La página llena de septiembre
Años y años escribiendo sobre el mes de septiembre, y es ahora cuando me he dado cuenta de que septiembre es el mes que más cambia desde su inicio hasta su final. Cambia él, cambia el tiempo y su percepción y cambiamos nosotros o, por lo menos, cambio yo.
Si me miro a principios de este mes casi parezco otra persona: lo que pensaba, lo que creía, cómo me vestía, lo que esperaba. Ahora, rozando el final, casi todo lo que era en aquellos días primeros en los que vivía todavía con la resaca del verano, de las vacaciones, del sol, de los tirantes, del calor, de las sandalias, de las ventanas abiertas y las tardes lánguidas, de la calma chicha, me resulto casi marciana. Ahora, esta mañana de sábado, todo es recogimiento, edredón en la cama, frío por las mañanas, días más cortos, olor a otoño y a estar en casa.
“Autumn is really the best of the seasons; and I’m not sure that old age isn’t the best part of life. But of course, like autumn, it doesn’t last”. -C.S. Lewis, Carta que C. S. Lewis escribió el 27 October 1963
«El otoño es realmente la mejor de las estaciones; y no estoy seguro de que la vejez no sea la mejor parte de la vida. Pero, por supuesto, al igual que el otoño, no dura para siempre».
Clara, después de tres meses, volvió de Estados Unidos feliz, cansada, emocionada y dispuesta a poner en marcha su siguiente plan.
María se marchó a estudiar un año en Stuttgart. Ya se ha instalado, está aprendiendo alemán con cinco horas de clase al día, ha hecho amigos, se ha dado cuenta de lo terrorífico que es tener que pensar qué vas a comer y cenar cada día y me hizo caso cuando le dije que se fuera a IKEA y se comprara un par de lamparitas de mesa para poder dejar de vivir solo con la luz de quirófano de la habitación de la residencia. Está feliz.
Yo me encontré con una seguidora en el autobús en el que bajo a Madrid cada día. Me preguntó si era Ana, le dije que sí muy sonriente, me saludó y le contesté: «Encantada»; a lo que ella contestó: «Gracias».
Horas después me mandó un mensaje para decirme que se estaba tirando de los pelos por haber contestado «Gracias». La entendí, ¿cuántas veces me he autoflagelado por cosas así?
De nada. Me hizo ilusión que me saludaras.
Clara me envió una carta a la dirección de Orbela, pero el cartero llegó a casa de mi madre y dijo: «Esta dirección no está bien. Yo sé que Ana Ribera vive en esta casa». El hombre lleva seis años trayendo cada semana el New Yorker, así que me tiene fichadísima. Me encanta que en Correos sepan dónde vivo. Debería probar a enviar una carta en la que ponga Ana Ribera. Los Molinos. Yo creo que me llegaría. Se lo voy a preguntar a Begoña, la encargada de la oficina, en cuanto me mude. Y a lo mejor abro un apartado de correos: siempre me ha parecido algo misterioso, propio de las personas que reciben muchas cartas.
Como María se ha ido un año fuera he empezado a escribirle una carta a la semana. Ya lo hice cuando Clara estuvo un año en Seattle y sé que es buena idea. Las guardarán para toda la vida o, a lo mejor, para la listening party. Le he enviado también dos cajas: una con unas botas de fútbol y un sujetador deportivo y otra con una cafetera, una cacerola, un mantel, una manopla de horno, una toalla de ducha, una funda de almohada, latas de guisantes, fabadas, cocido, embutido al vacío y una bolsa de Mercadona. Una fantasía de caja, vamos.
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