El viernes por la mañana lloré
El viernes por la mañana lloré.
Lloré porque en mi teléfono apareció un vídeo del tejado de Orbela con el que el constructor me señalaba que, contrariamente a lo que habíamos creído hasta ahora, hay que retejar la casa porque las tejas están podridas, «la lengüeta no encaja y por ahí se cuela todo el agua». No es un gran drama ni una tragedia, solo es dinero, pero lloré porque, claro, es mucho gasto añadido y no contaba con ello.
La irrupción por sorpresa, y a mala leche, un viernes por la mañana de este minúsculo problema del primer mundo se sumó a una idea que llevaba masticando unos días y que está relacionada con el control. Cuando era pequeña (y cuando no lo era tanto, hasta los 40 o así) intentaba controlarlo todo. Quería saber cuándo nos iríamos a Los Molinos, qué íbamos a hacer el fin de semana, quién iba a ir a cada fiesta a la que me invitaban. Si salía por la noche quería saber cuál era el plan, qué íbamos a hacer. Le preguntaba a mi madre que íbamos a comer y a cenar con horas de antelación y así con absolutamente todos los aspectos de mi vida. Cuando ya estaba casada y mis hijas ya iban al colegio, me descubría a principios de agosto pensando qué día iba a volver a Madrid en septiembre, cuándo y dónde iba a hacer la compra y qué tarde cogería a las niñas para comprarles el uniforme y los libros.
Esa sensación de control, de necesidad de control mejor dicho, se fue diluyendo a partir de los cuarenta y se disipó por completo con la pandemia. El covid supuso, para mí, un choque vital profundísimo, como una bofetada en plena cara que saca al sonámbulo de su ensimismamiento devolviéndole a la realidad. De la noche a la mañana no sabía qué iba a pasar a mi alrededor y no tenía manera de controlarlo, anticiparme, prepararme. Estaba rendida a lo que fuera que iba a pasar. Como si me hubiera desembarazado de una capa, de un abrigo que me había protegido toda mi vida. Al principio sentí frío, desamparo, vértigo. De hecho, en septiembre de 2020 tuve una recaída en la depresión que, supongo, estuvo relacionado con el covid, el despido por sorpresa de mi exmarido de su trabajo y otras circunstancias vitales que, la verdad, ya he olvidado. Después, sentí ligereza; tanta que, de manera figurada, imaginé que podía volar. En aquel famoso paseo con mi hija Clara en el que todavía me quedaba algún fleco de esa necesidad de control le comenté que no sabía cómo íbamos a pasar el invierno, qué pasaría con los colegios, el trabajo, la vida. Ella, sabia con quince años, me dijo: «Mamá, eso es un problema de la Ana del futuro, Ana del presente no lo tiene. No tiene que preocuparse por él». A partir de aquel paseo y de la ligereza que poco a poco se adueñó de mí he vivido, me he sentido cómoda con el descontrol. He asumido que hay muy pocas cosas a mi alrededor que yo pueda manejar, anticipar o para las que pueda prepararme. Si pienso en todo lo que me ha pasado desde hace un año, no hubiera podido anticipar ni uno solo de los acontecimientos ocurridos.
Ayer por la tarde fui a Orbela a medir y decidir una serie de cosas como la localización de los enchufes y los interruptores de la luz, el sentido de apertura de las ventanas, la colocación de los armarios en las habitaciones de arriba y el lugar donde estará la mesa a la que me sentaré a escribir estas cartas dentro de unos meses. Paseando por la casa y el jardín, de repente me di cuenta de que dentro de muy poco, el 5 de octubre, se cumplirá un año desde que fui a ver la casa por primera vez. Fui por curiosidad, sin intención de comprarla, solo por el cotilleo y la emoción. Ha pasado un año, la casa es mía y estoy eligiendo dónde van los enchufes, los interruptores de la luz, hacia donde abrirán las ventanas y cómo serán los armarios. Pronto tendré que elegir el suelo, los sanitarios, los muebles de cocina y un poco después el color de las cortinas y si planto hortensias o rosales.
No todo es bonito en el descontrol. Ahora mismo otras incertidumbres se ciernen sobre mí. Lo que se avecina ahora se parece mucho a esos vídeos en los que alguien graba una tormenta muy negra, muy densa y con vientos huracanados engullendo una ciudad que hasta pocas horas antes, quizá minutos, vivía en una rutina tranquila y casi aburrida. Yo soy ahora mismo esa ciudad. La tormenta se avecina, no sé todavía si se desviará en el último minuto o si me caerá encima y saldré de ella indemne o damnificada. No tengo ni idea. No puedo hacer nada. En otro momento de mi vida, más joven, menos sabia, más controladora, estaría ahora misma colgada del techo en un estado de histeria disfrazado de falsa alegría que me llevaría al borde de la locura. Ahora estoy tranquila, tanto que me preocupo. Tengo ratos de «joder, joder, joder» pero la mayoría de las veces pienso «no puedes hacer nada, así que lo que tenga que ser, será».
Dejarse llevar por esta sensación de que todo escapa a nuestro control puede sentirse, o nos han vendido, como una especie de rendición. Pero yo no lo creo. Casi todo está fuera de nuestro control, pero no todo. Tampoco creo que sea cierta esa gilipollez que dicen los cursis de «todo depende de cómo te lo tomes», porque muchas veces la manera adecuada de tomarse las cosas es desde la tristeza, la rabia, el miedo o la impotencia. Esos son los sentimientos adecuados frente a ciertos eventos vitales. Darte cuenta de que no puedes controlar qué pasa en el mundo, lo que pasa en tu trabajo, como son tus hijos o qué les gusta. No puedes controlar que alguien te quiera o deje de quererte. Ni siquiera a quién quieres tú. No puedes controlar si enfermarás, cuándo lo harás. No sabes cuándo algo empezará a dolerte y mucho menos cuándo, cómo o dónde vas a morir. Hay que vivir encajando que casi todo está fuera del alcance de tus superpoderes, capacidades o ganas. Saberlo es una manera de enfocarte en lo que sí puedes hacer. Desde organizarte para protestar por el genocidio en Gaza hasta pedir un préstamo para arreglar un tejado, preparar un nuevo curriculum, dejar de fumar, alegrarte por cómo sean tus hijos, sean como sean, o curarte el desamor apuntándote a clases de cocina oriental o crossfit. Nada de todo eso va a hacer que controles nada, pero te dará tranquilidad.
La que sea.
La que puedas.
Hasta que llegue otra etapa de calma.
Otra etapa en la que te confíes… Aunque cuanto mayor te haces, menos te confías.
Escrito esta cita en la primera página de cada cuaderno que empiezo:
Live your life
Live your life
Live your life
(Maurice Sendak)
Arreglaré el tejado. Me refugiaré de la tormenta.
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El 19 de octubre tenemos la 19 sesión del Club de escucha. Vamos a hablar de Humo, Murder and Silence en El Salvador, un podcast en español que ha ganado todos los premios. Es para suscriptores. Va a ser un planazo.



No sabes lo bien que me viene hoy recordar la frase de la sabia Clara: "Ese es un problema de la X del mañana"
Orbela va a quedar precioso, ya verás
Ana, yo para eso aplico una frase de mi hijo adolescente que te aseguro que es súper feliz: “mamá, deja que fluya”. Te aseguro que no falla, al final el agua siempre termina encontrando su camino. 😉 por cierto, también compramos y restauramos una casa antigua y por lo primero que empezamos a reformar fue el tejado, pues con agua dentro de casa poco puedes hacer.. es una obra super necesaria, no te agobies y deja que fluya 😊. Buen fin de semana!