Cuaderno de vacaciones. Capítulo 20
21 de agosto
Los de Madrid tenemos un problema cuando viajamos hacia el norte y es que no sabemos gestionar la imprevisibilidad climatológica. Vivimos en un sitio en el que si por la mañana hace sol, por la tarde hará sol. Es más, es muy posible que el sol luzca días y días seguidos sin una nube. Por la misma razón, los pocos días que llueve bien, sabemos que si nos levantamos con el cielo gris, nos acostaremos con el cielo gris. Es una ciudad horrible y, además, climatológicamente hablando es aburridísima. Cuando viajamos al sur, el hastío con el tiempo se acentúa: en la costa siempre hace sol y si llueve cae como si no hubiera mañana. No hay sorpresas, no hay diversión.
A los de Madrid la imprevisibilidad climatológica nos desarma. En un solo día he dicho las siguientes frases: «voy a ponerme pantalón largo porque hoy daban mucha lluvia» «llevo jersey e impermeable» «luce el sol, hace día de playa, me he equivocado de ropa»,«¡está super negro! ¡llueve!» «este viento es helador», «madre mía, qué calor tengo ahora» «pues si que hacía día de playa», «ahora tengo frío», «qué bien me viene el jersey» «podíamos cenar fuera porque se ha quedado una noche fantástica», un despiporre de sensaciones térmicas. Por no hablar de que cuando llevo unos cuantos días por aquí, 25º grados me parece una temperatura escandalosamente calurosa. Y así ha transcurrido el día, gestionando la imprevisibilidad climatológica como he podido, entre camiseta de tirantes, sobre camisa de manga larga, sudadera, chubasquero y todas las combinaciones posibles de estas prendas exceptuando las de quitármelas todas.
En Capbreton he vuelto a comprobar una sensación que tengo siempre cuando contemplo un océano: se ve más cielo. La primera vez que lo sentí así fue en las playas de Washington y Oregón. Recuerdo que allí sentí que el cielo era más grande, que era inmenso, inabarcable y, también, que estaba más cerca, que podía llegar a aplastarme. Frente al Atlántico he tenido la misma sensación, he vuelto a sentirme microscópica.
Un poco microscópicos eran los mejillones a la crema que he tomado a mediodía pero estaban riquísimos. A varias avispas también les han resultado fascinantes y revoloteaban a nuestro alrededor ante mi completa indiferencia y la histeria de mi hija María que en cuanto ve una avispa empieza a mover los brazos que ni en los mejores tiempos de Locomía.
En Capbreton hemos pateado L'Estacade y desde allí hemos recorrido la playa para luego callejear por una colonia de chalets con grandes jardines. Por supuesto, íbamos jugando a «en esta viviría, en esta no» y comentando como algo así es impensable en España. Ni una sola torre de apartamentos, ni una piscina, solo pequeñas construcciones en calles tranquilas. En el centro de pueblo había más gente, sobre todo porque ha salido el sol, lo que ha hecho que sus habitantes salieran de casa, agarraran sus bicis y empezaran a pedalear como maniacos por todo el pueblo. Eran un enjambre de ciclistas de todas las tallas y colores: señores, señoras, familias, niños, madres con bici con carro, jóvenes, pandillas de chavales. Casi cantamos la canción de los caracoles pero con los capbretonenses. «Capbretón, ton, ton, saca tu bici al sol, que tu padre y tu madre ya lo sacó...y andan por ahí pedaleando»
Antes de sentirnos en medio del tour de Francia hemos cogido el coche para ir a Bayona pero a medio camino hemos parado en el parque de Castrillon que, como su propio nombre indica es un parque y lo que no queda tan claro por el nombre, o sí, es que dentro tiene una especie de palacete, no llega a castillo, bastante chulo. No se puede visitar, está rodeado por una alambrada porque lo tienen derruido por dentro y conservan sólo la fachada pero, a pesar de esto, resulta curioso. Da para imaginar tragedias, amoríos, crímenes y todo tipo de aventuras. El parque es precioso, con árboles centenarios y un gran lago rodeado por un bosque de bambú por el que he metido campo a través a mis acompañantes al grito «venga, no seáis rajados, pensad que estáis en Vietnam». De dónde he sacado esa frase y con qué propósito todavía se me escapa. Eso sí, casi me resbalo al tratar de saltar un tronco caído en medio de ese bosque y la aventura acaba en tragedia.
Empiezo a sospechar que las altas autoridades turísticas de la región leen esta newsletter y han querido poner freno a mis fantasiosas elucubraciones sobre la población local. Supongo que el superintendente de la región ha llamado al responsable de turismo y le ha dicho: «¡Gastón, esto no puede ser. Hay por ahí una tipa diciendo que aquí no vive nadie y que los franceses solo nos movemos para ir a mercadillos!» A lo que Gastón ha contestado «pero Dominique, siempre supimos que este día llegaría, que alguien se daría cuenta y nos delataría. ¿Qué pretendes qué haga?» «Gastón, no me repliques, esto hay que solucionarlo. Les he hackeado el google maps y veo que van a Bayona, lleva a todos los efectivos de la región a esa ciudad. La quiero a reventar, como si fuera la Gran Vía. Mueve a todo el que no esté montando en bici en Capbreton a la calle de España de Bayona. Es una orden»



Debo decir que Gastón ha cumplido. En Bayona había un tráfico infernal, muchísimo peatones, los parkings aparecían completos en los carteles (aunque luego hemos encontrado sitio en uno después de esperar 30 segundos en la cola) y la calle de España parecía la Gran Vía de Madrid justo en la manzana donde está el Primark. ¡Qué listos los franceses! he pensado. Quieren hacernos creer que Bayona, además de una ciudad preciosísima, es bulliciosa y está llena de vida. Era impresionante la cantidad de gente que había, todos con pinta de ser muy franceses y estar disfrutando de la vida. «No me creo nada» ha dicho Juan,«tenemos que fijarnos bien, seguro que así nos daremos cuenta de que son siempre los mismos y se van cambiando la ropa cuando doblan la esquina». Hemos decidido fingir que nos creíamos a esa muchedumbre y además, se nos ha ido de la cabeza este tema cuando hemos empezado a entrar y salir de tiendecitas muy apetecibles. En una de ellas he encontrado unas sandalias rojas de charol preciosísimas a un precio incompatible con dejarlas ahí. Así que en este viaje ya he encontrado mi prenda de ropa/calzado de ser feliz. «Otra cosita hecha» como diría mi ex.
Por Bayona hemos paseado muchísimo, sin rumbo, sin destino fijo, solo por el placer de callejear, de ver a la gente, de escuchar a los grupos que tocaban en las esquinas, de fijarnos en las ventanas, la ropa tendida, los banderines, los grupos de amigos sentados en los bares tomando algo, el resto de turistas como nosotros, un niño en bici sin pedales que ha subido la cuesta hasta la catedral para luego lanzarse entre los paseantes frenando con sus pequeños pies y quemando zapatilla. Íbamos tan entretenidos que hemos tardado en darnos cuenta de que las calles se iban vaciando poco a poco. Para cuando nos marchamos a las ocho y media, ya no quedaba un alma, el parking estaba casi vacío y hemos vuelto a casa por una carretera comarcal increíblemente recta y flanqueada por plátanos enormes (el árbol, no la fruta... eso sí que hubiera sido una locura) en la que nos hemos cruzado solo con un par de coches.
Entiendo que a Gaston no le quedaba presupuesto para pagar tres horas de muchedumbre y al cabo de dos horas todos los extras se han marchado a casa porque, para los horarios franceses, «se les estaba haciendo tarde». En cualquier caso, me encantaría conocerle, necesito saber cómo se elige el color de las contraventanas de las casas. ¿Cada vecino elige el color que le apetece? ¿Lo hace dependiendo del color de las contraventanas de la casa de al lado? ¿Hay una subdirección general de contraventanas que lo regula? Y si vives en un bloque de pisos de contraventanas rojas y quieres pintar las tuyas de azul ¿puedes hacerlo? ¿se puede plantear un cambio de color en la reunión de la comunidad de vecinos?
Tengo preguntas, Gastón.
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Toda la vida veraneando en el norte y a la playa bajabas con sudadera encima del bikini. Mi madre no sabe ir en agosto a ningún sitio sin meter una chaqueta por si acaso. Ya sea Cadiz o Santander. Objetivamente llevamos unos veranos que no hace falta en ninguno de los dos sitios pero en fin. Francis bonita y aburrida ( para mi ). A partes iguales. Todo ferme a las seis de la tarde.
Vivo en Hondarribia. Aquí las ventanas y contraventanas de las casas (típicas del centro) están pintadas de colores rojo, azul, verde. Dicen que utilizaban las sobras de pintura del barco pesquero que habían pintado.