Cuaderno de vacaciones. Capítulo 4
Lecturas encadenadas. Julio
Cuando empecé a escribir sobre mis lecturas de manera más o menos metódica, llamé a esta sección Lecturas encadenadas (aunque al principio fue brevemente Libros encadenados). La idea era ver si entre un libro y otro conseguía encontrar un mínimo hilo que los conectara y hacer así verdad esa máxima que dice que un libro te lleva a otro. Busqué esa conexión las primeras veces, luego la sección fue creando su personalidad hasta ser lo que es hoy, pero a veces ese nexo es tan obvio que no puedo dejar de verlo. En julio me pasó algo así.
Acabé junio leyendo sobre la descomposición de una relación con Liars, de Sarah Manguso, y de ahí salté al engendro de A cuatro patas, de Miranda July, del que ya dije todo lo que tenía que decir en este despelleje. Las dos novelas tienen algo en común: están escritas por mujeres, desde el punto de vista de las esposas y narran relaciones sentimentales. Poco más. Manguso hacía un crudo retrato con el que cualquiera puede encontrar, en algún punto, similitudes; mientras que July escribía tontadas.
El mismo día que compré la novela de July, en La Guarida en Cercedilla me llamó la atención El resto de nuestras vidas, de Benjamin Markovits. Jamás había oído hablar de este escritor británico-americano que ahora vive en Londres y que se crio entre Texas, Londres y Berlín. Por la foto de la solapa me cayó simpático y me gustó la foto de la portada. Lo compré por un impulso y cuando lo cogí al terminar A cuatro patas, ahí estaba otra vez el nexo: otro matrimonio boqueando.
En este caso es Tom, un profesor de derecho cincuentón, el que cuenta en primera persona cómo lleva doce años esperando a que su hija se marche a la universidad para dejar a su mujer por una infidelidad que ella cometió cuando sus hijos eran pequeños. El día que va a llevar a su hija a su residencia universitaria decide no volver a casa y cruzar el país visitando a su hermano, a un amigo, a una exnovia, hasta llegar a Los Ángeles a ver a su hijo que se queda un poco a cuadros al verle aparecer. La novela no empieza mal y, sobre todo, Tom no parece un idiota supremo como La Artista de July. Entiendes ese impulso de intentar dejar cosas atrás volviendo a lugares pasados para atar cabos, para solucionar problemas, para intentar deshacer lo que en su día crees que hiciste mal, para decir lo que entonces no te atreviste o para retirar lo que soltaste sin pensar y te ha perseguido desde entonces.
El resto de nuestras vidas es una novela correcta que no sabe bien cómo terminar y que se olvida nada más leer la última palabra. Un entretenimiento sencillo y sin más. Tiene ecos de Frank Bascombe. Claramente Richard Ford es una fuente de inspiración para Markovits.
«—A veces les decía a mis hijos que no tenían que hacer nada de lo que se fueran a arrepentir. La mayoría de las veces lo sabes de antemano, así que no tienes que hacerlo. Y esto me parece un buen ejemplo de eso.
—Vale—me dijo
—Es algo que siempre les decía. Tengo esa sensación de como de querer salir ileso. ¿Se entiende lo que digo?
—¿Salir ileso de qué?
—No sé, los próximos 20 años, los próximos 2 meses, lo que sea.
—Me parece una forma muy estúpida de vivir—dijo»
He copiado este párrafo porque retrata muy bien al personaje de Tom y a mucha gente. No es fácil dejar de hacer cosas porque crees que te arrepentirás en el futuro. Mejor dicho, es fácil dejar de hacer cosas como: un tatuaje con la cara de tu perro, raparte la cabeza, decidir dejar los estudios a la mitad, irte a recorrer el mundo con un manta y un cuchillo, cosas así, pero las acciones de las que puedes arrepentirte en el futuro a veces se toman en un impulso pasional difícil de parar. Pueden ser por amor, por deseo, por odio, por tristeza o por miedo. ¿Sabes que te arrepentirás en el futuro? Crees saberlo, pero la perspectiva de no hacer esas cosas, de no tomar esas decisiones en el presente parece mucho más aterradora. Al fin y al cabo lo que vives es el presente. El arrepentimiento futuro es algo que no existe cuando lo estás pensando.
La siguiente lectura fue Los ilusionistas, de Marcos Giralt Torrente. Éste lo compré porque me lo recomendó Tallón. No tenía ni idea de qué iba, ni siquiera sabía quién era Marcos Giral Torrente y me llevó un rato darme cuenta de que es el nieto de Gonzalo Torrente Ballester. Los ilusionistas es una crónica familiar, una elegía, un libro de memorias, un homenaje, una confesión, una crónica de posguerra, una crónica de los años 70 y 80 entre la burguesía rica y una venganza.
De adolescente o entrando en la veintena leí Los gozos y las sombras y me encantó, pero no soy mitómana para los escritores y nunca investigo sus vidas porque me dan igual. Bueno, creo que antes me daban igual y ahora he aprendido que cuanto menos sepa, mejor: menos posibilidades de arruinarme la lectura. Eso me ha pasado con Torrente Ballester, del que no sabía, por ejemplo, que se casó dos veces y tuvo 11 hijos. Marcos Giralt dedica el primer capítulo a la historia de sus abuelos, de dónde venían, cómo se conocieron y cómo fue su matrimonio hasta que ella murió, bastante joven, dejando cuatro hijos. Esos cuatro hijos son, de alguna manera, los protagonistas de Los ilusionistas. Esa primera parte está reconstruida a partir de las cartas que sus abuelos se enviaron durante años porque después de casados vivieron mucho tiempo separados. Ella se quedó en Galicia con los niños, pasando apuros económicos y encargándose de todo y él, con ambiciones literarias, se mudó varias veces hasta que recaló en Madrid desde donde mandaba cartas exigiendo continuamente. Exigiendo amor, exigiendo cartas con amoríos, exigiendo saber cuándo ella no iba a estar en su periodo fértil para planificar sus visitas a Galicia sabiendo que iban a poder acostarse sin peligro de tener otro embarazo, exigiendo que ella vistiera mejor, que le preocupara más su trabajo, que tuviera más conversación, que todo estuviera listo para sus visitas. Cuando él triunfa y por fin se mudan todos a Madrid ella muere a los cuatro años. Marcos Giralt Torrente sólo parafrasea esas cartas porque no tiene los derechos para reproducirlas tal cual y supongo, por tanto, que están de alguna manera dulcificadas. Aún así, Torrente Ballester se revela como un señor despreciable, machista, egoísta, egocéntrico, obsesionado con el sexo y centrado exclusivamente en sus intereses. En una carta pide a su mujer que cuando vivan juntos todo tendrá que estar organizado en función de su trabajo: silencio total, los horarios que a él le encajen y que nadie le molestará con menudencias sobre la casa. Exige también que ella se muestre dispuesta al sexo con más entusiasmo y que se interese por el trabajo intelectual de él.
Cuando, tras cuatro años viviendo toda la familia junta en Madrid, Josefina muere, al año y pico Torrente Ballester se casa con su segunda mujer y se desentiende bastante de sus cuatro hijos mayores. A uno de ellos, que se marcha a hacer el servicio militar, cuando vuelve le ha quitado la habitación en la casa familiar. A partir de ese momento mantiene con ellos una relación muy distante aunque a lo largo de los años cuando, especialmente los dos chicos, dan tumbos por la vida, uno de ellos hecho un delincuente, siempre les dió dinero para ayudarles. Cuando murió Gonzalo Torrente Ballester se descubrió que los cuatro hijos mayores no aparecían en el testamento y se desató una batalla legal entre las dos familias que se cerró con un acuerdo que, tal y como lo cuenta Giralt Torrente sin detalles, más parece una tregua provocada por el agotamiento de los dos bandos que por un acercamiento.
«Lo que es seguro es que quien se va casi siempre deja a sus deudos el equívoco legado de que todo cuanto les depare el porvenir puede ser evaluado a la luz de esa ausencia irreparable».
Esta es la historia que subyace en todo el libro, cómo la sombra de la personalidad y de los actos de Torrente Ballester y la prematura muerte de su madre modeló, impactó, destrozó o benefició a sus cuatros hijos mayores. Por eso el libro se organiza en capítulos dedicados a cada uno de ellos: los abuelos, los tíos de Marcos Giralt Torrente, su madre y la historia del propio autor que aparece entretejida con la de ellos.
«La familia es el territorio de la memoria. Memoria de sí misma y del mundo que la contiene. Memoria en construcción y no siempre fiable, donde el amor y el conflicto confluyen. Dejarla totalmente de lado no es posible, vuelve en los sueños y en las pesadillas. Nos proporciona los rudimentos para descifrar la realidad, nos forma y deforma, y, a poco que la escrutemos, nos confronta con el principal problema de la condición humana: ¿somos realmente libres para trazar nuestro destino?»
Escribir sobre la propia familia desde un punto de vista crítico y con elegancia es muy complicado. Giralt Torrente lo consigue y se mantiene en un equilibrio entre el cotilleo, la venganza y el reproche, sin resultar en ningún momento oportunista o revanchista. Los ilusionistas desborda amor por la familia a pesar de sus defectos, a pesar de las decepciones, de las desilusiones. Todos somos conscientes de los defectos de nuestras familias, pero ¿las cambiaríamos por otras? La mayoría no y Marcos tampoco.
«La infancia termina cuando aceptamos las reglas y comenzamos a elegir. Hasta ese momento predomina el pensamiento mágico y lo ajeno a uno parece una extraña fantasmagoría. Ni siquiera el transcurso del tiempo tiene entidad propia. Todo forma parte de una corriente inexplicable a la que llamamos vida. Por un lado está la vida y, por otro, nosotros; unas veces dentro y otras fuera.»
Esta frase sobre la infancia me pareció acertadísima. De niño uno siempre cree que en algún momento, cuando crezca, cuando se haga mayor empezará a vivir porque lo que está haciendo en ese momento es otra cosa. ¿Qué? No puedes definirlo, no lo sabes, pero no es «una vida» porque tú no decides nada. Cuando la leí se me quedó botando en la cabeza y un par de días después, al escuchar un episodio de Heavyweight en el que Jonathan Goldstein hablaba de su familia y de lo muy peculiar que es su madre, se encajó con esta otra frase que también me parece magistral:
«Quiero hablar del miedo, esa cosa que mi familia lleva dentro, como un traje de nieve con una cremallera rota que no se puede quitar, igual que nuestros propios errores. Quiero hablar de esa cosa sin nombre que une a todos los Goldstein, que nos enciende, nos impulsa y, en última instancia, nos paraliza».
Terminé el mes de julio dedicado, completamente por azar, a libros enfocados en las relaciones familiares con A las dos serán las tres, de Sergi Pàmies. Como siempre, no tenía ni idea de su argumento y resultó ser un volumen de relatos pero, esta vez, de autoficción. ¿Cuánto hay de real y cúanto de inventado? Eso queda a criterio del lector, que puede ir encajando algunas piezas y descartando otras sin saber nunca si la imagen es la real, la que tiene Pàmies al escribir, o es otra. Es como si terminaras un puzzle sin haber visto nunca la imagen que viene en la caja. ¿Se parecerá en algo? No lo sabes, pero el marco general (los bordes, las piezas azules siendo el cielo y las verdes siendo hierba) seguro que está bien colocado.
En A las dos serán las tres no hay el deslumbramiento de imaginación y originalidad de Infección y Debería caérsete la cara de vergüenza, que me chiflaron y que no paro de recomendar, pero Pàmies sigue teniendo un estilo tan original que lo sitúa en otro universo, uno en el que habita en solitario y que está muy muy lejos del lugar que pueblan los autores que ahora proliferan haciendo soporífera autoficción.
«El insomnio es espiral. Te engulle y te escupe hasta que pierdes la consciencia de estar despierto, dormido o en el limbo de una inestable vigilia. También es una rutina que asumes como una de las consecuencias de envejecer»
Aquí, en este volumen, a pesar de que cuenta cosas de su vida lo hace de otra manera, tiene un empeño en demostrar que es diferente, distinto, personal sin ser ni intenso ni pedante, optando por caminos narrativos arriesgados y menos trillados. La tercera persona, su desdoblamiento en un mismo relato en «el autor» y «el narrador», los puntos de vista, los detalles. Le decía a A. el otro día que si tuviera que definir la escritura de Pàmies, el adjetivo que utilizaría es cubista.
«¿Qué me gustaría decir? Que para mí escribir nunca fue la consecuencia de una predestinación sino de una carambola de tiempo libre y equilibrio entre esfuerzo, facilidad, azar y satisfacción».
Ni de lejos me acerco al nivel de Pàmies, pero esta cita me retrata mucho en cuanto a mis motivos para escribir. En serio, lee a Pàmies. Empieza por Infección. No esperes nada, solo lánzate y déjate sorprender.
Y hasta aquí los encadenados de julio. Veremos qué me depara agosto.
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Muy a favor de Pamies, en Catalunya además participa en programas de radio y tiene columna en el diario y es de esas personas que sin pretenderlo te lleva a la carcajada. Muy de su estilo tienes a Quim Monzó. Cuando se juntan los dos son de lo mejor. Tienen un libro en común que viene de una entrevista que les hicieron. Son dos personas muy curiosas e interesantes que no te dejan indiferente.
Gracias por el diario!!!
Es muy difícil cuando sabes del autor separar obra de vida, así, que, como dices, mejor saber lo mínimo. Luego hay otros escritores que se convierten en personajes para mí. Por ejemplo, Rosa Chacel, que me despierta una curiosidad tremenda. “Varados en Río” de Javier Montes me encantó cuando lo leí, hace años. Ahora estoy sumergida en su biografía, Íntima Atlántida, de Anna Caballé. Lo que está claro es que gracias a tu reseña me han entrado muchas ganas de leer a Giralt Torrente, no por el abuelo, sino por esa visión de la familia, el eterno tema que, a mí al menos, me obsesiona y persigue. Gracias, Ana!