Cuaderno de vacaciones. Capítulo 2
3 de agosto

«No hace falta ser igual a alguien para entenderlo».
Leo esta frase casi al final de una entrevista a Tamara Tenenbaum en el periódico. La entrevista no me gusta, creo. Es otra de esas charlas con alguien que dice obviedades pero tan convencida de ellas que no sabes si la periodista que está entrevistando es una especie de Gurb y todo le sorprende o es que Tenenbaum tiene esa cachaza que cultivan los que venden motos o remedios milagrosos que hace que acaben por no tener pudor a la hora de hablar de lo que sea. La cuestión es que esa frase se queda enganchada en mi cabeza hasta que llego al final y vuelvo a ella. Pienso en apuntarla, pero confío en acordarme porque puede que de ahí salga la inspiración, el hilván para el texto de hoy.
«No hace falta ser igual a alguien para entenderlo». Pasamos el día en la piscina municipal del pueblo más grande (un poco más grande pero sin alardes). De las cinco horas que pasamos allí, dedico tres a leerme el periódico casi de cabo a rabo. Desde la primera página hasta la última. Leo los análisis políticos, las columnas de opinión, las cartas al director, algunas entrevistas. Leo las páginas color salmón donde se anuncian casas de ricos que me parecen horripilantes y en un mismo artículo se explica que después del verano las casas se venderán más caras pero luego bajarán. Por primera vez en mi vida esa información me anima: vendo mi casa, así que está bien saber que tendré compradores. La cuestión es que llego a la entrevista de Tenenbaum porque estoy leyendo en papel, doblando las páginas para que la ligera brisa de montaña no me entorpezca la lectura. En digital no hubiera pasado del titular y quizá ni eso.
«No hace falta ser igual a alguien para entenderlo». Voy poco a piscinas municipales, pero siempre venimos a ésta. Me gusta porque alrededor solo se ven montañas, porque el agua refresca y porque suele haber poca gente. Me gusta sentarme y mirar. Recuerdo cuando yo era una de esas familias con niños pequeños que se sientan cerca de la piscina infantil para que mis hijas chapotearan y yo pudiera soñar con tener cinco minutos de calma para leer el periódico sin pensar que se iban a ahogar. Nunca los tenía porque la imaginación de una madre es capaz de crear los más increíbles peligros incluso en un charco de 10 centímetros de profundidad. «No puedo dejar de mirarlas, a ver si se van a tropezar la una con la otra, se van a caer, van a meter la nariz en el agua y se ahogan». En esta piscina fui también la madre joven con hijas mutando a sardinas que no salían de la piscina grande hasta estar azules y necesitar avituallamiento. Ahora soy la pareja de señores mayores que intentan encontrar un lugar lo más apartado posible y se sientan a leer con calma, a la sombra. Entiendo a los padres con niños pequeños, a los padres de adolescentes, entiendo a los chavales de 10, 11 años que empiezan a tontear con unas y con otras pero a los que el agua les sigue pareciendo lo más divertido. Nunca tienen frío, no nadan porque lo mejor es no parar de salir y entrar, de tirarse al agua con distintos estilos o motivos. «Hay que decir una marca de coche y te tiras al agua. Pierde el que ya no se sepa ninguna o repita». Mientras los escucho pienso en que es un juego al que podría haber jugado yo hace cuarenta años, «¡Tesla!» grita una niña y de golpe tengo otra vez 52 años.
Entiendo también a los cuatro veinteañeros que se cortejan fingiendo que son amigos. Presumen de lo que hacen, de lo que saben, de lo que salen, de lo que comen, de lo que cocinan pero también de lo que no hacen, no saben, no salen, no comen o no cocinan porque esa edad incierta que va desde los dieciocho a los veinticuatro o así se parece mucho a una encrucijada de caminos con infinitas posibilidades. Tú estás en el medio de esa rotonda y sientes que todo el mundo te mira esperando a que te equivoques, por eso tardas en elegir un camino, porque te pasas años andando solo los cien primeros metros de cada posible ruta... para que parezca que los quieres todos, que los comprendes todos, que todos te apetecen. Luego, cuando menos te lo esperas, lo ves clarísimo o viene algo o alguien que te empuja y eliges uno sin saber a dónde llegarás. A veces vuelves a esa rotonda.
Ahora, en la piscina, soy la pareja mayor que busca un sitio tranquilo, a la sombra, para pasar el día leyendo. Pienso en si alguien nos mirará y pensará que somos una pareja aburrida, que no hablamos, que no tenemos nada que decirnos. Yo también fui una vez alguien que juzgaba así a las parejas mayores. Quizá era porque todavía no había sido ellos.
A lo mejor no hace falta ser igual a alguien para entenderlo, pero sí hace falta parecerse para comprenderlo del todo.
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Estoy intentando pasar 10 minutos al día sin hacer nada más que mirar. Hoy los he pasado mirando cómo, al caer el sol, la sombra avanzaba por la falta de la montaña. Es una sombra distinta a la de las nubes, es una oscuridad más densa, más definitiva. Ascendía poco a poco mordiendo una a una las hileras de árboles del bosque, trepando por la ladera hasta engullir un pueblo, otro claro, unas rocas. Si nos hubiéramos quedado más la hubiera visto subir hasta el pico más alto, hasta apagar el último refulgir del día que ahora mismo, mientras escribo esto, veo desde la ventana del salón.
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Que buen texto! Nosotros tambien somos esa pareja, que si en la quinta decada eres mayor..en la sexta eres.. ? Veo fotos de mi quinta decada y me veo joven aun, la decadencia segun dicen comienza a los 60.. es como una clase continua de Pilates, donde la gente sale diciendo ...me duele ese musculo que no sabia que ni existia, en la sexta planta te levantas una manana si y otra no, diciendo ...me parece que ayer dormi mal ...me duelen musculos que no sabia ni que existian...Volviendo a lo de las parejas, yo las mirabas y decia ...no hablan, madre mia ...llegar a esa altura de la vida y no tener nada que decirse...pero " quizas porque aun no habia sido ellos" , ahora entiendo los silencios compartidos, los espacios donde sabemos que el otro esta alli, con solo levantar la vista. Gracias Ana, invitas a pensar ...
Ayer tuve una experiencia similar a la que tú cuentas en la piscina de mi urbanización. Es mi segundo año y aquí y no conozco a nadie así que debo ser la señora del libro que siempre lee en la esquina más solitaria y cuando ve hueco en la piscina se hace unos largos. A mi alrededor hay muchas familias con niños pequeños que merodean a su alrededor, como tú bien recuerdas que hacías (y yo también), esos jóvenes inseguros y sus conversaciones de postureo, parejas jóvenes con su aperitivo… Es como ver tu vida y sus distintas etapas pasar delante de tus ojos… Gracias por tu cuaderno de vacaciones - desde aquí te leeré. (Y sigo con esa envidia por ese mes entero de vacaciones ! Algún día lo conseguiré yo también)