Cuaderno de vacaciones. Capítulo 23
24 de agosto
La primera vez que estuve en San Juan de Luz fue hace seis años. Había ido a trabajar al Festival de cine de San Sebastián. Desde allí nos escapamos tres días a San Juan de Luz y Biarritz. Era mediados, finales de septiembre y había muy poca gente. No tan poca como a las siete de la tarde un miércoles en Orthez pero ni de lejos tanta como había hoy. San Juan de luz es precioso pero es un poco, y sé que hay gente que va a matarme por esto, el Benidorm de estas costas. Es más bonito, las tiendas son más pijas y se habla francés pero la Grande plage estaba hoy como la playa de poniente de Benidorm. No nos ha importado. A las cuatro de la tarde nos hemos establecido en la playa y nos hemos lanzado a nadar un buen rato porque al contrario de las playas paradisíacas de Biarritz, Anglet o Capbretón, en el mar de San Juan de Luz se puede nadar casi como en una piscina. Vamos, hay más olas en Benidorm. Hemos ido nadando hasta las boyas. María se ha metido conmigo y ha hecho el tonto como cuando era pequeña «Mamá, mamá...espérame, espérame». Ha venido hasta mí, nadando a perrito y sin meter la cabeza, para luego rodearme con sus piernas y decirme «no me sueltes». Ya no puedo sostenerla. Al menos no físicamente. Luego, también como cuando era pequeña, la he obligado a nadar bien, a nadar como sabe, pero en vez de decirle como hace quince años, «María, enséñame cómo nadas», le he dicho « A ver, que quiero mi inversión de diez años de clases de natación y un curso de socorrista» y como ella estaba de buen humor me ha hecho una exhibición. Nada espectacularmente bien.
Cuando la playa ha empezado a vaciarse ha llegado el mejor momento, la puesta de sol. Un sol naranja y rojo que se ponía por detrás del fuerte de Socoa. Hace seis años recorrimos el paseo marítimo desde el puerto hasta la Capilla de Santa Bárbara. Allí en esa colina había una exposición artística que consistía en fragmentos de espejo de distintas formas y tamaños colocados sobre la hierba en distintos ángulos. Volvimos por el mismo camino para llegar otra vez a la Grande Plage justo cuando el sol se ponía, como hoy, tras el fuerte de Socoa.
Entonces hicimos fotos. Hoy también. En 2019 metí los pies en el mar. Hoy también. Llevaba entonces mi falda de rayas de colores, hoy una camisa blanca y un pañuelo verde en la cabeza. En 2019 me quedaban cinco meses para dejar de teñirme. Llegó la pandemia, no volví nunca más al Festival de San Sebastián, me cambié de trabajo y en 2022 empecé a traer a mis hijas a Francia. Hace seis años cuando el sol desapareció tras el fuerte Juan y yo cenamos en un restaurante del paseo marítimo. Hoy, cuando se ha hecho de noche, hemos vuelto a casa en silencio porque estábamos cansados de escuchar música.
Al llegar María ha dicho «¿y si probamos a jugar al frontón con las palas de la playa?» y ahí hemos estado, quitándonos la espinita porque tener el frontón enfrente de casa y no jugar en toda la semana era algo que no íbamos a permitir.

También hoy me he terminado el libro que comenté ayer, El valor de la atención. He llegado al final haciendo trampas, saltándome un par de capítulos y las conclusiones. Cien páginas interesantes y luego Turra Mítica.
Me he comprado una preciosa bolsa de rayas de colores.
En 2019 escribí sobre hombres franceses. Hoy sobre recordar quién eras cuando vuelves a lugares felices.
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Turra Mítica. Que sepas que meses después sigue siendo uno de mis memes/stickers favoritos. No sé cómo he podido vivir tantos años sin él.
Fui a San Juan de Luz en el otoño de 2001. Pasaba por un momento laboral súper estresante y tuve que parar unas cuantas semanas para no volverme loca. Estuvimos allí, Andrés y yo, unos días. Me encantó, lo disfruté mucho e incluso me pidieron matrimonio jajajajaja. Me casé seis meses después. Qué cosas