Cuaderno de vacaciones. Capítulo 5
6 de agosto
Ayer no me acosté hasta que terminé Refugio, el libro de Eva Morell sobre cabañas, tanto reales como metafóricas o mentales. El plan del día era hacer una marcha cortita, de calentamiento, para probar el pie de A, después hacernos unos bocatas y pasar el resto del día en la piscina leyendo, chapoteando y compartiendo silencios de pareja mayor. Al final, el día tenía otros planes para nosotros y nos dejamos llevar porque, total: podemos hacer lo que queramos. No tenemos ninguna obligación, ni compromiso ni nada ni nadie que nos espere.
Cuando íbamos de camino al punto de partida de nuestra ruta recorriendo una pista forestal bastante infernal, volví a las cabañas. Los prados a los lados de la pista están salpicados por cabañas y bordas de piedra que llevan ahí años y años. Mucha gente fantasea con comprar una de esas, rehabilitarla y pasar allí temporadas. Yo también, pero hay que tener claro que lo difícil no es conseguir la cabaña sino el camino que hay que recorrer hasta conseguirla. Y me refiero tanto al recorrido físico (por la lejanía, lo abrupto de los caminos, las inclemencias meteorológicas que pueden dificultar aún más esas rutas y la distancia a cualquier otro punto) como al camino mental. Habitar una cabaña, vivirla con intensidad requiere un trabajo mental que implica desnudarse de ropajes, costumbres y rutinas que en tu vida diaria en una ciudad o en un núcleo de población más grande tienes arraigados. Habitar una cabaña implica no ver a nadie, pasar tiempo en el coche para conseguir cualquier cosa, darte cuenta de que no te hace falta comprar casi nada, una soledad que a veces tiene aristas, un silencio en el que, a veces, escuchas tu propio eco. Pensaba hoy, mientras veía esas cabañas que se asomaban a los prados y bosques que atravesábamos, que parecen decirte: sí, estoy aquí, pero si quieres habitarme tendrás que darme algo a cambio. ¿Cuántos estamos dispuestos a eso?
La ruta era preciosa y por el resultado del cociente entre cantidad de esfuerzo invertido y recompensa recibida está en mi top 3 de rutas. No la pongo en el número 1 porque al hacer cumbre a 2372 metros había una aglomeración de hormigas voladoras muy desagradables. Había también un par de hombres muy majetes con los que, claro, fue inevitable intercambiar algunas palabras. «¿Qué tal, pareja?» «¿Venís de muy lejos?» «¿Dónde os alojáis?», etc. Esas charlas en las cumbres siempre tienen, al principio, un ligero tufillo a la primera conversación entre Danny Zuko y Kenickie, es un pelín duelo de gallitos, un olfatearse los culos de los perros que tiene como propósito determinar si los otros excursionistas/caminantes son más o menos gente de montaña o advenedizos que se han lanzado a las montañas sin preparación ni conocimiento. Vamos, hay que saber si el otro es dominguero o no. Una vez aclarado este supuesto la charla puede derivar por vericuetos muy sorprendentes. Por ejemplo, mientras disfrutábamos de unas vistas increíbles, descubrimos que uno de los hombres de la cumbre es maquinista de tren en la línea que pasa pegada a Orbela. Me ha prometido que cuando pase y me vea en el jardín, pitará. Me ha hecho muchísima ilusión y he pensado en Pippi Calzaslargas, aunque no tengo muy claro el motivo. Nunca fui mi fan de Pippi y no sé si salía algún tren. A lo mejor es simplemente que pensar en estar en mi jardín o asomada a mis ventanas de contraventanas verdes y que un tren pite para saludarme me hace muy feliz. Por si esto fuera poco, el otro hombre había trabajado en el mismo sitio que A un par de años antes de que él llegara, con lo que se han dedicado a intercambiar nombres de conocidos durante el tiempo en el que el maquinista y yo planeábamos nuestros planes futuros.
En la bajada yo iba pensando en esta carta de hoy y en cómo ahora me atrevo a llevar camisetas de tirantes ajustadas, siendo ahora el tiempo después de quitarme tetas. Me falta todavía aprender a caminar más erguida, sacando pecho y echando los brazos para atrás. Lo intento cuando me acuerdo, como por ejemplo caminando por el monte sin nadie que me mire cuando me estiro y saco pecho como si estuviera a punto de desfilar para jurar bandera. Al llegar al punto de salida hemos decidido cambiar la piscina por un poco de aventura y hemos continuado en coche por una pista forestal eterna que atravesaba un bosque de abetos que me ha recordado a mis viajes por el estado de Washington. Cuando ya estábamos un poco desesperados con la pista (por lo que comentaba antes de la distancia a la que están las cabañas) llegamos a Plan, un pueblo que conocemos todos los que nacimos a mediados de los setenta. Plan es el pueblo que se hizo famoso cuando sus solteros, conocidos como los «tiones», pusieron un anuncio en el Heraldo de Aragón solicitando «mujeres de entre 20 y 40 años con fines matrimoniales».
No me preguntes por noticias políticas, deportivas o sociales de 1985, cuando yo tenía 12 años, pero de aquello me acuerdo a la perfección. Nos hemos sentado a comer en el primer sitio que nos han aceptado y zascandileando por internet mientras esperábamos la comida (que hemos tenido que esperar mucho tiempo porque digamos que los camareros tenían el ritmo vital de 1985) hemos descubierto que la idea genial de aquel anuncio había surgido en ese bar. «Plan para Plan» se llamó el reportaje en Informe Semanal, me ha dicho A., que tiene una memoria para el detalle que sinceramente no explota como debería, por ejemplo, yendo a un concurso de televisión. (Entre iris, edelweiss y cumbres altísimas me he grabado un video para un casting de un concurso que me habían pedido ayer).
De la caravana de Plan se han cumplido 40 años hace tres meses. Hay una exposición de fotos en una calle del pueblo que, por supuesto, nos hemos empollado al detalle. Recuerdo cómo entonces aquella idea, copiada de una película del oeste, parecía marcianísima. Ahora no lo es tanto. No había redes sociales, así que aquellos tiones no podían abrirse perfiles con fotos de sus prados, sus vacas y la nieve diciendo que querían una compañera para relación estable o un ligue para follar. No había nada tan inmediato y se necesitaba toda una infraestructura: el anuncio, un teléfono que «se atiende de 20 a 22 horas» al que llamar para apuntarse, unos autobuses para llevar a las mujeres y tres días de fiesta que costaron nada más y nada menos que 3 millones de pesetas. Eso sí, lo que pedían los tiones se parecía muchísimo a lo que se puede leer ahora en cualquier app de ligar: que sea guapa, que sea alta, que sea cariñosa, que quiera tener hijos, que sea dócil, que mida uno veinte (sic), y no ponían que le guste mucho el sexo porque no eran Torrente Ballester y aquello lo iba a leer todo el mundo. ¿Qué ofrecían? «No le faltará de nada», una frase que no dice casi nada.
Ciento noventa mujeres llegaron a Plan. Algunas, seguro, buscaban una cabaña, un refugio. Varias se quedaron. Y el camino hasta allí, en los años ochenta, sí que era todo un camino.


Hoy he visto un prado lleno de iris silvestres He visto edelweiss que han encendido en mi cabeza el interruptor Christopher Plummer cantando y he visto cardos morados.
Ha sido un buen día.
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Con tantas pistas ya casi sé donde está Cicely 🤭
Christoph Plummer y Edelweiss 🧡🧡🧡