La cafetería, las señoras y el periódico local
Escribo desde una cafetería, en una ciudad de provincias, a la que he bajado a desayunar. Llegué el viernes, mucho más tarde lo que pensaba porque mi coche decidió que era buenísima idea quedarse sin batería a las cinco de la tarde. Lo apañé pidiéndole a mi hermano que me dejara su coche para venir. Ya he estado más veces en este hotel. Es pequeño, sencillo, funcional, limpio y perfecto porque está a 20 metros de la casa de mis amigos y de la fiesta de cada primer fin de semana de septiembre. El ordenador se ha conectado solo al wifi.
A mi alrededor tres señoras mayores, más que yo, cada una en su mesa, toman café y leen la prensa local. Una de ellas lleva ese estilo de zapatillas blandas que grita «me duelen los pies». Hubo un tiempo en que yo creía que, llegada cierta edad, todas las mujeres optaban por esas zapatillas porque no podías ponerte otra cosa. Ahora sé que no es así, sobre todo porque mi madre va a cumplir 81 años y todavía no lleva esas zapatillas. Pero claro, sé que no le duelen los pies. Las zapatillas de la señora son rojas, lleva una chaqueta azul, va perfectamente peinada y estudia el periódico con muchísima atención. Cada vez que un cliente sale y se deja la puerta abierta se levanta y la cierra. No sé muy bien qué le molesta, si el ligero fresco que entra desde la calle o el ruido de los coches. Hay otra señora, en la mesa a mi izquierda, que también repasa cada página del periodico con detenimiento. El otro día me saltó un vídeo de una entrevista a la CEO de NPR, que es la red de radios públicas de Estados Unidos. Comentaba que tras los recortes del dictador Trump muchas de ellas, unas 80 de las más de doscientas que hay, iban a dejar de emitir. Hablaba después con Steve Colbert sobre la desaparición de la prensa local y las noticias de cercanía. Pensé en que si me tocara muchísimo dinero en la lotería, una de esas cifras obscenas que se dan de vez en cuando, una de las cosas que haría sería financiar un periódico local. ¿De donde? Pues a lo mejor de los pueblos cerca de Los Molinos o del valle de Cicely. Algo que no dependiera de los anunciantes y con una redacción bien pagada. Nos pasamos el día sobresaltados por las noticias que ocurren a 1000, 3000 o 9000 km de nosotros, pero no sabemos nada de lo que ocurre en nuestro barrio, nuestra calle, nuestro pueblo o nuestra provincia. ¿Es menos importante? Por supuesto que no y, además, creo que preocuparte por lo más cercano, protestar si es necesario, recurrir, alentar o apoyar lo local y regional repercute en el bienestar general. Si todos nos preocupáramos por lo que ocurre en un radio de 500 km a nuestro alrededor, el radio en el que tenemos margen de actuación y conocimiento, creo que todo iría mejor. Conocer lo que ocurre lejos y es inalcanzable, además, nos sume en un estado de desánimo, impotencia y desidia. Todos nos decimos «No puedo hacer nada» y nadie hace nada. (Por supuesto y, por si hace falta aclararlo, esto no significa que haya que dejar de estar informado de lo que ocurre lejos, pero no a costa de no dedicar tiempo a lo cercano).
Me disperso. Haría eso, financiar un periódico local que se leyera en las cafeterías y los bares con el desayuno. No paran de llegar señoras. Algunas solas, otras en grupitos a las que se suman otras que llegan más tarde. Acaba de entrar una, amiga de la de las zapatillas rojas. No se ha sentado porque tiene prisa, pero le ha contado a su amiga que ha llegado tarde porque ha ido a que le lavaran la cabeza en la peluquería (lleva un cardado perfecto con un toque moderno como de pájaro loco) y le cortaran las uñas. «Con esta mano que ya no sirve para nada no puedo cortarme las uñas. Con la cabeza me apaño, pero una vez a la semana me gusta saber que de verdad llevo el pelo bien limpio». La mano en cuestión no parecía especialmente incapacitante, pero creo que tiene algún tipo de problema de movilidad en los dedos que le impide hacer pinza y claro, cortarte las uñas así es complicado.
Pensé entonces en un tema que ha estado en mi cabeza toda la semana a raíz de unas fotos de Emily Blunt en las que no parecía Emily Blunt. Que cada uno haga lo que quiera con su cara y con su cuerpo, pero no consigo entender la aterradora tendencia que está convirtiendo a mujeres estupendas y maravillosas en figuras de cera con caras clónicas sin expresión, con pómulos y labios imposibles. No lo entiendo. No entiendo este empeño en dejar de parecer tú, en ponerte, inyectarte, limarte, rellenarte la cara para acercarte a un ideal de belleza que no tengo claro quién ha impuesto. Es más, ni siquiera entiendo que esos pómulos prominentes, esos labios gordos, esos ángulos faciales sean belleza. No sé por qué muchas mujeres reniegan de que su cara refleje los años que han vivido. «Es la presión de la sociedad». Ajá. ¿Y qué hacemos? ¿Nos dejamos presionar? ¿Creemos que si aceptamos esa presión en algún momento ésta cesará y «la sociedad» dirá: «ya estás perfecta»? Eso no va a pasar. No ha pasado nunca. La única manera de superar esa presión es ignorarla. No estoy diciendo que sea fácil y supongo que si eres guapísima y lozana a lo mejor te cuesta más ver que dejas de estar lozana. No, no. Escribo esta frase y no me la creo. Si eres guapísima vas a seguir siendo guapísima cuando envejezcas, pelea por ser tú. Me encanta ver a mujeres mayores con caras que reflejan su edad y pensar «joder, qué guapa». Cuando veo caras con todos esos retoques jamás pienso eso; lo que me viene a la cabeza es siempre «¿qué se ha hecho? ¿por qué ese destrozo?» y, por supuesto, nunca las veo más jóvenes. Veo expresiones que dicen «no sé envejecer, estoy incomoda conmigo misma».
Esta semana también he leído un artículo en el New Yorker sobre Los Algodonales, una ciudad mexicana en la frontera con Estados Unidos, en la que hay mil clínicas dentales para una población de cincuenta mil personas. No es que los mexicanos vayan compulsivamente a ponerse empastes, es que Los Algodonales es un destino de turismo médico dental para los estadounidenses. Van allí a repararse empastes, pero también para ponerse implantes, alinearse la dentadura, blanquearse la boca o hacérsela por completo. Es mucho más barato que en sus ciudades. Al fenómeno de los dientes perfectos también le he dedicado tiempo. Tengo un diente roto desde los once años. Corría por un pasillo del colegio y en un momento de euforia les dije a mis amigas «poned las manos y sujetadme que salto». Valoré en demasía su amistad y cuando salté quitaron las manos y aterricé con los dientes en el suelo del pasillo. El diente se rompió. Me dolió. Mi madre me llevó al dentista y éste dijo: «más adelante se lo arreglaremos». Nunca me lo arreglé. Hace años que decidí que no lo haría, que formaba parte de mi personalidad, de mi aspecto y de mi vida. Tampoco tengo los dientes blanquísimos y las encías están regular. Soy consciente de ello, pero me da igual. Si me pongo a pensar en cómo es la dentadura de la gente que quiero no soy capaz de visualizarla. Sé que Clara tiene un colmillo un poco girado y montado sobre otro diente y que mi hermana Elena tiene una dentadura que parece perfecta. ¿El resto? Ni idea. Me da igual. Sí soy capaz de visualizar la dentadura de toda la gente que conozco que se ha puesto los mismos dientes, me basta con ver una y ya sé que todas las demás son exactamente iguales. ¿Estoy diciendo que me parece mal que la gente se arregle la boca? No, claro que no. Pero tampoco entiendo qué te lleva a dar el salto entre arreglarte algo y reconstruirte entero poniéndote los mismos dientes que todo el mundo.
Me gusta esta cafetería llena de señoras todas diferentes. Caras distinguibles. Unas más arregladas, subidas en sandalias de tacón paseando a su perrito. Otras menos arregladas, con sus zapatillas rojas y su bolsa preparada para ir al mercado. Todas teñidas. Soy la única con el pelo blanco a pesar de ser mucho más joven que todas ellas. ¿Cuántos años tienen? No lo sé. Ni me importa. Las veo a gusto con sus vidas, con la rutina de sus días que las lleva un sábado por la mañana a una cafetería de su ciudad a leer la prensa local, desayunar con las amigas o reponer fuerzas después de haber salido a caminar.
Se hace tarde. Del hotel no para de salir gente arreglada. Van de boda. Las señoras han ido desfilando para seguir con su día. El camarero recoge las mesas. Un par de curritos ya toman cervezas en la mesa que hay fuera, pegada a la ventana. Ya es la hora del aperitivo. y yo tengo que subir a mi habitación, ducharme, vestirme e irme a la fiesta.
En ese hipotético periódico me guardaría un espacio para escribir una columna. Algo como esto, sobre todo y sobre nada, que leyeran las señoras un sábado por la mañana.
Y estoy pensando que sería revolucionario. No habría edición online. Solo papel.
El domingo que viene, 14 de septiembre, tenemos la 18 sesión del Club de escucha. Vamos a hablar de Delirios de España y su temporada dedicada al rodaje de Los Otros. Es para suscriptores. Va a ser un planazo. Tendrías acceso a la newsletter extra del último domingo del mes, al club de escucha y al chat. Si, además, te haces miembro fundador, 70 € al año, piénsalo ¿cuándo has sido fundador de algo?, hasta recibirás una carta manuscrita y varias tarjetas necesarias para tu vida con frases como “Me quiero ir a casa a leer” o “Desde tan abajo no explico”. ¿Cuándo fue la última vez que abriste el buzón y había una carta para ti? Piénsalo.



Yo descubrí el desayuno fuera de casa como costumbre diaria, cuando empecé a llevar a los chicos al cole. Ahí descubrí como muchas mujeres se procuraban ese rato para ellas, solas o en comunidad. Después ya empezaban a correr y a trabajar para los demás, pero ese rato era suyo, prácticamente de ellas. Quizá no pudieran asumir económicamente comer fuera a diario o cenar en restaurantes con frecuencia. Pero el desayuno parecía ser el ritual que marca el paréntesis íntimo que inicia el día. Así que lo copié.
Hay en esa costumbre un algo de rebeldía y de reivindicación femenina que me gusta. Casi la misma resistencia que aún mantiene la prensa local y en papel.
Buen domingo!
Ana, ¿sabes que se ha estrenado The Paper justo esta semana? Es una serie creada por el equipo de The Office, ahora cambian aquella oficina por… un periódico local 😅
https://youtu.be/A5pkmpneDNQ?si=rAPEfXVSjp_4vovO