El día que dejé de fingir
«Salí al jardín. No sentía nada. Ni pena, ni miedo, ni tristeza, ni agobio. Nada en absoluto. Estaba como cuando te anestesian para sacarte la muela, sabes que hay algo raro, algo que pesa, que no controlas, pero no notas nada. Te pasas la lengua una y otra vez por el hueco recién creado en tu boca, esperando la punzada de dolor, el calambre que te haga llorar y no pasa nada, eres de corcho. Pues así me sentía. Salí y me senté en las escaleras del porche, mirando a La Peñota. Estaba oscureciendo pero todavía había luz, había hecho un buen día. Miraba la montaña recortada contra el cielo más claro y pensaba: Papá ha muerto. Ha muerto. Nunca más en la vida ni aunque viva mil años volveré a verle. Ayer estaba y ya no está. Ni siquiera estaba esta mañana, he estado viviendo todo un día sin saber que había muerto. Nunca más. Ha muerto. Ya no está. Nunca más. Nunca».
El 1 de noviembre de 1997 es el día que dejé de creer en Dios.
En realidad no fue el día en que dejé de creer. Fue el día en que dejé de fingir que creía en Dios.
Durante toda mi vida, hasta ese día del que acaban de cumplirse veintiocho años, yo había vivido en esa burbuja de familia católica que va a misa, de colegio de monjas con misa semanal, de clase de religión, de ejercicios espirituales. Ya estaba en la universidad y hacía tiempo que había dejado de lado cualquier liturgia religiosa, pero me quedaba un poso, algo que, por aquel entonces, se definía como «creo en Dios pero no en la Iglesia». Aquel día, mirando cómo se ponía el sol en el último día que mi padre había visto amanecer, solté ese lastre. Enfrentada a la inmediatez de la muerte y a su irreversibilidad lo dejé ir. Dejé de fingir que tenía fe. No la tenía. No la había tenido nunca. No creo en Dios. No hay ningún Dios y mi padre no está en el cielo. Aquel día tuve una revelación, mirando las montañas vi pensé: «Papá está muerto y no volveremos a vernos jamás». Al día siguiente tuve que ir al entierro, claro, y después al funeral, celebrado en la capilla de mi colegio con cientos y cientos de personas. En la capilla donde había pasado tantas horas de mi vida me sentí más ligera porque ya no tenía que seguir fingiendo que entendía aquello que me habían contado toda mi vida: un dios, la vida eterna, el cielo, etc. Podía centrarme en la incredulidad ante lo que nos había pasado, en acostumbrarme a vivir en esa especie de irrealidad paralela que se había creado de la nada después de la frase «A papá le ha dado un infarto y se ha muerto».
Como he dicho antes, crecí en un entorno de gente muy católica: mis abuelos, mis tíos, mi madre, mi colegio. Durante mucho tiempo no supe, ni siquiera imaginé, que existieran otros entornos, unos en los que no se creyera en Dios. Aquello era, como en la famosa charla de David Foster Wallace, como el agua en la que viven los peces. Crecer pensando que había que creer era lo natural, como respirar. Es verdad que conforme fui creciendo empecé a barruntar que lo que fuera que esa misteriosa fe tenía que hacerme sentir no estaba funcionando. Me esforzaba, claro. Seguía todos los rituales marcados: comunión, misas, retiros espirituales, rezos, el kit completo del perfecto creyente. Nada de aquello tenía en el fondo el más mínimo sentido para mí. Pero persistí porque era lo que había que hacer y porque durante muchísimo tiempo de mi vida mi mayor empeño era cumplir con las expectativas que los demás tenían en mí. Que creyera era una de ellas.
El verano de mis 20 o 21 años empecé a trabajar en un bar. Salía casi todas las noches, me acostaba a las mil. Los domingos entraba a trabajar para el aperitivo y dejé de ir a la misa dominical. Así de fácil. Sin remordimientos. Pero con reproches de mi madre. Resistí y comprobé que ella se rendía, que lo dejó pasar. Así de fácil salió «la Iglesia» de mi vida. Un bar, copas, resaca mañanera. No lo eché de menos, no me sentí vacía, se me olvidó, pero aún así pensaba: «bueno, ir a misa no, pero sí que creo».
Pero tampoco era verdad. Dejé de fingir que creía hace veintiocho años y fue una liberación. Nunca entendí la fe religiosa, para mí fue una impostura. Fingía creer en Dios, rezaba repitiendo palabras que para mí no significaban nada, aparentaba estar convencida de la existencia de otra vida. Esperaba que con todo ese fingimiento y pretensión, en algún momento me sentiría iluminada o, al menos, me sirviera para algo. Pero cuando necesité que tener fe me consolara, me explicara lo que acababa de pasar en mi vida, me di cuenta de que todo aquel paripé era la nada. Todo una mentira cuidadosamente construida, alimentada y cuidada.
Esto no es un manifiesto contra la fe de otros. Cada uno puede creer en lo que le dé la gana: un Dios todopoderoso, los chakras energéticos, los unicornios, el poder de la Madre Tierra, me da igual. Uno elige en lo que quiere creer. O no. A veces se lo imponen: por cultura, por familia, por tradición, por opresión, por control. Sé también que algún católico puede venir y decirme algo como que la fe no está para «servirnos para nada» sino para... Y no sé cómo sigue el discurso porque lo he olvidado, porque me da igual. No tengo fe, no la tuve nunca. No creo en un Dios todopoderoso que cuida de nosotros y que, en algún momento de la existencia del Universo, nos recompensará con algo que nadie sabe muy bien cómo explicar. Me da igual. Para mí es un cuento. Un cuento que cerré aquel día, en los escalones del porche.
Me sentí liberada, más ligera, más libre. Aliviada. Me quité un peso de encima.
Cada año recuerdo el 1 de noviembre, vuelvo a ver a mi madre entrar en el salón y decir «Papá ha muerto». Cada año, además del luto hacia delante, pienso que a partir de aquel día dejé de vivir una mentira y de culparme por no creer en Dios. Sigo sintiéndome liberada, ligera, más libre y aliviada. Y a salvo.
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Yo soy de una familia atea convencida. No estoy ni bautizada y fui la única de mi clase que no hizo la comunión. Todo lo que cuentas me resulta muy ajeno… pero cuando mi suegra enfermó y finalmente murió, sí que vi cómo su fe le ayudó a hacer frente a la situación, y sobre todo, a morir más tranquila. Y me da envidia la gente que realmente cree, porque yo nunca podré tener ni ese recurso ni ese consuelo.
Qué texto tan honesto y valiente. Gracias por compartir algo tan personal. Te entiendo más de lo que imaginas, porque también crecí en un entorno católico aunque no fui nunca a colegios religiosos. Pero mi experiencia fue diferente: yo sí creo, y no porque me lo impusieran, sino porque con el tiempo esa fe se volvió algo propio, libre y elegido.
Mi fe no nació del miedo ni de la costumbre, sino de una búsqueda personal y libre.
No siento la fe como una carga ni como una mentira que sostener, sino como una relación viva con algo que me trasciende y me da sentido. Respeto profundamente a los que hayan encontrado libertad al soltarla, yo en cambio la he encontrado al mantenerla.
Mi fe me acompaña, me consuela y me conecta con algo más grande. Lo importante es que cada uno encuentre su propia forma de vivir en verdad. Eso es lo que le repito a mis hijos constantemente. Un besazo, buen domingo y un recuerdo muy especial para tu padre