Cuaderno de vacaciones. Capítulo 27
28 de agosto

Este cuaderno de vacaciones es el lugar perfecto para confesar que tengo nostalgia del blog. En cierta manera esto es lo mismo, escribo igual que escribía allí pero, a veces, me siento un poco culpable. Siento que todo lo que escribí allí lo he dejado arrinconado, no le hago caso, como esa ropa que tienes en el armario, que te gusta, que conoces, que te ha acompañado pero que ya no encuentras el momento de ponerte. Ayer se revolucionó un poco mi cuenta de Instagram y mucha gente empezó a contarme desde cuándo me seguía, si me habían conocido por redes sociales o por el blog, si eran jovencísimas cuando empezaron a leerme y ahora tienen ya una edad, si les caigo bien o mal o cómo, por qué texto habían llegado a mí. De entre todos esos escritos mencionados, uno de los que más apareció fue El luto hacia delante. un post al que le tengo un especial cariño porque creo que lo escribí en un momento de especial inspiración y también de especial sensibilidad.
Fue en febrero de 2011, tenía por entonces 38 años, catorce menos de los que tengo ahora. Mi vida parecía encarrilada: trabajo, casa, hipoteca a treinta años, pareja estable, dos hijas. Aquel día habían pasado catorce años desde la muerte de mi padre y mi hija María, que tenía entonces siete , me preguntó por él y me dijo que le hubiera gustado conocerlo.
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Hemos tenido conversaciones así muchas veces. Ya han pasado la edad que tenía mi hermano pequeño cuando murió mi padre, les cuento historias de su familia y, ahora que mi hermano se está dedicando a hacer un árbol genealógico de la familia y por la parte paterna ha conseguido llegar hasta el siglo XVI, tienen curiosidad por su abuelo, por qué pensaría de ellas, qué les diría, cómo las trataría, cómo estaría mi madre si él siguiera vivo, qué tipo de matrimonio serían. «¿Crees que le gustarían los perros?» «No creo», les digo yo, «pero también creo que por sus nietos aceptaría cualquier cosa».
Han pasado catorce años desde que escribí aquel texto y casi veintiocho años desde que murió mi padre. Esto ya lo he contado: se levantó el día del cumpleaños de mi madre, el 1 de noviembre, y se fue al monte con sus amigos de excursión. En mitad de la montaña se giró y le dijo a mi madre: «Los churros del desayuno me han sentado fatal» y cayó desplomado. Uno de sus amigos, médico, intentó reanimarlo, pero fue un infarto fulminante y no se pudo hacer nada. Lo bajaron en helicóptero y nosotros, mis hermanos y yo, nos enteramos muchas horas después.
Cuando lo supimos, cuando ocurrió, lo primero que sentí fue nada. Era como ser de corcho. En un primer momento, en las primeras semanas o meses, vives en una especie de limbo, disociando, que dirían ahora los modernos, te ves como desde fuera, esperando inconscientemente a que todo vuelva a la normalidad y recuperes tu vida de antes. Tardas un tiempo en darte cuenta de que tu vida de antes no va a volver nunca y que lo que tienes que hacer es aprender a vivir con ese hueco en el alma. Duele tanto que te ahogas y abres la boca para coger aire y seguir respirando.
Después pasan todas esas ocasiones en las que uno piensa «es la primera vez sin». El primer cumpleaños, la primera Navidad, el primer verano, la primera vez que vuelves a Los Molinos, el primer aniversario… es una vuelta entera al calendario «sin». Curiosamente, antes de que te pase, uno cree que esas grandes fechas serán las que más dolerán, pero no: duelen más los detalles.
Los detalles son lo que viene después. Es la etapa de echar de menos. No es echar de menos a lo grande, en plan melodramático y tal. No, no. Es algo más sutil.
Te sientas a ver la tele y sin saber por qué el hueco donde se sentaba antes se queda vacío. Llegas a casa y al final del pasillo no está la luz de su despacho encendida. Entras en su coche y no huele a él. Te despiertas por las mañanas y no oyes sus pasos por el pasillo. Te dan una beca para hacer un máster y tardas unos minutos en darte cuenta de que no podrás decírselo. Encuentras una grabadora, le das al play y escuchas su voz y entonces reparas en que se te ha olvidado su voz. Cada vez que una de esas pequeñas cosas ocurre y eres consciente de ellas, le echas de menos. Y duele porque piensas «esa chorrada... ya jamás nunca va a volver a pasar».
Y luego, mucho después viene el luto hacia delante. Echas de menos lo que nunca tendrás y nunca compartirás. Y es otra cosa que duele muchísimo.
En 2008, mucho antes de que se pusiera de moda y todo el mundo la leyera, le regalé a mi madre El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Lo leyó y me dijo: «Me sorprende que te haya gustado porque la autora cuenta lo que sintió al perder a su marido después de muchos años de convivencia». Entonces le expliqué que yo entendía su luto, el luto que se lleva por una pareja de treinta años. Ella echaba, y echa, de menos lo que tuvo, los mil años que estuvieron juntos. Era un luto hacia atrás en su mayoría, compuesto de recuerdos.
El luto que siento yo es hacia delante. Cuando en 2011 escribí por primera vez sobre esto, como ya he dicho, tenía casa, hipoteca, pareja, dos hijas, un trabajo en Toledo. No era ni de lejos la persona que era cuando murió mi padre. Por entonces los recuerdos que tenía con él se estaban desvaneciendo porque muchos eran de cuando yo era muy pequeña. No era capaz de evocarlos con nitidez y tampoco habíamos compartido tanto. Ahora tengo cincuenta y dos años, esos recuerdos compartidos casi se han desvanecido, los mantengo a fuerza de escritura y relato a mis hijas. En mi vida tengo más años sin él que con él. Y (esto es un pensamiento un poco siniestro) si sobrevivo al año que viene habré vivido más que él. Cuando murió, yo tenía 24 años y era una piltrafilla llena de inseguridades y no tenía ni puñetera idea de que iba a ser de su vida.No soy la persona que él conoció. No sé si soy mejor o peor, pero soy distinta. Si él viviera ahora no sé qué relación tendríamos... y lo que me mata es que nunca lo sabré.
Muchas veces, casi siempre cuando voy conduciendo, pienso en cómo sería si siguiera vivo. En cómo nos llevaríamos ahora, en si le gustarían los podcasts, en si estaría orgulloso de mis hijas, de tener una nieta ingeniera. Últimamente, cuando paseo por Orbela vigilando la obra me lo imagino por allí, controlando a los obreros, mirando los planos, opinando sobre todo. Me encantaría que viera dónde he llegado. No es lejos ni arriba, no es una cumbre de éxito, pero he llegado hasta aquí. ¿Me leería?
A veces, si dejo volar mucho la imaginación, lo visualizo como un anciano feliz que este 2025 cumpliría 82 años. Creo que viviría en Los Molinos, a lo mejor habría vuelto a fumar como siempre dijo que haría después de jubilarse y disfrutaría de sus nietos siempre que estos no le dieran la brasa. Seguiría paseando con los brazos a la espalda, sentándose en el sofá colocando siempre un brazo en el respaldo y su sitio en la mesa de la cocina seguiría siendo el mismo.
Luego lo dejo porque me da vértigo. Es una sensación muy rara. En mi relación con mi padre estoy anclada en los 24 años, en quien era entonces; e imaginar lo que sería ahora, lo que nos hemos perdido de compartir, da vértigo. Es como si estuviera en una carretera por la que voy avanzando sin saber qué me encontraré, camino hacia delante sin saber qué habrá en el siguiente paso, pero sé que lo que sea que haya no podré compartirlo con él y que lo voy dejando atrás, cada vez más atrás…
Y luego dejo de pensarlo porque, si no, lloro. Y yo lloro fatal.
El luto hacia delante es una putada. Es todo lo que pudo haber sido, todo lo que tenía que haber sido y no será. Y además no hay nada sobre lo que basarse. La parte de mi vida que compartí con él ya no tiene nada que ver con la vida que tengo ahora.
En 2011 escribí la primera versión de este texto, hoy lo he revisado y reescrito. Estoy más lejos de él que entonces, más lejos de lo que compartimos y, además, avanzo sin cesar agrandando nuestra separación. Siempre se dice que son los muertos los que se van, pero se me acaba de ocurrir que es al revés. Ellos se quedan donde están, donde estabas con ellos. Somos nosotros, los vivos, los que nos alejamos avanzando por el luto hacia delante.
Nunca sabré cómo sería ahora mi relación con mi padre, qué le habría parecido mi vida. He vivido más años sin él que con él. Y si sobrevivo al año que viene habré vivido más años de los que él vivió.
PS: un cuaderno de vacaciones también está para releer, recordar y reescribir.
Aquí puedes leer todas las entradas del Cuaderno de vacaciones
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Ay, Ana...! hay otro luto que no es ni adelante ni atras, es el del momento,... mi padre vive con nosotros desde hace 7 años, desde que murio mi madre, pero ese señor que vive en mi casa y ocupa mi salon, no es mi padre,... de alguna forma , en algun momento hice un "click" de supervivencia e hice un luto en ese momento por mi padre, me .recoste por ultima vez en su barriga y me despedí de él,... mi padre ya no mira obras, ni juega, ni lee (esta ciego), ni me cuenta ni a mis hijos...
No sabe bien ni lo que hago, ¿bajas a la tienda?, pregunta mil veces al dia donde estan los chiquillos (aunque ya tienen 21 y 17) y no recuerda apenas nada que haya pasado en los ultimos días. Y sin embargo, ahi esta, conmigo, huele como el huele, su voz suena como la suya, sus manos son sus manos ... y es feliz a su manera porque sabe que esta en casa.
A veces me enfado con el como con un chiquillo y con esos mismos ojos me mira, como ese mismo niño que tuvo que ser, y entonces me duele mas, porque es cuando mas le echo de menos teniendole delante.
Recuerdo aquel post en tu blog (yo también soy de las muy antiguas) y me he emocionado al leerte hoy, seguramente porque también perdí a mi padre joven. ¡¡Gracias!!
Qué bien lo cuentas 😊