Cuaderno de vacaciones. Capítulo 7
8 de agosto
La página de hoy del Cuaderno de Vacaciones no va a dar para mucho. Estoy muy cansada, con ese cansancio que va pesando cada vez más en el cuerpo. Va desde la coronilla hasta las uñas de los pies. Es un cansancio de sol, sudor, esfuerzo, altura, bocadillo envuelto en papel de aluminio y devorado con los pies metidos en un ibón a 2500 metros de altitud. Es un cansancio que se ha desarrollado a través de las etapas de la excursión de hoy:
¿Para qué dije que sí ayer? ¿Quién me mandaría? (Nada más levantarme).
Seguro que no es tan terrible. (Según empiezo a caminar).
Leve incomodidad con unas gotas de «¿Quién me mandaría?» (Cuando la subida comienza a complicarse, no hay ni una nube en el cielo y el sol pega con fuerza).
Conatos de agresividad que intento calmar mirando a mi alrededor y pensando que las infinitas sesiones con Heather me tienen que servir para trepar sin agotarme.
Agotamiento.
Cabezonería.
Llegada a un paisaje espectacular que, de alguna manera, hace que mi estado de ánimo empiece a virar.
Inicio del disfrute.
Olvido del padecimiento físico y comienzo de la absurda idea de que puedo con todo.
Euforia.
Llegada a la cumbre o al destino.
¡Más euforia!
Mi acompañante me cae bien. Me cae fenomenal. Lo adoro. Le amo. ¡Cásate conmigo!
Bocadillo con pies en remojo.
Admiración del paisaje.
Amo a todos los montañeros con los que me cruzo.
Amo al planeta entero. A las plantas, los animales, las montañas, el cielo, las nubes. Mi acompañante decide sentarse a 3 metros de mí.
Más euforia que me lleva a plantear disparates como: ¿y si seguimos subiendo?
Comienzo de la bajada. Me creo Heidi.
Todo me sorprende ¿Hemos subido por aquí?
Más bajada.
Más bajada.
La bajada no se termina nunca.
La euforia desaparece. Me muevo cada vez más despacio. En teoría es más fácil bajar, pero mis uñas de los pies chocan con las zapatillas y me acaban doliendo. Intento distraerme pensando en qué color de pedicura elegiré la próxima vez.
Más bajada.
Truenos. ¿Dónde nos metemos si empiezan a caer rayos? Pienso en Paul Auster y El cuaderno rojo, donde contaba cómo fue testigo de la muerte de un compañero suyo al caerle un rayo. Pienso que me parecería fatal que me cayera un rayo justo hoy que me puede tocar el bote del euromillones. Recuerdo entonces que en algún sitio leí que tienes más posibilidades de que te caiga un rayo que de que te toque la lotería.
Intento andar más deprisa.
Más bajada.
De repente soy consciente de que con la gorra puesta y el pelo largo y suelto lleno de polvo parezco Forrest Gump cuando se dedica a correr atravesando el país y todo el mundo le sigue. A mí no me sigue nadie. Voy tan despacio que me quedo la última bajando por el barranco mientras disfruto de los truenos reverberando por todo el valle.
Más bajada. No puedo más.
Llegada al coche.
Chispas de euforia. ¡Veo el coche!
Lágrimas de emoción al quitarme las zapatillas y ver que mis uñas de los pies siguen en su sitio y siguen estando pintadas de un precioso rojo brillante.
Llegada a casa. Ducha. El agua sale negra, me he traído todo el polvo del valle.
Ropa limpia. Pelo limpio.
El placer de haber sobrevivido.
El cansancio sigue aquí, cerrándome los ojos mientras desde el sofá intento cumplir con el cuaderno. Percibo un cierto brote de euforia: ¡soy la mejor, con este cansancio y aún así soy capaz de escribir!
¡Bien por mí!
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Tienes un valor.....
A mí me flipa tu disciplina. Después de la caminata te pones a escribir. Gracias.