Cuaderno de vacaciones. Capítulo 22
23 de agosto
Me dejé el libro que estaba leyendo en Madrid pero no el que traía de repuesto. Así que estoy dedicando los ratitos de lectura que tengo, que no son muchos, a El valor de la atención de un tal Johann Hari. Es una de esas lecturas que hay que hacer con lápiz (siempre llevo en el bolso un lápiz y un sacapuntas) para ir subrayando todas las ideas interesantes que va soltando. También se repite mucho pero básicamente, el concepto del libro es algo que todos hemos experimentado: nuestra capacidad de concentración se está yendo a la mierda. Todos tenemos la sensación de que nos cuesta la vida centrarnos un rato largo en algo en concreto (ahora mismo, mientras escribo esto, estoy haciendo esfuerzos por no pinchar en una de las quince pestañas que tengo abiertas. Pestañas que podría cerrar para no distraerme pero que no cierro. He decidido que el lunes empezaré a tener solo una pestaña abierta en el navegador o, como mucho, dos). Todos sentimos que hemos perdido memoria, que no recordamos lo que leemos. Y todos creemos que es porque estamos enviciados con el móvil, que es cierto pero no es solo por eso.
Hoy le he dedicado en la playa bastante tiempo a esta lectura. Iba leyendo y asintiendo o diciendo «Hari, cariño, te repites» y, de vez en cuando, entre subrayado y subrayado, paraba de leer y miraba a mi alrededor. Lo bueno de las playas de Las Landas es que son kilométricas así que nunca tienes la sensación de que estás pegado a otros. Lo bueno de las playas de Las Landas es que están llenas de franceses que son gente muy silenciosa y muy limpia. Sé que es horrible comparar pero ni un grito, ni un altavoz con reggaeton, ni un papel ni un desperdicio en la playa. Por no haber no hay ni papeleras porque la gente se lleva su mierda a casa. Lo impresionante de esta playa en concreto era también la increíble concentración de personas guapas y la escasez de gente gorda. Los franceses son además gente disciplinada. Que en una playa de 12 kilómetros haya solo 4 o 5 secciones permitidas de baño con socorristas y que los franceses se agolpen en ellas para bañarse donde deben me deja maravillada. Yo también me he bañado ahí, claro. Soy una persona con criterio y aunque nado con bastante profesionalidad no me apetece nada dar el espectáculo al tener que ser rescatada de la corriente brutal del Atlántico. Aún así me asombra que sean poquísimas las personas que se lanzan a nadar en las zonas no acotadas.En playas españolas he visto a grandes inconscientes diciendo cosas como «yo me baño donde quiero y además si me quedo en la orilla no pasa nada» antes de ser engullidos por las olas y devueltos a la orilla con el bañador en el cogote y el ego empanado de arena.
Cuando volvía al libro, me daba cuenta de que al mismo tiempo que leía mi mente estaba pensando en varias cosas, en aquello con lo que estaba de acuerdo, en aquello en que me veía reflejada, en mis propósitos para conseguir centrarme más en cuanto vuelva de vacaciones. A ratos me parecía que no estaba leyendo bien, que no me estaba concentrando pero entonces he llegado a un párrafo en el que Hari dice:
«Cuando leemos un libro [...] obviamente nos centramos en las palabras y las frases concretas, pero siempre existe una porción de nuestra mente que divaga. [...] No se trata de un defecto en nuestra manera de leer. Eso, precisamente, es leer. Si el lector no dejara que su mente divagara un poco en este momento, en realidad no estaría leyendo este libro de la manera que tuviera sentido para él. Disponer de suficiente espacio mental para vagar es esencial para que el lector pueda entender un libro»
He pensado entonces en este cuaderno y en toda la gente que lo lee cada día. Miles de personas que, durante sus vacaciones o en un hueco en el trabajo, leen este cuaderno y divagan por su espacio mental pensando en sus vacaciones ya consumidas, en las que harán próximamente, en recuerdos de viajes pasados o cualquier otra cosa.
Tambien he dado un paseo largo observando a la gente en la playa y recordando las pelis de Rohmer, especialmente Cuento de verano. A mi las pelis de Rohmer me resultan aburridisimas pero no puedo dejar de verlas porque me hipnotizan (a veces me duermo). Me gustan los paisajes, las casas, el ritmo absurdo de vida que retratan siempre y las conversaciones absolutamente banales que siempre parecen pensadas para sacarme de quicio. Pero ocurre una cosa curiosa, yo quiero la vida de los personajes de la pelis de Rohmer pero no ser ellos. Quiero su ocio, sus playas, las casas, su languidez, sus comidas, la luz. Si me apuras hasta la ropa.
En la playa, a nuestro alrededor, he detectado cuatro o cinco parejas que podrían haber sido esos personajes. Parejas que llegaban con la bolsa, un par de toallas, ellas guapas pero no despampanantes (ni locas del gimnasio y la proteína, que de esas he visto también varias raspas), mujeres que te caen simpáticas nada más verlas porque además sientes que son listas. Ellos siempre parecen más apocados, más pensando «no puede ser que tenga tanta suerte. A ver si no la cago» Como mi francés es limitado, las distancias en esta playa eran grandes y soplaba viento, no he podido confirmar si las conversaciones que tenían eran tontas o interesantísimas pero me ha gustado verlas. A lo mejor también quería un poco sus vidas.
Frente a mí había también un grupo grande de amigos de más de cuarenta y cinco. Ellos y ellas. Algunos matrimonios, otros no. Sin hijos, solo había un par de chavales de unos doce o así. Me han sorprendido. Me parecía un grupo inmenso para organizarse e ir de vacaciones todos juntos. Luego he pensado que a lo mejor todos tienen casa en Biarritz y quedan cada sábado en la playa para pasar el día juntos. Eso sí, nada de comida. Solo charleta y charleta y charleta y muchos besos al llegar y al marcharse. Nada de llegar y decir «hola todos». No, no. El que llegaba, iba pasando de uno en uno dando dos besos a todo el mundo. Me ha parecido un compromiso con la educación muy admirable. Este grupo me ha recordado a la peli Pequeñas mentiras sin importancia, en la que también todos se saludan siempre con dos besos y charlan y charlan sobre la nada o sobre todo porque entre ellos todo está dicho o sentido.
Había también un chaval que era como si a Bad Bunny lo hubieran estirado y midiera dos diez.
Me ha sorprendido también que es tendencia en las playas de Francia una especie de pequeñísimo taburete de tijera con lona que usan para estar semi tumbados porque se recuestan sobre él apoyando la parte de arriba de la espalda. Creo que a España esto no ha llegado pero claro, este ha sido mi primer día de playa del año así que lo mismo en nuestras costas esto también es tendencia y yo no me he enterado.
Cuando he vuelto a Hari he llegado a un fragmento en el que explican que tras un estudio científico comprobaron que la gente que lee muchas novelas es mejor leyendo las emociones de los demás, adivinando lo que ocurre a su alrededor. No sé si adivino algo pero me encanta tener tiempo para mirar y divagar. Siempre se me ocurren cosas y además puedo venir aquí y escribirlas.
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Completamente de acuerdo con Hari en lo del último párrafo. Igual es casualidad, pero mi jefe la última novela q debió leerse fue obligado en clase de literatura en el instituto.... es una nulidad identificando el comportamiento y sentimientos de sus empleados. Y lo intenta eh! Pero no se entera de nada 🤦♀️
Lo del taburete de loneta, yo lo he visto por 1a vez este año en España. Un amigo se lo llevaba a la piscina. Tiene una esterilla cosida a uno de los bordes del taburete, así que si lo estie des bien en una zona lisa, es como una tumbona sin patas. Me.parecio ideada para leer en playa o piscina, pq además una vez plegado, no ocupa nada
A mí me encanta leer tu cuaderno de vacaciones. Me da inspiración porque me encantaría hacer la idea.
Esas playas que describes suenan maravillosas.