Cuaderno de verano. Miércoles 8 de julio
Mientras llega la tormenta
«La reacción de los demás ante nuestra conducta es comparable a un espejo, ya que nos devuelve una imagen de nosotros que somos incapaces de ver. Y es esto lo que vuelve indispensables a los demás: el que puedan darnos algo que somos incapaces de captar por nuestra cuenta, la conciencia elusiva de nuestros límites, la noción de nuestra personalidad». (El placer del amor, de Alain de Botton)
Clara se ha marchado ya. Apenas cuarenta y ocho horas ha pasado aquí. La casa está en silencio. No es que no escuche nada. De fuera me llega el cotorreo de los rabilargos que vuelan pasando por delante de mi ventana. Están mucho más activos de lo habitual y creo que es por la tormenta. A lo lejos se escucha el fragor de los truenos que espero pronto la traiga hasta aquí. Algo de viento se deja sentir y, claro, el tren. Cuando digo que la casa es silenciosa me refiero a que ni ella ni yo hacemos ruido. Ahora mismo, en esta habitación, en toda la casa el único ruido es el que hace el teclado cuando escribo estas palabras.
Ayer estuve con una persona a la que le caigo mal. Las primeras veces pensé que eran imaginaciones mías, que había pillado a esa persona en un mal momento, que había estado desafortunada en algún comentario, o muy pesada o muy poco atenta. Pasan meses entre nuestros encuentros, pero siempre salgo de ellos con la misma sensación: que esa persona preferiría que yo no estuviera ahí y que si no tiene más remedio que verme está deseando que yo la ignore, que no me acerque, que no hable.
Desconozco las razones de esa animadversión o, digamos, tirria hacia mi persona. Creo que no está basada en nada real, en ningún desencuentro. Es algo más físico o emocional o sentimental. Quizá tenga algo que ver con el carácter. El suyo y el mío. A lo mejor somos incompatibles. Siempre que coincidimos siento que esa persona preferiría que yo no estuviera ahí, que me esfumara.
Hace unos meses una compañera de trabajo me dijo: «Yo no soy como tú. No soporto caer mal». Y es verdad, a mí no me importa caer mal. Lo que me intriga de esta persona es que esa animadversión, esa sensación de rechazo que siento por su parte no está basada en algo que yo haya hecho, en una opinión que haya expresado. Es algo más visceral.
Percibo que esa persona al verme siente lo mismo que siento yo al ver un saltamontes, una salamanquesa o una araña. ¿Me han hecho algo? No, pero lo único que quiero es perderlos de vista.
La próxima vez que coincidamos me mantendré alejada de ella. No intentaré ser educada, ni entablar una conversación que le haga ver que se equivoca, que soy maja, que no hace falta que seamos amigas pero que no soy un peligro, ni estúpida. Evitaré hablarle porque temo que si no cojo distancia un buen día acabe preguntándole: ¿Por qué te caigo mal? Y acabemos en el fondo de un pozo de incomodidad.
La tormenta sigue sonando a lo lejos. Ha refrescado. Puedo abrir las ventanas y que corra el aire.
Y entren las moscas.
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Ayer cené demasiado y no he dormido bien. Llevo despierta un rato y acabo de recibir la notificación de la publicación del cuaderno de verano del miércoles 8 de julio. Entro a leerla y nueve personas ya la han marcado con un corazoncito, el mío es el décimo. Todavía son las 5:55, ¿a qué hora os desperáis?
A mí lo que me molesta de que le caiga mal a alguien es la incomodidad de la situación, sobre todo si esa persona lo manifiesta claramente; que hable en el grupo en el que estoy y nunca me mire ni me integre en la conversación, que cuando yo me acerque al grupo se vaya al baño sin casi ni hablarme…esas cosas me hacen sentirme de nuevo como cuando era pequeña en el colegio y las guays de clase te excluían.
56 años tengo y sigue ahí ese sentimiento.