¿Cuántas personas soy?

En el desayuno del sábado, con mi té, mi bol de fruta y mis tostadas, leí un perfil de Bella Freud, bisnieta de Sigmund Freud e hija de Lucien Freud. El motivo del extenso artículo era comentar su podcast, Fashion Neurosis (hablé de él aquí) y, de paso, repasar su vida. Leyéndolo descubrí que su padre, Lucien, tuvo quince hijos con cinco mujeres diferentes. El año en que Bella nació, 1961, tuvo otras dos hijas con distintas mujeres. Dejando de lado si esto me parece bien o mal, que daría para otro texto, lo que me ha llamado más la atención es ver cómo Bella, y algún otro de sus hermanastros que aparecen citados en el texto, adoraban a su padre y lo consideraban un progenitor confiable, alguien a quien admirar, adorar y al que agradecer todo lo que hacía o hizo por ellos. Así, sin darle muchas vueltas, he pensado que Lucien era pintor admirado, era padre querido, por lo visto un amante guerrero, una mala pareja y quién sabe cuántas facetas más habitaban en él.
El viernes por la tarde me senté a escribir un texto justamente sobre esto, sobre las múltiples, no quiero llamarlo personalidades, pero las variadas versiones que de nosotros mismos acarreamos en el día a día. Llevaba semanas con el bosquejo de una idea en la cabeza. Empecé con un hilo, lo perdí, escribí sin pensar, sin releer, me repetí, dejé ideas sin terminar, plasmé en palabras chorradas sin sentido y me desesperé. «No me sale», pensé. «Lo dejo ahí y ya se me ocurrirá otra cosa».
Pero no puedo dejarlo si doce horas después aparece Lucien Freud con todas sus personalidades a acompañarme en el té.
Hay veces que un tema, una idea o una obsesión se presenta en forma de racimo. En el transcurso de unos pocos días aparece en varios lugares, escucho hablar de ello, leo sobre esa idea o se me ocurre varias veces independientemente de lo que yo esté haciendo. Lo llamo así, racimo, porque en mi cabeza veo estas coincidencias como un lustroso grupo de uvas de esas que son más rojas que verdes, brillantes, gruesas, apetecibles. No sé por qué pienso en uvas, porque es una fruta que no me gusta y que no como nunca. A lo mejor es porque cada uno de esos granos me parece una representación perfecta de esa idea, algo que quizá pueda atrapar y definir. No me veo capaz de abarcar una idea del tamaño de una sandía, de la complejidad de una piña o de la delicadeza de una fresa.
En este caso, además, el racimo sirve como representación de lo que quiero atrapar: ¿y si no somos una sola cosa, una sandía, sino una multitud de ellas que todas juntas forman algo más grande? No lo sé. Solo escribo bocetos de los fogonazos que resplandecen como flashes en mi cabeza al pensar en esto.
Que tenemos varios «yo» es obvio. Lo sabemos todos. ¿Lo sabemos todos? En uno de los paseos de la semana pasada, escuché a Pedro Mairal, un escritor argentino, contar que él es una persona cuando está en España promocionando sus libros, otra cuando está en su casa con su mujer y sus hijos, otra cuando es periodista de música, etc. Me pareció una obviedad, claro. ¿Acaso no le pasa eso a todo el mundo? Pero seguí dándole vueltas porque aunque todos, o la mayoría, tengamos claro que somos uno con muchos rostros y que según circulamos por la vida vamos girando nuestro cuerpo, nuestra manera de hablar, nuestra forma de comportarnos, de movernos, de vestir o de opinar para mostrar la cara que creemos mejor para ese entorno, muchas veces no pensamos en por qué hacemos eso o cómo hemos esculpido cada una de esas facetas.
Si me imagino a mí misma como un bloque de mármol, o de piedra, o incluso de madera de roble, ¿qué o quién o cómo se decide qué quiero mostrar en cada cara de ese bloque? ¿Cómo se modela cada uno de esos planos? ¿Respondiendo a qué? ¿A un anhelo, a una necesidad, a una aspiración, a un miedo?
Lucien Freud, quince hijos, un racimo, un bloque de granito, madera de roble... Siento cómo se me escapa la idea. Otra vez.
El gran Gatsby. He terminado de leerlo por tercera vez. De una ocasión para otra se me olvida lo triste qué es, lo desgraciados que son todos sus personajes, pero en esta lectura, a lo mejor porque la idea del racimo ya estaba en mi cabeza, la valoro como una historia sobre esculpirse a sí mismo, sobre moldearse para el mundo. El joven Gatz se construye un personaje, Gatsby, con un propósito claro: que su amada Daisy vuelva con él. Construye a la persona que cree que ella quiere para así conseguirla. Y ese personaje es el que enseña a su vecino, a los que acuden a sus fiestas. Ese personaje es el que todos creen que es real. O deciden creerlo. Él también. Tiene otra faceta que enseña solo a sus socios, en la que es un hombre de negocios turbio que se dedica al contrabando y las actividades ilegales. También es un joven enamorado de una ilusión. Pero se ha construido a sí mismo creyendo firmemente que el amor de Daisy por él es absoluto y único. Cuando comprueba que no es así todo se derrumba.
Le he estado dando vueltas a todo esto ¿Somos todos como Gatsby, construidos de distintos personajes? ¿Soy yo así? ¿Tenemos un único yo formado por todas esas facetas y lo que mostramos es solo como si cambiaramos el escaparate mostrando las prendas que se ajustan al lugar y el momento en el que estamos?
Lucien Freud, quince hijos, un racimo, un bloque de granito, madera de roble, Gatsby, escaparates. Lo intento, pero no llego nunca al fondo del pozo de lo que quiero expresar. Se escabulle. Otra vez.
Soy consciente de haber tenido muchas caras. Como todos, por otra parte. He sido una hija mayor buenísima, fingí ser lo que tocaba ser cuando era adolescente insegura. Procuré ser empleada ejemplar, madre responsable, una esposa correcta, una novia tolerable, una amiga con la que poder contar, una compañera de trabajo de fiar. He sido nieta, prima, sobrina, tía, hermana. He sido educada, cabrona, correcta, profesional, mentirosa, orgullosa, altiva, rabiosa, cargante, paciente, vengativa, rencorosa. Ahora siento que cada vez soy menos poliédrica y más lisa, más frontal. ¿Es la edad? ¿Es conocerse mejor? ¿Es no tener que disimular o fingir? Intento verme desde fuera. ¿Soy distinta con mis hijas que en una reunión de trabajo? Puedo serlo en las formas, evidentemente, pero la esencia es la misma, creo. Tampoco tengo claro que eso sea algo bueno. O malo. No lo sé.
Lucien Freud, quince hijos, un racimo, un bloque de granito, madera de roble, Gatsby, escaparates, mis múltiples yo. Esto cada vez se complica más. O peor, se va volviendo más absurdo, más incongruente. Me pierdo. Otra vez.
Creo también que, según avanzas en la vida, vas teniendo menos versiones de ti mismo. Con los años tus múltiples caras facetadas y los ángulos que las separan se van desgastando con el tiempo, con el pasar de los años, y cada vez son más lisas, más pulidas, más difíciles de distinguir. Poco a poco va quedando menos material y lo que permanece es lo más auténtico, lo más, llamémoslo, puro. La esencia. Quizá las uvas, el racimo, con el tiempo se van fusionando convirtiéndose en sandía. Añado un nuevo elemento: puede que no solo sea el tiempo lo que pule tus facetas, puede que sea también el hecho de conocerte mejor, de cogerle cariño a lo que tu crees que es tu mejor versión o con la que estás más a gusto. Con la edad te cansas también de jugar a Mortadelo, de cambiar de disfraz y optas por uno, por el más tú. Creo.
Hay otro elemento más en este berenjenal de pensamientos. La persona que eres cuando no te ve nadie ¿es tu yo más auténtico o hasta en esos momentos jugamos a mostrar nuestra mejor pose? Me acuerdo entonces de esta cita de Joan Didion
«Aunque verse obligado a contemplarse a uno mismo es, en el mejor de los casos, un asunto incómodo, casi tanto como intentar cruzar una frontera con documentación prestada, ahora me parece que es la única condición necesaria para sentar las bases de un verdadero amor propio. A pesar de la mayoría de nuestros lugares comunes, el autoengaño sigue siendo el engaño más difícil de vencer. Los trucos que funcionan con los demás no sirven de nada en ese callejón trasero bien iluminado donde uno tiene las citas consigo mismo: aquí no funcionan las sonrisas seductoras, ni tampoco las pulcras listas de buenas intenciones. Uno se limita a barajar sus propias cartas marcadas de forma teatral, pero en vano: el gesto amable hecho por las razones incorrectas, el triunfo aparente que no costó esfuerzo alguno, el acto aparentemente heroico que uno acabó realizando por vergüenza. Lo más desolador es que el amor propio no tiene nada que ver con la aprobación de los demás, a quienes, a fin de cuentas, no cuesta mucho engañar; y tampoco tiene nada que ver con la reputación, que, como le dijo Rhett Butler a Scarlett O´Hara es algo que la gente con coraje no necesita».
Lucien Freud, quince hijos, un racimo, un bloque de granito, madera de roble, Gatsby, escaparates, mis múltiples yo, la edad, el amor propio, Joan Didion. La imagen que viene a la cabeza ahora mismo es un cambio de armario. Estoy vaciando mi mente, el armario, cogiendo cada prenda y tirándola encima de la cama con la esperanza de que, una vez vuelto a colocar (una vez escrito), todo tenga un orden, un sentido. Pero ahora mismo solo hay caos.
Me pierdo. Otra vez.
¿Somos conscientes de las diferentes versiones de las personas que nos rodean? ¿De nuestros seres queridos? Creo que el choque más brutal en este aspecto es el momento en el que te das cuenta de que tus padres, además de tus padres, son personas completas, no definidas por el hecho de haberte dado la vida. Cuando percibes que tu madre o tu padre son también hijos, amigos, trabajadores, primos. Que tienen más caras que la que tú ves y, con suerte, quieres. Ahí todos sufrimos un shock, una alteración de nuestra relación con ellos y con nosotros. ¿Qué no sabemos de ellos? Y, sobre todo, ¿qué no queremos saber?
Lucien Freud, quince hijos, un racimo, un bloque de granito, madera de roble, Gatsby, escaparates, mis múltiples yo, la edad, el amor propio, Joan Didion, un montón de ropa, los demás, nuestros padres. No cabe nada más en este maremagnum. Estoy totalmente perdida.
Muchas personas que me conocen y que me leen, (no nos engañemos, no son tantas, porque la mayoría de las personas que me conocen en, llamémosle, la vida real, que me tratan a diario, no me leen) pero las que sí lo hacen me dicen muchas veces: «cuando te leo es como si te escuchara. Escribes como hablas». No sé si eso es bueno, pero lo que sí sé es que si hubiera tratado de expresar todo este caos de manera oral, nadie me hubiera escuchado.
Para esto escribo Cosas que (me) pasan. Para las cosas que (me) pasan y no puedo o no sé expresar.
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Sin entrar en la complejidad del texto, que es muy pronto y he dormido muy poco, me maravilla la cantidad de citas que debes tener guardadas y que encuentras adecuada a casi cada texto que escribes. Esta tarde nos escuchamos en el club de escucha. Buen domingo!
La idea de las mil caras siempre me ha - iba a decir obsesionado, pero quizás queda exagerado -, intrigado. Yendo al extremo, muchos asesinos tienen hijos, familia, son devotos hijos... Y esa doblez me aturde. Todos tenemos muchas caras, diferentes registros para adaptarnos al entorno. Con el tiempo se van unificando. Te conoces más, ya sabes qué te funciona, con qué te sientes cómoda...