Cuaderno de vacaciones. Capítulo 25
26 de agosto
Hay días que son anodinos. No están mal, tampoco bien. No haces nada especial pero consigues pequeños logros. No ves a nadie fuera de tu círculo habitual pero tienes alguna conversación relevante con alguien habitual. No terminas ninguna tarea complicada pero cierras una minúscula gestión como vaciar la carpeta de papeles y tickets viejos. No son viernes ni lunes. Si te preguntaran si crees que este día vas a olvidarlo por completo, dirías que sí, que este día no lo recordarás dentro de un año, seis meses o la semana que viene.
Pero la verdad es que no lo sabes.
Me resulta curiosísimo como, por ejemplo, cuando estoy haciendo ejercicio mi mente, que ni se queda en blanco ni fluye como dicen los flipados del deporte, se va a imágenes de días que en principio no parecieron en su momento tener mucho fuste. Un día en Segovia con A, paseando con paraguas. Otro con las niñas yendo a la biblioteca en patinete, una cena en San Sebastián de la que solo recuerdo el postre, veo unas zapatillas azules y un vestido a juego que mi madre me ponía cuando vivíamos con mis abuelos. Días así, imágenes así, que por alguna razón se quedan pegadas a las paredes de mi cabeza o no, mejor dicho, son como folletos publicitarios que siempre encuentras en el buzón de casa. No hay manera de librarte de ellas. Siempre están ahí. No es que quiera librarme de esos recuerdos, pueden ser insignificantes, tienen gracia en su pequeñez, pero me gustaría que dejaran huecos para otros momentos que sé que he olvidado. ¿Se puede saber qué has olvidado? Claro.
Pues hoy ha sido un día así. He ido al fisio por lo de mi mandíbula, he tenido la lavadora, he escrito muchísimo en mi cuaderno, he mandado una carta a una fundadora. He intentado planchar pero mi hermana se había hecho fuerte con la plancha y cuando he salido al jardín a sentarme a leer bajo el castaño, han aparecido todos mis hermanos, mi cuñada y otro amigo y he cambiado la lectura por la tertulia.
No hemos hablado de nada trascendente; la organización de Nochebuena porque se avecinan cambios para el sarao que montamos con 35 personas. Hemos comentado qué ruina contaríamos si fuéramos a La Ruina. Mi hermana ha sacado una bolsa enorme de zapatillas que a sus hijos ya no les valen y ha repartido. Me he enterado de que mi sobrino de 8 años no sabe ni atarse los cordones ni cortarse el filete porque le da pereza. Cuando se ha ido le he hecho prometerme que la próxima vez que nos veamos ya sabrá atarse los cordones. Creo que aprenderá porque se ha llevado unas zapatillas muy chulas de las que mi hermana estaba desechando. Los perros han intentado comerse mi libro, mi móvil, una madalena directamente de la mano de mi sobrino, un casco. Se han comido un par de piñas. En un determinado momento hemos empezado a escuchar ruidos raros que venían de la piscina. Mi hermana se la levantado a mirar y resulta que en la piscina, a tres metros de dónde estábamos sentados, llovía pero debajo del castaño no caía una gota. Hemos hablado de los ratones que viven sobre el techo del salón y de si el tratamiento de los señores antiratones está funcionando. No se han encontrado cadáveres pero ya no se les oye. Mi cuñada quiere cantar en un karaoke y ninguno queremos acompañarla. Mi hermano me ha pedido que el jueves cuidara a mis sobrinos, el de los cordones y su hermana, pero no estaré aquí. Ese día, en un bar del pueblo organizan un Trivial. «¡Qué bien! Cuando viva aquí todo el año bajaré a jugar» le he dicho. «Ana, no, si bajas tú arruinas la gracia porque siempre ganas». Hemos repasado el calendario de las fiestas de los pueblos cercanos. Todos los años la misma discusión. ¿Va antes Collado o Navacerrada? ¿Cuándo son las de Cercedilla? ¿Qué haremos en las de Los Molinos? Repaso de fechas por parte de mi madre aunque luego no recuerda nada: «Ana, ¿tú cuando te vas?¸ ¿cuándo llega Clara?, Elena, tu te vas mañana y cuando vuelves?» Mi sobrina de 7 años ha declarado que su persona favorita es su madre junto con su padre y Clara. En un momento dado, con el cielo completamente azul, olía a tierra mojada.
La tertulia se ha disuelto a las nueve y media.
Me ha dolido la cabeza todo el día.
No tengo ni idea si algo de lo que ha ocurrido hoy se convertirá en otra de esas imágenes que por alguna razón no olvido: todos sentados debajo del castaño, un día cualquiera, que no es viernes ni lunes, un martes normal. Un martes en el que pensé: qué suerte tenemos.
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¡Buenos días! En su día no comenté respecto a La Ruina, pero dos que me gustaron mucho fueron la de una chica que intentaba acceder a un festival de música por el mar, creo que en Bcn y otra de un paseador de perros en Zgz. Si encuentro los números de episodios los pongo por aquí. ¡Buen día!
Pues si, es una suerte poder tener días así 😊
Por cierto no se porqué, hoy no me sale el ❤️ para dar me gusta. Alguien más por aquí?