Cuaderno de vacaciones. Capítulo 9
10 de agosto
Leo en el periódico una carta al director:
Estudié una carrera con premio extraordinario y dos becas de excelencia, cursé un máster con una media de sobresaliente y completé mi currículum con varios cursos de especialización. Pero la recompensa no puede ser más pobre. Apenas llevo un mes en mi puesto y me niego a aceptar que la vida sea esto: un sueldo miserable por ejecutar tareas burocráticas en una oficina del barrio más rico de Madrid, rodeado de apartamentos que jamás podré habitar y de obscenos restaurantes diseñados para hacer sentir a la clase obrera que, por fin, puede comer como los burgueses. Si la vida es esto, no me ha merecido la pena tanto esfuerzo. Si no lo es, espero que no sea aún peor. Entretanto, resignación.
Marcos
La leo dos veces. ¿Cuántos años tiene Marcos? ¿Por qué esa amargura? No entiendo su queja. O, mejor dicho, no sé qué le habían contado o qué ilusiones se había hecho él para haberse llevado este tremendo chasco vital. Quiero pensar, por su bien, que lo que sea que estudió con tan estupendos resultados le entusiasmó, lo gozó, disfrutó aprendiendo.
No quiero pensar que Marcos hizo todo ese esfuerzo pensando que al final le esperaba una pancarta, un luminoso, una plétora de admiradores, su efigie a caballo, las luces de Navidad de Abel Caballero y hasta una constelación con su nombre felicitándolo por su trabajazo. No quiero pensar que en algún momento creyera que después de conseguir todo eso estaba la meta, la felicidad con mayúsculas, el éxito (sea lo que sea que él considera el éxito) .No quiero pensar nada de todo esto porque, entonces, a Marcos le queda una vida de desilusión, decepción y amargura.
Porque no, la vida no es «un sueldo miserable por ejecutar tareas burocráticas en una oficina del barrio más rico de Madrid, rodeado de apartamentos que jamás podré habitar y de obscenos restaurantes diseñados para hacer sentir a la clase obrera que, por fin, puede comer como los burgueses», pero si eso es en lo que te fijas es posible que creas que sí.
Es jodido de entender porque todos, o casi todos, hemos crecido en la enseñanza de que merece la pena estudiar, que hay que esforzarse y que al final del camino, si has estudiado y te has esforzado habrá algún tipo de recompensa. Como decía mi abuela, «una colocación». Hasta ahí llegaba más o menos la promesa que nos han vendido. La «colocación» no es nunca el final, es el principio de otro camino en el que has dejado de estudiar pero tienes otras obligaciones que cumplir. A cambio de ese cumplimiento recibes un sueldo y poco más. Durante la etapa de estudiante, si te esforzabas muchísimo recibías honores, becas, matrículas de honor y el orgullo de tus padres. En la etapa de currante pronto aprendes que si te esfuerzas muchísimo no pasa nada. Las subidas de sueldo o las promociones (para el que es ambicioso) dependen de muchísimos factores, y casi nunca lo duro que trabajes computa como, por ejemplo, la suerte, el peloteo, lo bien que le caigas a alguien o los marrones que crean que serás capaz de solucionar. Tampoco nadie estará orgulloso de ti porque casi nadie se fijará en tu trabajo y, en el fondo, a nadie le importa. El sentimiento que estarás más cerca de provocar si eres muy bueno en tu curro es envidia. O sospecha.
Marcos, la vida no consiste en trabajar y cobrar un sueldo. No consiste en pensar las casas que no podrás comprarte o los restaurantes a los que no puedes ir. O sí. Eso depende de ti y lo que quieras hacer con tu vida. No la laboral, sino la que empieza cuando sales por la puerta después de haber terminado esas tareas burocráticas que no le importan a nadie. Tengo un secreto para ti: el 90% del trabajo que hacemos todos es pura burocracia que no es interesante para nadie.
La vida consiste en, lamentablemente, trabajar para ganar dinero para vivir lo mejor posible, siendo «lo mejor posible» lo más cerca de lo que te gusta, te apetece, te hace feliz.
La vida consiste en lo que tú quieras que te importe. Casi todos tenemos que trabajar para vivir. Hay épocas mejores y épocas peores. En el trabajo hay agobio, aburrimiento, hastío, tedio, desilusión, decepción, ansiedad. Y esto incluso si, como a mí, te gusta tu trabajo. Pero si lo que más te importa es tu trabajo, sí, tu vida va a ser, con suerte, una continua resignación. Sin suerte, a lo peor acabas como Michael Douglas en una película que seguramente no has visto.
Es lo que hay. Pero en tu mano está que no solo sea eso. Yo no soy una happy flower de la vida, y si hablaras con cualquier que me conociera te diría que soy una pesimista, pero quizás porque ya tengo 52 años y llevo treinta «cobrando un sueldo por ejecutar tareas burocráticas» sé que la vida es mucho más que eso.
Marcos, siento que te engañaran, siento que te lo creyeras, lamento que al final del arcoiris no hayas encontrado el caldero con las monedas de oro, pero esto es lo que hay. Bienvenido al mundo real. Saca la cabeza de tus tareas burocráticas, sacúdete la amargura, deja atrás el «con lo que yo he estudiado me merezco más» y mira ahí fuera.
La vida es esto. Una tarde de domingo de agosto en una piscina municipal de un pueblo pequeño entre montañas. Familias reunidas jugando a las cartas, parejas leyendo, niños chapoteando en el agua, un grupo de adolescentes que, con sus monitores, están aprendiendo una coreografía y una señora mayor con el pelo blanco saboreando con gran deleite un Cornetto Buttermilk de Limón, el último que quedaba en el chiringuito de la piscina y pensando que todavía le quedan tres semanas de vacaciones y que la vida es estupenda.
Eso sí, la encargada de la piscina me ha dicho que se ha enterado de que ese cornetto deja de fabricarse. La vida es esto, aprovechar las cosas buenas que luego llega cualquiera y te las quita.
Marcos, busca tu cornetto. Y juega a la Primitiva. Es lo que hacemos todos.
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También le digo a Marcos los siguiente: cuando estudiaba, hacía lo que tocaba hacer en esa época y fue un privilegiado al q le tocó la lotería ya en varias cosas: una, la inteligencia y dos, la capacidad de esfuerzo. Tanto una como la otra nos vienen dadas. Es difícil de creer con lo del esfuerzo, pq asumimos q hay una magia q hace q alguna gente se esfuerce y otros sean vagos, y q el vago lo es pq quiere. No, Marcos hizo todo eso pq en su circunstancia y con el ambiente q le rodeó (entiendo q estuvo en un entorno q le ponía un plato en la mesa para facilitar q él ejercitara sus rasgos) es lo q haría una persona con esos rasgos. Lo q pasa es que hay mucha gente con esos rasgos.
Ahora, hay distintos tipos de inteligencia: puede haber una buena en interpretar patrones , o en habilidades espaciales, en lenguaje, etc. Parece q Marcos no tiene la inteligencia política, la de mirar al mundo y darse cuenta de lo q dices: esa vidorra q soniaba solo ocurre en gente q le viene de familias con mucha pasta (o puntuales golpes de suerte, véase tecnobros). Ellos tienen los contactos, las redes y la riqueza q genera más riqueza. El resto tenemos un salario q si es bueno, nos damos por contentísimos pq podemos irnos de vacaciones una vez al anio, tener casa en propiedad y ya cada uno lo q sea su afición. Si quieres cambiar esto, usa tu inteligencia política, Marcos: el problema es la desigualdad: tú no tienes más (y mira hacia abajo, muchos no tienen para comer) porque los megarricos tienen tanto. Hay mucha gente con tus rasgos de inteligencia y esfuerzo, pero solo una tarta: si el 99% de esa tarta la tienen los megarricos, es dificil todo.
El mundo se nos está cayendo delante de nuestras narices por esto. No te creas discursos fáciles q culpan a los débiles: usa tu rabia para luchar contra el sistema, y cómete algún cornetto de esos de vez en cuando.
Marcos es joven y está en su derecho de quejarse aunque coincido en que el éxito en la vida no es tener un apartamento lujoso, ir a un restaurante caro y encontrar, a la primera, el trabajo ideal. Pero Marcos se puede y se debe quejar porque es cierto que los jóvenes no lo tienen fácil.