rasgos tenían más posibilidades de sobrevivir. Al empezar a esperar q los ninios primero y en general la mayor parte de la población, se sentaran a escuchar/escribir/sumar... lo q sea, ahí se hizo más evidente q hay gente q no puede hacerlo. Este desorden es del neurodesarrollo y como siempre digo con todo, tiene una predisposición genética, q interactúa con el ambiente (epigenética) y ta-dáh... eso. Es un tema largo y apasionante de explicar, con sus neurotransmisores y circuitos y todo eso y es una pena q lo haya hecho aburrido.
Hugs!
di