Esta mañana he limpiado mi cuarto. He cambiado las sábanas, he quitado el polvo, he pasado la aspiradora y he fregado el suelo echando al agua muchísimo producto porque me flipa como huele. Al terminar, me he vestido y he ido al vivero dispuesta a comprar algunas cosillas para reponer las flores de temporada que, a pesar del esfuerzo de mi hermano para venir a regar, no han sobrevivido el calor ni mi ausencia. Justo al salir de casa han empezado a pasar motos, muchas, muchísimas. Diría que cientos. Las motos huelen a septiembre. En el vivero no había nadie, ni un alma y tampoco tenían las plantas de hiedra enana que quería comprar. He vuelto a casa y he arreglado una de las jardineras de piedra, he retirado la tierra y las plantas muertas y he plantado las dos únicas matas de hiedra que había podido conseguir y una planta nueva de hojas rojas que por lo visto resiste el calor y el frío. Veremos si resiste mi compañía. Otra de esas plantas rojas ha ido a la maceta de barro verde que vigila la colección de piedras de Clara. Al terminar era ya la hora de bajar a casa de mi hermano a tomar el aperitivo. Nos reunimos ayer pero como sobraron viandas hoy hemos repetido. «Aperitivo pero luego cada uno se echa la siesta en su casa», era el mensaje de mi hermano. Al final ha sido aperitivo y macarrones y sandía y piña y cookies pero antes de las cuatro Hanson y yo estábamos en casa.
Hoy termina este Cuaderno de verano.
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Por primera vez en todo el verano he podido sentarme, después de comer, a leer en las tumbonas del jardín, delante de la ventana de mi estudio. He terminado mi relectura de El talento de Mr Ripley creo que casi con tanto o más placer que cuando lo descubrí. Me debato ahora entre lanzarme a por el resto de libros de Ripley o cambiar por completo de tercio. En lo que lo decidía me he leído un canto de la Odisea de Homero que la tengo a medias. Voy leyendo un canto cada par de días o cuando encuentro un hueco.
Y ahora, al caer la tarde, estoy aquí, en mi estudio, sentada en mi butaca con los pies apoyados en el cojín floreado del ventanal. Escribo la última entrega de este cuaderno. Aquí he escrito muchas, sobre todo aquellas en las que se me echaba el tiempo encima y me ponía a escribir cuando ya casi era el día siguiente. Aquí estoy a gusto, concentrada y cuándo no encuentro una palabra o se me escapa una idea levanto la vista y miro el jardín. Con el ceño fruncido fijo la vista en los troncos de los pinos y cuento sus ramas, las que se ven y las que una vez estuvieron y ya no existen pero dejaron su huella en el tronco. Me concentro en los lilos mientras espero a que la idea brillante que treinta segundos antes había cruzado mi mente vuelva a aparecer y me de tiempo a capturarla. Escruto las nubes cruzando el cielo. Cuando escribo de noche y todo eso no es visible porque lo que veo es mi reflejo en el cristal de la ventana y las luces de mis vecinos el efecto es el mismo. Este espacio, esta butaca, este lugar, esta posición me concentran. Concentran mi atención, impiden que mi cabeza se disperse y que mis dedos busquen otra pestaña para entretenerse pero también siento que este lugar concentra quién soy y qué quiero hacer.
Hace seis años, por estas mismas fechas, escribí:
«Los pájaros en septiembre, el ruido de la puerta de la oficina de correos que huele a expectativa, el viento en las ramas del pino del jardín, la moto del cartero, el sonido de los pasos en las calles de tierra, las campanas de la iglesia, el tren de menos viente y el de las y veinte. Eso es lo que tiene Los Molinos y por eso quiero vivir aquí. No se explicarlo mejor.»
En 2022 escribí: «Todavía no vivo aquí todo el año pero ya me queda muy poco para conseguirlo»
En 2026, al terminar el verano puedo escribir que ya vivo en Los Molinos, en una casa con pinos en el jardín en la que también puedo escuchar a los pájaros de septiembre y en la que veo, desde mi ventana, veo pasar el tren de menos veinte y el de las y veinte. Los veo desde este mismo lugar, esta posición, esta butaca.
No creo mucho o más bien nada en eso de manifestar pero no pierdo nada por intentarlo otra vez, está claro que si me pusiera mística podría pensar que ya lo conseguí una vez, así que aquí va. Desde este lugar, en mi estudio, sentada en la butaca que lleva veinticinco años conmigo, con los pies en el cojín del gran ventanal y viendo mi jardín, tengo claro que lo que quiero hacer en mi vida es escribir todos los días. Escribir un diario como este cuaderno. O parecido o ya vería como lo haría. Improvisaría, como siempre. Quiero pasar más tiempo en este punto exacto en el que estoy ahora. Este lugar en el que siento que todos los planes que tengo en la cabeza, todas las ideas se arremolinan buscando proyectarse, hacerse reales. Tengo tantos planes y tantas ideas.
Por ahora ahí se queda. Es un deseo, un anhelo.
Ahora, voy a ir a dar un paseo con Hanson, mi madre y mi hermana.
Llegó el final.
El final de la semana.
El final de agosto.
El final del verano.
El final de este Cuaderno de verano
El final de estos meses de parón, de descanso, de vivir en un trailer, en una vista previa de la jubilación.
Mañana vuelvo a trabajar.
Y se acabó.
Gracias a todos por acompañarme estos dos meses y leer el Cuaderno de verano. Muchísimas gracias por todos los comentarios. Ha sido tan divertido.
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Ojalá te animes, me encantaría poder dedicarme a esto, seguir escribiendo cada día.



Yo también quiero que esa manifestación sea verdad ...yo también quiero que escribas todos los días...Espero que ese trabajo sea el principio de ello.¡ Buen estreno para mañana!
Cómo voy a echar de menos leer el Cuaderno de verano cada mañana.
Muchas gracias por escribirlo y compartirlo.
Que vaya muy bien el nuevo trabajo.
Un abrazo.