Cuaderno de vacaciones. Capítulo 3
4 de agosto
He dormido fatal. Me costó dormirme y me he despertado varias veces. Unas para bajar al baño, otras por calor, otras por lo absurdo de mis sueños: ¿por qué sueño con el padre de Ximena Maier,1 un señor al que solo he visto una vez en mi vida y de lejos? Cuando ha sido Milo Ventimiglia el que ha aparecido abrazándome por detrás también me ha parecido sorprendente, pero ahí me ha jodido despertarme. Que no digo yo que el padre de Ximena no sea un señor encantador, pero no es lo mismo. No quiero escribir sobre sueños porque pocas cosas hay más aburridas que leer sobre los sueños de otros. Cuando escribí Los días iguales dediqué un capítulo entero a contar las pesadillas que la depresión me provocaba. No recuerdo ni una, aunque a lo mejor si me releo vuelven a mi cabeza con precisión. La cuestión es que cuando envié el libro a mi editor, me contestó: «Nadie quiere leer sobre los sueños de otros. Es aburrido». Me arrepiento de aquel capítulo.
Cuando no duermo, escucho podcasts. Me pongo los cascos y busco algo que me interese pero que no me apasione. Algo que sea monótono pero no aburrido. Algo que me acune. Ayer, alguien me recomendó una entrevista a David Mamet en el podcast Talk Easy with Sam Fragoso. Me pareció que cumplía todos mis requisitos: interesante sin ser apasionante, monótono pero no aburrido. Sam Fragoso, que tiene nombre de hobbit, es un tipo con una voz que parece falsa. Es nasal, redonda, casi parece que la estuviera falseando, pero rasca un poco, se queda un poco enganchada en el fondo de la garganta y después sale disparada por la nariz. Es una voz que sorprende pero no por lo habitual: ser demasiado grave o demasiado chillona, sino por algo inhabitual: es muy personal. Sam Fragoso además del nombre de hobbit y esa voz tan peculiar, se prepara sus entrevistas como si fuera una oposición a notarías. Siempre me sorprende lo a fondo que ha ido en su investigación, todo lo que ha leído y lo pertinente de sus preguntas. Lo sigo de manera intermitente, dependiendo del entrevistado o de mi insomnio. De David Mamet tenía una ligera idea: que era escritor de obras de teatro y guionista de cine (Glengarry Glen Ross, por ejemplo). Sabía tan poco que creía que estaba muerto. Ahora sé demasiado. Mamet es partidario de Trump, a quien considera un gran estadista; cree que «los políticos no tienen que hacer el bien, tienen que cumplir la Constitución»; piensa que los alumnos de Georgetown que se manifestaron contra el genocidio en Gaza son antisemitas y que hay que cerrar la universidad; y, en su opinión, la toma del Capitolio el 6 de enero de 2021 fue algo que ya se ha solucionado y que, bueno, «allí habia gente paseando que se extralimitó». Es repugnante escucharle porque además de todo eso habla con un tono de voz muy desagradable, es faltón y le dice a Fragoso que es que él es «un blandito al que le importan mucho los sentimientos». La entrevista es de las más incómodas que he escuchado nunca, tanto que esta mañana cuando me he cansado de fingir que iba a dormir algo la he buscado en vídeo para ver el final, a partir del minuto 1:07, cuando Fragoso ya no puede más de lidiar con tamaño cabestro y todo se va tensando hasta que Mamet sale del estudio cabreado y gritando. Al terminar, Fragoso se queda desfondado, agotado.
Ha sido también esta mañana cuando he descubierto que Fragoso tiene pinta de chaval que en 1995 entraba a hacer COU en un colegio que había sido solo de chicas hasta ese curso. Ese chaval que no se ligaba a nadie pero que era buenísima persona y del que acababas siendo muy amiga. El de mi colegio se llamaba Nikita.
Cuando he dicho que al levantarme he buscado el vídeo quizás has imaginado que me levanto de la cama con un grácil salto y bajo las escaleras canturreando para prepararme el desayuno. Quitando que yo no canturreo JAMÁS, y que casi nunca soy grácil en nada de lo que ejecuto, en esta casa, además, cuando me levanto siempre tengo la sensación de que los músculos de las piernas se me han acortado. Me pongo de pie y al bajar las escaleras tengo que agarrarme a la barandilla para que mis piernas vayan poco a poco cogiendo la longitud a la que estoy acostumbrada. Es una sensación rarísima que solo me ocurre aquí. He descartado que sea por caminar mucho, por llevar sandalias, por llevar determinadas zapatillas, por descansar en exceso. Empiezo a sospechar que el acortamiento de mis piernas es un efecto secundario de la relajación que alcanza mi cuerpo y mi mente cuando llevo aquí tres o cuatro días. A lo mejor estoy menguando.
Ha venido M. Hemos hecho rafting con ella y sus tres adolescentes. Ha sido divertido. El agua estaba helada y al tirarme desde una altura de casi tres metros me ha entrado agua hasta la coronilla.
En mis diez minutos de contemplación he estado enumerando todos los objetos que veía desde el sofá en el que estaba tirada. Al principio he pensado que me iba a sobrar tiempo, pero luego me he puesto minuciosa y al cumplirse el plazo aún me quedaban cosas por enumerar. Estoy tentada de escribirlas aquí todas, pero me da miedo aburrirte. Como con los sueños. Al volver a casa del fisio por la carretera me he encontrado un zorro. Se ha plantado en medio de la pista, me ha mirado fijamente, y luego con un elegante movimiento de cola, ha desaparecido en el bosque. Casi parecía un sueño.
Si no habéis leído el Cuaderno del Prado de Ximena Maier, corred a compradlo. Es un libro mágico, una manera diferente de visitar el museo. Una preciosidad.
El Cuaderno de vacaciones durará todo el mes de agosto y podrás leerlo gratis pero ¿has pensado en suscribirte? Me encantaría que lo hicieras y te lo agradecería infinito. Tendrías acceso a la newsletter extra del último domingo del mes, al club de escucha y al chat. Si, además, te haces miembro fundador, piénsalo ¿cuándo has sido fundador de algo?, hasta recibirás una carta manuscrita y varias tarjetas necesarias para tu vida con frases como “Me quiero ir a casa a leer” o “Desde tan abajo no explico”. ¿Cuándo fue la última vez que abriste el buzón y había una carta para ti? Serían rastros manuscritos que podrías guardar. Algo que dejaría una huella. Piénsalo.



Como entiendo lo de las escaleras!!! Vivo en un 4o sin ascensor, así que todos los dias del año bajo y subo bastantes escaleras, pero cuando estoy en el pueblo, al bajar del 2o piso, donde está el dormitorio al 1o, donde está la cocina me parece q los escalones son altísimos!!! Ayer pensé incluso en medirlos a ver si son o no más.altos de lo normal, pero eso de q las piernas se.me hayan encogido, nunca se me habia ocurrido 🤦♀️
No he dejado de sonreír con la descripción mañanera de la mujer menguante. Eres un caso, como decimos cariñosamente por aquí; o sea, tienes un magnífico sentido del humor.