Cuaderno de verano. Jueves 6 de agosto
Me gustan las nubes. Todas.
Las diez de la noche. A un lado de la casa, por la puerta de la cocina, se escucha la tertulia de los vecinos a pocos metros del arco del siglo XVII que corona la entrada a la calle. Al otro lado, por la ventana, veo el día marcharse. Sobre el Pico Gallinero la última luz ilumina el cielo levemente azulado. ¿Lo mejor? La promesa de nubes que se adivina sobre el firmamento.
Antes de ayer, el lunes, amaneció nublado en Los Molinos. Me levanté y declaré solemnemente: «Es el mejor día del verano». Pensé: «Hoy escribo sobre la eterna promesa que es un día nublado». Así de inspirada me sentía, pero se me cruzaron por medio las lecturas encadenadas y una sesión de cine eterna viendo La Odisea; para cuando quise plasmar mi amor por los cúmulos, los cirros, los cumulonimbos y los cielos grises, ya era demasiado tarde. Las nubes habían desaparecido y habíamos vuelto a la programación habitual de cielo azul. Pocas cosas más aburridas que un cielo azul: es como una casa beige, como un Airbnb. Previsible.
Desde siempre me han chiflado las nubes. Cuando mis padres compraron la casa de Los Molinos, los anteriores dueños nos dejaron todos los muebles, enseres y libros. En el cuarto que compartía con mi hermana había muchos cuentos (yo tenía nueve años) y en uno de ellos se contaba la historia de unas nubes, hermanas entre sí, que cruzaban el cielo decidiendo dónde descargar su preciada lluvia. Una decidía hacerlo en el campo de un agricultor; otra, en un prado; otra, en una ciudad... Pero la más pequeña decidía que ella quería ser artista, ser algo grande, y no paraba hasta llegar al mar, donde al descargar no hacía ninguna diferencia. Era un cuento con moraleja, claro. El caso es que al año siguiente, en el colegio, había que escribir un cuento relacionado con el cielo, yo plagié la historia de la nube con ínfulas de influencer y saqué un diez.
Pasaron los años o, como dicen en los cuentos: pasó mucho, mucho, mucho tiempo, y en este país hubo una polémica absurda sobre si el presidente del Gobierno había plagiado su tesis doctoral. Todavía existía Twitter y allí declaré algo como: «Tengo algo que contar, chavales. En 4.º de EGB plagié un cuento sobre nubes y saqué un diez». Por supuesto, jamás confesé el plagio. En una carambola final, me llamaron del programa de Alsina para hablar sobre copiar. A la nube ambiciosa le hubiera encantado este final (por ahora).
Hemos llegado hoy a Cicely y el valle me ha recibido con un cielo encapotado, a ratos gris oscuro, a ratos gris panza de burra, cruzado por jirones de blanco y otros anaranjados justo antes de hacerse de noche.
Me gustan las nubes. Todas. Me gustan las gordas, blancas y algodonosas que crecen sobre sí mismas enroscándose y haciendo que el cielo crezca, que parezca más alto. Me gustan las planas que se extienden como si de una colada de sábanas se tratara. Me gustan las aborregadas que hacen que en mi cabeza suene «cielo aborregado, suelo mojado» y me ilusione con la promesa de lluvia. Me gusta la niebla y me gustan las nubes inmensas que corrían hacia el infinito siguiendo un punto focal en el horizonte en la playa de Los Goonies. Me gustan las nubes amenazadoras de tormenta que se van encabronando hasta enfrentarse las unas con las otras al fondo de los valles como si fueran borrachos en la esquina de un bar. Me gustan las que parecen naves espaciales, y los retazos de nubes que, si me concentro en mirar, veo cómo acaban disolviéndose. Me gustan compactas y también despeluchadas.Me gustan todas. Cuantas más, mejor.
No sé si me gustan las sorpresas. Pero sé que me gusta la promesa de incertidumbre que proporciona levantarse en un día en el que el cielo no es azul. Me encanta no saber qué va a pasar, cómo será el día.
La tertulia ya se ha deshecho, el pueblo está sumido en la oscuridad y solo se escucha a cuatro chavales persiguiéndose por las calles.
El valle me ha recibido con un festival nuboso y la promesa de lluvia para mañana. Cruzo los dedos para que así sea.
PS: El reloj despertador ha muerto. Además de adelantar locamente, la radio se encendió y ya no se podía apagar. Descansa ya en el punto limpio.
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Recuerdo dos escándalos terribles durante mi EGB, en los dos había hermanas implicadas.
Caso 1 (6° de EGB): Mari Luz apareció con un cuadro pintado al óleo en tonos verdes, cuadro que la profesora/monja reconoció al verlo porque años antes lo había llevado a clase la hermana de Mari Luz. Aunque intentó defenderse y negar tamaña acusación, fue difícil creerla, el cuadro estaba seco, excepto la firma, donde había un pegote negro y la firma de Mari Luz aparecía seca. No fue una copia, fue apropiación indebida o estafa.
Caso 2 (8° de EGB): en un ejercicio de los deberes de Lengua, Montse escribió "Las abejas elaboran la miel". Nada más leerla, el dedo acusador de la Señorita Esther apuntó hacia Esther "Esa frase no la has escrito tú". Según la Señorita Esther, la hermana de Montse, que era una excelente estudiante, había presentado una frase igual el año anterior que recordaba perfectamente porque el verbo "elaborar" era muy especial y no creía en las casualidades. Montse lloró ofendida y nunca llegamos a saber la verdad.
En ambos casos, las dos niñas fueron expuestas en la plaza pública.
También recuerdo que Sara no ganó un concurso de cuentos organizado por los colegios regidos por la misma congregación que el mío porque en el resto de España no creyeron que una niña de 9 años de origen humilde hubiera podido escribir algo tan bueno. De ese cuento solo recuerdo la frase "Y la torre que altanera toca la brisa al pasar". Con los años, ya de adultas, pregunté a Sara por el cuento y ella no recordaba nada de la historia, ni siquiera el haber participado en un concurso. Pasé en balde años indignada por la injusticia para que luego la afectada no supiera de qué le hablaba y yo, casi 50 años después sigo teniendo en la cabeza la torre que altanera toca la brisa al pasar.
Me encanta las nubes, incluso desde los aviones, cuando todo el mundo deja de mirar por la ventanilla yo sigo imaginando saltar entre ellas. De niña yo copié un cuento, porque me gustaba ver mi letra escrita, debía tener cinco años. Mis padres creían que tenían una niña prodigio en casa y yo no entendía nada. Pero, ¿lo has escrito tú? Y claro yo lo había "escrito". El tema de los derechos de autor me quedaba muy lejos aún...
El reloj despertador ha muerto matando: o me tiras o te aturro con la radio a todo volumen jajaja.