Cuaderno de vacaciones. Capítulo 28
29 de agosto
Desde la cama se escucha una fuente. Tenemos la ventana abierta porque corre brisa. La brisa perfecta. Ni demasiado fuerte, ni tan ligera como para ser imperceptible, casi imaginaria. Es la brisa que en las películas consiguen con un ventilador y un ayudante de producción accionandolo para que las cortinas se muevan lo justo. Aquí no hay ventilador, ni las cortinas se mueven porque son pesadas y están atadas con alzapaños, PP pero la brisa es perfecta. Quizá venga de la sierra o del este o del oeste. No lo sé, no me importa.
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Como esto no es una película, se escucha también el motor de la neverita de la habitación y las páginas del libro que estoy leyendo. Se titula Deriva continental y es de Russell Banks. Dejo el libro a un lado y pienso que Deriva continental me lleva a las placas tectónicas y al sobresaliente que saqué en Naturales en el colegio. Me encantó aquel tema, me pareció magia pensar que hacíamos la vida encima de unas masas gigantescas que se movían sin que nosotros nos enterarámos e independientemente de lo que hiciéramos. Me daba risa y miedo al mismo tiempo, como la montaña rusa. Después pienso en la palabra deriva, en ir a la deriva... y en que agosto ha sido un poco así. Tenía un rumbo que era descansar, pero no he tenido prisa, ni un plan en mis días. ¿Podría decir que he ido derivando?
En el comedor nos atiende una jefa de sala que no tiene más de 20 años y que en el brazo lleva tatuado «Mi padre es mi ángel, mi madre es mi vida». Hay una camarera en prácticas de la escuela de hostelería que sólo tiene unos pocos años menos que nosotros. Está nerviosisima. Trato de tranquilizarla, cada vez que nos atiende, diciéndole «no se preocupe, todo está perfecto». No la conozco, pero quiero que esto le salga bien, que termine las prácticas con éxito y pueda quedarse en el restaurante trabajando.
Ahora lo mido todo en Orbelas. La habitación tiene los techos altos, tanto como el tejado de Orbela. «Aquí cabe la cama con dosel y una enorme lámpara castellana. En Orbela has metido dos pisos».
Cuando nos cansamos de descansar y elucubrar sobre el peso que aguantaría el dosel de la cama salimos a pasear. Parece un pueblo francés. A las siete de la tarde no hay nadie por la calle y tampoco se escuchan ruidos dentro de las casas. Paseamos mientras A me cuenta la vida de su escritor favorito. Yo no conozco esta ciudad. Durante muchos años vine cada año a un pueblo que está a 10 km para una celebración familiar del Ingeniero. Siempre pensé que ya tendría tiempo de visitarla, pero claro, me divorcié y dejé de venir a esas celebraciones. He vuelto por sorpresa. A la deriva.
Tengo antojo de granizado de limón y pasamos justo por delante de «Los Valencianos», una heladería tradicional, de esas con fotos antiguas en las paredes, supongo que de los primeros valencianos que decidieron asentarse aquí. Solo se puede pagar en efectivo y me gasto 4,20 en un granizado de limón de tamaño mediano. La señora me llama de usted al darme el cambio y a unas niñas que a mi lado han pedido una bola de helado en tarrina las llama señoritas. El granizado está delicioso y nada dulce.
En una calle encontramos gente. «Esa guerra no es la tuya», le dice un señor a su perro cuando se cruzan con otros dos que se están ladrando hasta desgañitarse.
«Lencería Real». Me doy cuenta de que me gustan las tiendas con la puerta retranqueada con respecto al escaparate. Ese espacio mínimo te permite prepararte para salir de la calle, para dejar de ser paseante y convertirte en cliente al entrar en la tienda. Me gusta muchísimo muchísimo que los escaparates sean redondeados, como los de la Lencería Real. Casi entro a comprarme algo.
De vuelta a la habitación se sigue escuchando la fuente del jardín debajo de nuestra ventana, la brisa sigue soplando y descubro que el ordenador ha muerto. Paso un momento de pánico pensando: ¿Y el cuaderno?
Escribo desde el móvil. Me adapto a la deriva de los acontecimientos. No ha sido fácil. Perdón por los errores.
Para celebrar los últimos días de mis vacaciones y de este Cuaderno, he decidido hacer una oferta especial Hasta el 1 de septiembre tienes un descuento del 20% en la suscripción anual. Me gusta escribir cada día, ojalá pudiera hacerlo todo el año pero para eso estaría bien que PENSARAS EN SUSCRIBIRTE. Me encantaría que lo hicieras y te lo agradecería infinito. Tendrías acceso a la newsletter extra del último domingo del mes, al club de escucha y al chat. Si, además, te haces miembro fundador, 70 € al año, piénsalo ¿cuándo has sido fundador de algo?, hasta recibirás una carta manuscrita y varias tarjetas necesarias para tu vida con frases como “Me quiero ir a casa a leer” o “Desde tan abajo no explico”. ¿Cuándo fue la última vez que abriste el buzón y había una carta para ti? Piénsalo.
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La puerta retranqueada, el lugar exacto para abrir el paraguas si está lloviendo.
Qué lindo texto. Me gustó la palabra "retranqueada".