Cuaderno de vacaciones. Capítulo 6
7 de agosto
Cuando me levanto cada mañana, una de las primeras cosas que pienso, si no la primera, es: «¿Qué tabla del demonio tendrá hoy Heather preparada para mí?» Intento no mirarlo con antelación para no predisponerme aún más en contra del ejercicio. Si desde la noche anterior supiera que toca piernas o hiit me levantaría de peor humor, así que me someto a esa sorpresa mañanera esperando que todos los días sean brazos y pecho, que es lo único que no me molesta hacer. Eso no pasa nunca. Hoy ha tocado calistenia y abdominales. Cuarenta minutos extremadamente desagradables con los que además he sudado muchísimo. Como siempre, la parte buena es que, una vez que termino, ya sé que lo peor del día ha pasado.
Con mi té, mi bol de melocotón con kiwi y yogur y mis dos biscotes con queso, aguacate y pavo, me he sentado a disfrutar del resto del día empezando por la lectura de The Silence, un cuento de Zadie Smith en el New Yorker. Con los cuentos me pasa una cosa. Bueno, me pueden pasar tres cosas: que empiece a leerlos y al cuarto párrafo lo deje porque no me ha enganchado; que lo lea entero y llegue al final sin pena ni gloria; o que lo lea entero y se quede en mi cabeza durante un tiempo largo. Me da la impresión, y lo digo sin ningún conocimiento de causa, que empezar un cuento es la parte sencilla, terminarlo es algo complicadísimo, muy difícil. Y conseguir llegar al final y que quede redondo es casi imposible.
The Silence es del segundo tipo, un cuento sin pena ni gloria pero probablemente se quede en mi cabeza por un par de párrafos. Cuenta la historia de una señora, de origen jamaicano, que vive en Londres, está en la cincuentena, casada y con dos hijas ya mayores que aún viven en casa. Le encanta su trabajo de administrativa en una clínica de madres que, tras dar a luz, tienen paranoias y ataques psicóticos. Un buen día empieza a notar que una especie de silencio denso se está apoderando de ella, cada vez habla menos.
Hearing them actually made her retrospectively embarrassed, thinking back thirty years, to how she’d talked up a storm at all those birthdays and barbecues and church fêtes and intimate encounters—she’d gone on and on! Not realizing. Her elders had mostly been kind about it, and these days she aspired to exactly that type of kindness, making a conscious effort to look fondly on the chatter of her own daughters, and promising herself that she would never tell either of them about this silence, which gets planted within you sometime in the middle of your life, without your even noticing, then grows in darkness like a tuber, night after night, until it suddenly breaks the topsoil of your life and takes over.
«Escucharlos la hizo sentirse avergonzada al recordar cómo, treinta años atrás, había hablado sin parar en todos esos cumpleaños, barbacoas, fiestas de la iglesia y encuentros íntimos. ¡No se había dado cuenta! La mayoría de sus mayores habían sido amables al respecto y, en la actualidad, ella aspiraba precisamente a ese tipo de amabilidad. Hacía un esfuerzo consciente por mirar con cariño las charlas de sus propias hijas y se prometía a sí misma que nunca les hablaría de ese silencio que se instala en ti en algún momento a mitad de tu vida sin que te des cuenta y que luego crece en la oscuridad como un tubérculo, noche tras noche, hasta que, de repente, rompe la superficie de tu vida y se apodera de ella».
«El silencio que se instala en ti en algún momento a mitad de tu vida sin que te des cuenta»
Es verdad que hay un silencio que se instala en ti a mitad de tu vida y es verdad que nadie habla de él. Pero no creo que no te des cuenta. Yo sí me doy cuenta. Como la protagonista de Zadie, puedo recordar miles de ocasiones en las que fui un loro que merecía un mazazo en la cabeza, como en los dibujos. Todavía siento escalofríos de vergüenza con muchas de esas ocasiones cuando me vienen a la memoria. Pero soy muy consciente de ese silencio que llevo ahora conmigo. No hablo solo del gusto por el silencio o de la posibilidad absolutamente deliciosa de pasar un día o dos sin hablar con nadie. Hablo del silencio consciente que ejecuto en muchas ocasiones sociales en las que, hace años, no me hubiera callado ni un segundo. Me refiero a reuniones laborales, encuentros sociales más o menos de compromiso, fiestas... pero también me pasa en reuniones familiares, cafés con compañeros de trabajo, cenas con amigos. Estoy ahí, escucho, veo, siento, pienso y no hablo. Es un silencio consciente pero no responde a nada. No pienso que lo que yo vaya a decir no le importa a nadie o va a caer en saco roto, no es nada de eso. Sencillamente decido ejercer ese silencio. A veces empieza de manera inconsciente, pero una vez que lo percibo la verdad es que me esfuerzo en mantenerlo. No busco que alguien se de cuenta o eche de menos mi voz. No es eso. Tampoco pretendo ser maleducada y si, por ejemplo, alguien me pregunta o me apela directamente contesto sin problema. Tampoco es eso. Pero la cuestión es que si lo mantengo mucho tiempo me siento bastante bien. Quizás estoy compensando todas esas ocasiones en las que hablé de más. De mucho más.
Ahora hablo de menos. Todavía no es de mucho de menos, pero tendré cuidado no vaya a ser algo tan peligroso como cuenta Zadie en el relato. Un relato que no le ha quedado redondo pero que me acompañará mucho tiempo.
*********
Cuando estaba escribiendo este texto en el banco delante de casa ha venido Antonio, el vecino del huerto. Hemos estado charlando: él estuvo en Plan hace 40 años «por si caía algo». Hemos bebido cerveza con limón y picado aceitunas, queso y torreznos y me ha enseñado la expresión «tiene buena encontrada». Se aplica a las personas que tienen una cara sonriente, alegre y que cuando te cruzas con ellas, te alegran.
Me ha gustado muchísimo, aunque yo sé que no tengo buena encontrada.
El Cuaderno de vacaciones durará todo el mes de agosto y podrás leerlo gratis. Me gusta escribir cada día, ojalá pudiera hacerlo todo el año pero para eso estaría bien que pensaras en suscribirte. Por 40 € al año me darías tu apoyo. Me encantaría que lo hicieras y te lo agradecería infinito. Tendrías acceso a la newsletter extra del último domingo del mes, al club de escucha y al chat. Si, además, te haces miembro fundador, piénsalo ¿cuándo has sido fundador de algo?, hasta recibirás una carta manuscrita y varias tarjetas necesarias para tu vida con frases como “Me quiero ir a casa a leer” o “Desde tan abajo no explico”. ¿Cuándo fue la última vez que abriste el buzón y había una carta para ti? Piénsalo.




Gracias Ana por estos textos en los que explicas tan bien cosas que a mí tb me pasan .
A veces me da pereza hablar o contar, pero otras me da pereza lo
que la gente cuenta, pero estoy ahí y parece que escucho, pero si me preguntasen, no sé si sería capaz de reproducir lo que dicen.
No solo estoy siendo más silenciosa sino que agradezco que haya más silencio a mi alrededor. Lo entiendo como una labor de “edición de ruido”, cuanto mayores nos hacemos con más firmeza “editamos”. Gracias por compartir ese pensamiento.