Hablemos de las reuniones de trabajo
«Una orgía en tarifa plana»
Estaba el viernes lavándome los dientes y echándome crema antes de salir de casa cuando escuché esa frase en Sastre & Maldonado, uno de los podcasts a los que soy fiel cada semana porque me procura 50 minutos de desconexión de las mierdas de la vida cotidiana sumergiéndome en una conversación absurda con la que, a veces, me río mucho. El viernes, del ataque de risa, escupí la pasta contra el espejo. Después salí de casa para ir a una reunión y la expresión «una orgía en tarifa plana» seguía rebotando en mi cabeza.
Creo que una orgía en tarifa plana es la mejor descripción de lo que son el 95% de las reuniones laborales que tiene todo el mundo. El día a día laboral de casi todos está compuesto por una sucesión de reuniones, llamémoslas orgías, en las que se habla, se habla, se habla… y no se soluciona nada.
Tarifa plana de orgías sin eyacular.
Tarifa plana de reuniones sin trabajar.
Que quede claro que no hablo de las reuniones de mi empresa, que también, sino de las de todo el mundo. Hables con quien hables todo el mundo tiene la misma sensación: que las reuniones se han convertido en una plaga.
Ya no puedo más. Esto hay que hablarlo. Para empezar, hay que quitarles el apellido «de trabajo» porque si hay algo que no se hace en esas reuniones, para lo que no sirven, es para trabajar. No sé cuando las reuniones se pervirtieron hasta convertirse en lo que son ahora: un despropósito. A lo mejor siempre fueron así y ya nuestros padres, nuestros abuelos, el gabinete de Azaña, las reuniones del Conde Duque de Olivares o las de Carlomagno eran también un absurdo contubernio de gente charlando y fingiendo que sabía de qué hablaba, pero tengo la sensación de que esto, el fenómeno de las reuniones, a raíz de la pandemia se ha acelerado y estamos ahora mismo en un momento en el que el trabajo de la mayor parte de las personas que curramos en oficinas y con ordenadores se ha convertido en una tarifa plana de reuniones.
Todos los días, a todas horas, todo el tiempo, hay reuniones que no sirven para nada. Hables con quien hables (porque no me estoy refiriendo en exclusiva aquellas en las que participo yo), la desesperación es palpable: «me paso el día conectada a videollamadas… Y claro, luego tengo que trabajar por la noche», «todo el día reunida, así que no puedo hacer lo que tengo que hacer», «la reunión iba a ser corta y llevo conectada hora y media, me he puesto a hacer la compra online», y así hasta el infinito.
¿Por qué las reuniones se han convertido en una pesadilla inoperante, cansina y frustrante?
Pues le he estado dando vueltas y creo que es por dos motivos: vagancia y miedo.
La vagancia viene de la negativa de la mayor parte de la gente a leer los correos electrónicos, comprenderlos, analizarlos, actuar en consecuencia y, después, y esto es fundamental, saber archivarlos y categorizarlos. No hace falta y no es trabajar y no significa nada que después de recibir un correo electrónico y leerlo en diagonal con la misma capacidad lectora o de análisis de un perezoso drogado, contestes con un «Gracias», y luego lo dejes en la bandeja de entrada cayendo puestos en el listado hasta desaparecer y, si usas Office, caer en el limbo de cosas inencontrables de la aplicación de correo más nefasta del planeta. Si lo piensas, verás que tienes el correo petado de «gracias».
Y luego está el miedo que, si lo piensas bien, se parece al que se tiene cuando se empieza a ligar. Cualquier decisión parece arriesgada. ¿Y si abro este mail, lo leo, lo analizo, lo pienso, busco la solución a lo que sea que me plantean y respondo con otro correo detallado, bien estructurado y paso a otra tarea? Solucionar algo por un correo o una llamada sería demasiado arriesgado. A ver si el otro va pensar que quiero follar en la primera cita. O que sé trabajar.
Igual que en una cita piensas que es mejor que el otro tome la iniciativa, en el curro está todo el mundo paralizado por ese pavor a ser el que diga algo con sentido. ¿Consecuencia? Montemos una reunión a la que vayamos todos, a actuar como si estuviéramos en Versalles, repitiendo la misma idea formulada infinitas veces de distintas maneras pero diciendo exactamente lo mismo y sin que nadie tome una decisión o haga un plan.
La reacción más natural al salir de una reunión es alivio. Porque ya se ha terminado y porque, con suerte, tienes un rato para trabajar algo o para ir al baño y saltar a la siguiente. El problema de esta orgía de reuniones es que antes, en un pasado remoto del que ya casi no me acuerdo, la gente iba a las reuniones preparada, se había leído el tema a tratar, alguien (ya convertido en un ser mitológico) había preparado un orden del día, y uno iba con ideas a compartir y ganas de solucionar lo que, por la razón que fuera, no se podía solucionar por correo. De esas reuniones (yo las he visto, no me lo invento) se salía con un plan, una serie de acciones a realizar que, además, se plasmaban en un acta que se compartía con todo el mundo y que la gente (¡locurón!) leía para no olvidar. Incluso, en esas reuniones, la gente tomaba notas. ¡A mano!
Ahora se va a las reuniones como el que baja a la cafetería. Casi nadie se ha preparado el tema, con lo cual la primera media hora, con suerte, transcurre con todo el mundo compartiendo su particular versión del tema que les ha llevado a reunirse. «Entonces lo que ha ocurrido es que...», «Perdona, Manuel, es así pero además se te ha olvidado añadir lo que comenté en el mail del lunes», «No se me ha olvidado, yo no he recibido ese mail, Mercedes», «Manuel, si estás en el hilo, TE LO REENVÍO». Entonces Julio, que hasta ese momento ha estado mirando memes en internet, entra en la conversación y dice: «A ver, lo que está claro es que… », dejando cristalino al resto que no sabe de qué va la vaina, pero él tiene una autoestima a prueba de reactores nucleares y le da igual.
¿Con qué se sale de esas reuniones?
Con el correo petado de las presentaciones que varios de los asistentes han presentado para demostrar que ellos sí habían trabajado.
Hay que decirlo claro: las presentaciones son el cuaderno de manualidades que hacíamos en 3º de Infantil. Venga colorines, venga de fotos de stock, venga de cosas que aparecen y desaparecen y venga de bullet lists para que se note que tienes la cabeza bien estructurada.
Odio las presentaciones. Prepararlas se me da tan mal como recortar y pegar papel charol, y ese desánimo y esa falta de interés se nota en cada una de las presentaciones chapuceras que, de vez en cuando, he tenido que hacer. ¿Las de los demás? Pues es que para mí tienen el mismo interés que ver el cuaderno de trabajos del hijo de mi ferretero. Prefiero arrancarme las uñas.
Entonces, ¿qué hacemos? Mi solución, un poco drástica, sería volver a comportarnos como en 1920. Todo se resuelve por carta. Tener que tomar una decisión, leer toda la información disponible, asegurarse de que se ha leído bien la misiva en la que te comunicaban el problema a solucionar y responder con tiempo, parsimonia y buen uso de la gramática y la ortografía. Sentarse a esperar resolviendo otros problemas hasta recibir la respuesta con la aprobación de la solución propuesta o la negativa que te lleva de nuevo a la casilla de salida para volver a pensar.
¿Sería más lento? No lo tengo tan claro
¿Sería más efectivo? Sin duda.
Mientras alguien adopta esta solución tan imaginativa, propongo varias soluciones intermedias:
Abolir la tarifa plana de reuniones. Instaurar un cupo a la semana. «Lo siento, ya he tenido 3 reuniones esta semana, no puedo asistir a ésta».
Límite de tiempo: 30 minutos para las normales y 45 para las muy complejas.
Prohibidas las presentaciones.
Si son presenciales se asiste sin ordenador ni teléfono. (Desterraría las videoreuniones, no son nada más que correos electrónicos con espejo).
Se toman notas en papel.
No se hacen recapitulaciones. Si Manuel está perdido es su problema.
En serio, acabemos con esta lacra. No le gusta a nadie. Solo a Manuel. Que se vaya a una orgía.
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Muy de acuerdo. Lo de la incapacidad de la gente para leer emails y "accionarlos" es desesperante: me ha encantado lo del "gracias" y me dan ganas de poner en mi firma: "no des las gracias hasta q tengas un plan de acción con lo q te digo". MI reunión semanal de equipo se prodría solucionar con un buen programa de gestión de proyectos, pero spr está el inútil q no lo usaría y hay q reunirse para preguntarle, "James, petal, cómo va ESO?". Vuelta al cole.
Y más vuelta al cole: alguien se acuerda de esa persona en la facultad cuando ya había terminado la clase -y todas hipoglucémicas queriendo salir-"preguntando una duda"? Bien, pues ahora en la reuniones estos son gente que habla porque su objetivo en cada reunión es decir algo, lo que sea. También cuando ya se está fuera de tiempo.
Y voy a aniadir otro objetivo de las reuniones, estas de departamentos enteros. Ah, la figura del "middle management" (no sé cómo se dirá allá): en mi mundo son quienes persiguen a los q hacemos el verdadero trabajo en cuestión para q sigamos protocolos y otras burocracias para las q tiene unas hojas de excel q "presentan". Esta gente siempre quiere hacer reuniones pq ello es lo q justifica su existencia.
Yo hace tiempo q decidí dejar de ir a esas reuniones (y cancelaría las de mi equipo o las haría de 15' si no existiera James). Pero ahora van a cerrar mi equipo y me pregunto si haber ido a todas esas reuniones me habría salvado. Ir allí, figurar, hablar en todas, preguntar interesada sobre sus excels. Pq sí, ese es otro objetivo: que te vean. Da igual q hagas bien tu trabajo, lo importante es ser un extra en sus reuniones. Cierran mi equipo, y estoy hecha polvo: aún así, creo q haber hecho de extra, o incluso de estrella invitada ("... and Robert de Niro") hubiera sido un precio demasiado alto q pagar.
jaaaaaaaaaajaaaaaaaajaaaaaaaaaa, te juro que me dan ganas de traducirlo al neerlandés y colgarlo en el intranet de mi oficina, cómo me he reído. Concuerdo con todos puntos a excepción de las presentaciones, aquí aún no hemos llegado a eso (no sé si por suerte o por vagancia).