El júbilo de jubilarse
Mi amigo F se ha prejubilado esta semana. Nunca en mi vida he tenido una mezcolanza tan grande de sentimientos como el día que me lo contó. Lo primero fue la sorpresa por lo inesperado de la noticia. Después me alegré por él, claro. Después me invadió la envidia, una envidia furiosa, verde, intensa, al pensar en la vida que se le abría al alcance de la mano, al imaginar sus días tranquilos, llenos de alegrías, de tiempo, de espacio para vivir. Sentí rabia porque me pareció injusto: ¿Por qué él y yo no? También le odié un poco y me di a mí misma muchísima pena. Estuve a punto de llorar porque saltar de un sentimiento a otro me abrumó y porque a todo eso se sumaba cierta vergüenza por no ser capaz de, simplemente, alegrarme por él de manera plena y sin resquemores. Fue un totum revolutum muy raro. Si hubiera sido transparente mi interior se hubiera parecido a una masa multicolor: roja, verde, amarilla, azul, con algún hilo negro. Algo parecido a la pelota de plastilina en la que siempre acababan convertidas todas las pastillas de colores que te jurabas que esa vez no mezclarías.
En su último día de trabajo le mandé un mensaje diciéndole que me alegraba muchísimo. La pelota de colores se había vuelto amarilla y estaba feliz por él. Fui riéndome por la calle pensando en nosotros dos, de jóvenes, con veintipocos años, cuando empezamos a trabajar. Él me saca un par de años y estudió una carrera de provecho, como se decía entonces. Empezó a trabajar en una empresa de esas de ir con traje y corbata. Yo no.
Ni estudié una carrera de provecho ni llevaba traje y corbata.
En esos primeros años de mundo laboral hacíamos muchas burradas. Salíamos los jueves y después nos íbamos a trabajar sin dormir. Él trabaja en un edificio de oficinas en el centro de Madrid, yo en un museo. Un poco más adelante yo trabajé en un banco cerca de su casa, en pleno centro de Madrid, cerca de Ópera, cuando todavía no había gentrificación. Llegaba a su casa muy temprano, abría con las llaves que me había dado y le despertaba. Ponía la cafetera y volvía a despertarle. Preparaba el desayuno y volvía a despertarle. Dormía como si estuviera en coma. Treinta años después sigue durmiendo igual. Cuando conseguía levantarle de la cama, desayunábamos juntos, se vestía y cada uno se iba a su curro.
En su último día de trabajo yo fui caminando al mío, cruzando el Retiro, pasando por delante de la que hasta la pandemia fue su casa. Fui recordando aquellas juergas de jueves, aquellos desayunos juntos, sus siestas en el trabajo sentado en el váter de los baños de tres plantas más abajo con la cabeza apoyada en la pared. Iba hacia mi oficina mientras él saboreaba su último día de trabajo y casi me podía la ansiedad de saber a qué sabe ese día. El día en el que vas al curro por última vez y sabes que, a partir de ese momento todo tu tiempo será tuyo. No consigo imaginarlo. Para mí creo que ese día sabrá a cerezas, tostadas, chocolate blanco, un buen vino, a lluvia, a frío, a sábanas recién lavadas, a calabaza asada, a tierra mojada, a nieve, a la piel de mis hijas, a lilas y a gel Moussel. Con suerte, con mucha suerte, será un olor y un sabor que me acompañará muchos años.
Dándole vueltas a esto pensaba en que en los grupos de amigos siempre hay alguien que hace algo por primera vez. Alguien tiene que ser el primero en tener pareja, en tener una moto (esto sobre todo si creciste en los 80), en empezar la carrera, en empezar a trabajar, en independizarse, perder un progenitor, comprarse una casa, tener un hijo, hacer cosas de adulto, enfermar, divorciarse, quedarse en paro, morir. En mi grupo de amigos F ha sido el primero en casi todas las categorías buenas y solo en una mala: enfermó y tuvieron que trasplantarle un riñón, pero como le dije el otro día, le debieron poner un riñón de la suerte porque desde entonces, hace cuatro años, no han parado de pasarle cosas buenas. Y yo me alegro tanto por él. «Porque cuando te pasa algo bueno soy feliz», le escribí cuando cumplió cuarenta años, hace la friolera de catorce. También fue el primero de mis amigos al que le escribí un texto en Cosas que (me) pasan.
Es difícil saber en qué momento en la vida de una persona, de un grupo de amigos, la jubilación comienza a ser un tema de conversación, un deseo. Creo que no ocurre hasta que rozas los cincuenta. Hasta entonces has podido pensarlo de vez en cuando, un poco de refilón, pero rozando esa edad se convierte en un deseo tan acuciante que casi duele. Dejar de trabajar y vivir tranquilo siendo una persona mayor es la meta, un anhelo que comparte espacio mental con otros dos: que tus hijos se independicen y que te toque la lotería. Con esas tres bolas juegas a hacer malabarismos imaginarios para ver cómo podrían encajar y alcanzar el triunfo en el juego: vivir sin trabajar.
Jubilarse suena a júbilo, a bullicio, a alegría, a levantarte cuando el sol ya te pega en la cara y a echarte la siesta sin remordimiento, suena a museos por la mañana y a coger aviones los martes o los jueves por la tarde, suena a ir al mercado a las 11, suena a no saberte el calendario laboral o si ese día es lunes o viernes. Suena a aperitivo, merienda y hacer cola sin prisa. Suena a deber cumplido, a tocar la pared en el escondite inglés, a sonreír y descansar. Como leí hace tiempo en instagram, cuando te jubilas «te vas a volar la cometa».
F ha empezado a volar la cometa y no puedo esperar, aunque tendré que hacerlo, a que me llegue a mí el momento y podamos volar nuestras cometas juntos, como hemos hecho siempre en la vida.
(Ah, en mi grupo de amigos yo fui la primera que se divorció)
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Jubilarse suena a no entrar en una melancolía sin fin los domingos por la tarde. Me da ansiedad pensar en la jubilación. La deseo con todas mis fuerzas pero la veo tan lejos. Tengo 50 y he pasado por dos procesos oncológicos, así qué intento adelantar todo por si acaso. La jubilación no puedo adelantarla. Solo me queda la esperanza de que me toque un euromilón. Besos para todos y buen domingo.
Prejubilado a los 54. Eso es un win win en toda regla.