La página llena de julio
Este dibujo se titula Vista desde la cabaña de Diana y es de Hannah Sassoon. La descubrí porque escuché A Porous Place, una pieza de audio que Hannah ha hecho para la revista sonora Signal Hill.
Primero pensé «¡Oh! Una piedra en mitad de la carretera», luego decidí «viene un coche de frente, voy a tratar de que la piedra quede entre las dos ruedas, pasarla por encima», después me golpeó la realidad: «estupendo, he pinchado». Con una calma sorprendente decidí que tenía que seguir adelante, completar la recta en la que, si paraba, podía jugarme la vida y llegar a la que yo llamo «La rotonda de la piedra» y en la que, casualmente hace 10 años, mi anterior coche tuvo una avería grave que conllevaría que me deshiciera de él tras una convivencia de medio millón de kilómetros y quince años de historia común. Llegué a la rotonda, me eché a un lado, llamé a la grúa y me quedé en el coche escuchando la historia de la región francesa de Larzac. Estaba totalmente enganchada, tanto que me dió igual la espera y la avería. Sentada en el coche, con el sol poniéndose tras la montaña, una ligera brisa soplando y la voz de Hannah Sasson encandilándome, pensé: «Todo está bien».
Unos días después, una perezosa mañana de sábado, busqué el contacto de Hannah y le mandé un email para agradecerle su trabajo. Encontré su web y me dió mucha rabia ver que, además de hacer piezas de audio, también escribe y pinta. No me parece justa esa acumulación de dones. Aún así esa injusticia no me ha provocado rabia. ¿Cómo me va a dar rabia alguien capaz de describir el sabor del queso roquefort?
“None of the sheep milk actually gets used on the farm. Every couple of days a man pulls up in a truck, siphons the milk from the tank, and drives it away to a nearby village, Roquefort, where it gets made into cheese and cured in caves underneath the village. Roquefort cheese is pungent, tingly, salty, funky, wet, marbled with blue moldy crevices. It tastes like what it comes from: grasses and wildflowers, rainwater, minerals, the bodies of sheep, bacteria in the caves. It's a record of this place. And legally, Roquefort cheese can only be made here. The state regulates it. The state decides what this land is for”.
«En realidad, en la granja no se utiliza nada de la leche de oveja. Cada dos días un hombre llega en camión, extrae la leche del tanque y la lleva a un pueblo cercano, Roquefort, donde se convierte en queso y se cura en cuevas situadas bajo el pueblo. El queso Roquefort es picante, salado, con un sabor fuerte y peculiar, húmedo y veteado con grietas de moho azul. Sabe a aquello de donde proviene: hierbas y flores silvestres, agua de lluvia, minerales, los cuerpos de las ovejas, las bacterias de las cuevas. Es un registro de este lugar. Y, legalmente, el queso Roquefort solo se puede elaborar aquí. El Estado lo regula. El Estado decide para qué sirve esta tierra».
Qué difícil es describir un sabor y, sin embargo, qué fácil es reconocerlo en una descripción, rememorar esa sensación, casi saborearlo. Me encanta el Roquefort
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Varias personas este mes me han dicho que se me han puesto brazacos. Me alegra y me hace mucha ilusión. Después de tres años y medio de hacer cada mañana 40 minutos de ejercicios con la diosa Heather, los resultados empiezan a notarse. Soy la prueba andante de que cualquier publicidad que en Instagram, en una revista, en la tele o en la radio dice «si haces esto en un mes se verán los resultados» es falsa. También soy un ejemplo andante de la falsedad de esa máxima que los obsesos del ejercicio sueltan en cuanto les das carrete: «enseguida coges el hábito, lo amas y no puedes estar sin hacerlo». Cada mañana lo odio, cada mañana tengo que recurrir a todas mis reservas de fuerza de voluntad y los días más felices de mi semana son aquellos en los que descanso o por alguna razón no puedo hacer ejercicio. Aún así, ¡vivan mis brazacos!
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En un episodio de Modern Love escuché una historia sobre compartir tu ubicación permanente con tu pareja, con tus hijos, con tus padres. Aunque puedo entender que saber dónde están tus hijos en todo momento te dé tranquilidad (yo no lo he hecho nunca ni tengo pensado hacerlo), me resulta marciano hacerlo con tu pareja. Me da repelús, grima, me provoca rechazo. ¿Por qué mi pareja tiene que saber en todo momento dónde estoy? ¿Cuál es el propósito? Parto de la base de que tú sales de casa y le dices a tu pareja: «Voy al curro y luego tengo que hacer unos recados / ir al gimnasio / ver a mi madre / tomar unas cañas y volveré tarde. Esa información es más que suficiente. A lo mejor, después, durante el día, todos esos planes se caen, o te sale una comida de trabajo o te vas al cine. A lo mejor se lo cuentas al momento o a lo mejor no, pero ¿para qué compartir tu ubicación? Y, también, ¿para qué quiero yo saber dónde está mi pareja en cada momento?
No sé. Me parece marcianísimo. Me da repelús, ansiedad, incluso miedo. Esa necesidad de control justificada en una falsa sensación de seguridad me espanta.
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