Cuaderno de vacaciones. Capítulo 19
20 de agosto
Francia es siempre misteriosa. En cuanto te sales un poco de los centros muy turísticos, sus pueblos están siempre desiertos. «Bomba de neutrones» lo llamamos nosotros. Da igual la hora a la que llegues, las calles están desiertas, en los bares y restaurantes no hay nadie, las tiendas están vacías. Hoy, al ir al mercadillo de Peyrehorade y encontrarnos con una muchedumbre de compradores hemos desarrollado una nueva teoría. Hay un número fijo de personas viviendo en determinada región y están organizadas para ir moviéndose de día en día para asistir a los mercadillos. El pueblo que lo celebra cobra vida, las calles bullen de gente, se escuchan gritos, risas. La gente desayuna sentada en los cafés, o se pide un arroz chino en un puesto del mercadillo después de comprar quesos, pan, tomates, ciruelas y uvas y, de paso, unas pantuflas a 34 €. Todo es bullicio, gentío, movimiento. Al día siguiente, ese pueblo vuelve a su estado mortecino porque todos se han desplazado al siguiente mercadillo y así en una rueda sin fin.
En el mercadillo he comprado pan y un brioche de canela aunque hubiera llenado la bolsa de quesos, embutidos y especias. Nada más terminar y llegar al coche nos ha caído el primer chaparrón del día. No sé las veces que me he puesto y me he quitado hoy mi impermeable verde y mi sudadera verde. Las nubes llegaban, descargaban con una rapidez inusitada y seguían su camino hacia el este. Al volver, a última hora de la tarde, he pensado que aquí las nubes están muy bajas, casi parece que las puedes tocar. Los frentes entran desde el mar sin oposición, sin obstáculos. Pasan, como si dijéramos, en vuelo rasante. En Madrid o en Los Molinos, las nubes siempre están altas. Llegan a nosotros después de haber atravesado kilómetros y kilómetros de tierra, están exhaustas y con pocas ganas de jugar. Aquí, casi al borde del océano, hoy el cielo parecía el patio de un colegio, con grupos de nubes corriendo de un lado a otro, jugando a atraparse, a pelearse, a descargar, a marcar el territorio para seguir luego, como los niños cuando salen de cole, corriendo y corriendo hasta no poder más, hasta desvanecerse en su carrera hacia el este.
A mí este tiempo de chaparrón repentino, sol y cielo juguetón me encanta. Es el tiempo perfecto para mi precioso impermeable de ser feliz. Lo compré hace 6 años en Nueva York y fue una de esas compras que solo dan satisfacciones.


En Sauveterre-de-Béarn hemos comido jugando a «Si pudieras matar a alguien sin consecuencias ¿a quién matarías?» y hemos conseguido acabarnos las enormes raciones que nos han servido. Al entrar a visitar la torre medieval nos ha recibido otra señora muy entusiasta de su trabajo que nos ha cobrado a los cuatro la tarifa de estudiantes y se ha ofrecido a hacernos la visita guiada en español. Hemos declinado el ofrecimiento y menos mal. Resulta que la visita, guiada o libre, solo incluía pasearse alrededor de una maqueta del pueblo en la época de su máximo esplendor medieval. Nosotros la hemos admirado lo que hemos considerado el tiempo suficiente como para que la señora entusiasta pensara que nos había encantado. Al ir a salir nos ha dicho «se me ha olvidado decirles que pueden hacer fotos a la maqueta» Hemos murmurado Merci y hemos salido huyendo.
Eso sí, en el torreón hemos aprendido que en el conocido como El Puente de la leyenda, un puente defensivo medieval espectacular se celebró lo que se conoce como un Juicio de Dios. Resulta que en 1170 la condesa Sancha, hermana del rey navarro Sancho VI y esposa vizconde Gaston V de Béarn tuvo un hijo con graves malformaciones que murió nada más nacer. Por supuesto, acusaron a Sancha de haber matado al bebé y entonces para que probara su inocencia la sometieron a dicho juicio. En el puente, ante ¡3000 personas! la tiraron al agua vestida de blanco y atada de pies y manos. Tras unos breves minutos de tensión, apareció en la orilla a donde la corriente la había llevado. Con esto, por lo visto, quedó clarísimo que era inocente y todos se pusieron muy contentos. Me fascinan estas leyendas porque nunca sé si es que en la época medieval eran todos muy inocentes o si, por el contrario, eran muy listos y dijeron: vamos a inventarnos alguna memez que contaremos de padres a hijos siempre para que dentro de mil años haya todavía gente hablando de esta chorrada. Por supuesto, como mis referentes culturales son amplísimos, me he acordado de Los caballeros de la mesa cuadrada y el famoso diálogo que empieza con «No pretenderá ostentar el mayor poder ejecutivo porque una furcia natatoria le dió una espada» que un bretón le dice al Rey Arturo cuando este llega contándoles que es rey porque la dama del lago le dió a Excalibur.




En Navarrenx había cuatro o cinco figurantes por las calles pero poco más. En estos pequeños pueblos franceses siempre me fijo en el comercio local: Olivier Photo,Sylvie & Stephane Pains Patisseries, la carnicería Casamayau, la charcuteria de Patrick Brana o la floristería local. En primer lugar me fascinan que todos lleven el nombre de pila del dueño. Nada de ser imaginativos: las fotos de Olivier y la panadería de Pedro y Marta. Después me encanta imaginar las vidas de estos comerciantes. Sin tener ni idea pienso en sus vidas tranquilas, con pocos clientes pero seguros. Clientes a los que ya conocen, a los que tienen calados y que no les dan quebraderos de cabeza. La señora que siempre va los martes para comprar algo porque viene su nieto, el matrimonio de jubilados que hace la compra cada día, el señor mayor que cada mañana va a por el pan antes de tomarse el café, la madre de familia estresada, etc. Imagino también a los clientes y me pregunto hasta qué punto compran en esos comercios por gusto, por tradición o si lo hacen porque se sienten obligados porque son tan pocos que todos se conocen y si Patrick Brana se enterara de que la señora Dupont ha dejado de comprarle a él los salchichones para irse al Carrefour de tres pueblos más allá se enfadaría tanto que le gritaría por la calle: traidora, traidora. Me pregunto también si la señora que lleva la floristería conoce todos los romances que hay en el pueblo, incluídos los secretos, o si la gente viaja al pueblo de al lado para encargar flores cuando son para sus amantes y resulta que hay un chat global de floristeros franceses que se cuentan los encargos que parecen de affaires para compartir los cotilleos.
En la capital de la región, Orthez, a las siete de la tarde había caído otra bomba de neutrones. Ni un alma, las calles desiertas, las contraventanas de las casas entornadas, cuando no cerradas. No es solo que no hubiera nadie por la calles, es que tampoco se escuchaba un solo ruido. Me recordó, una vez más, a una película o un episodio de una serie que vi de muy pequeña en la que un astronauta aterriza en un planeta en el que hay un pueblo muy parecido al suyo pero en el que no hay nadie. Creo que estaba basado en un cuento de Crónicas marcianas de Ray Bradbury (aprovecho para volver a recomendar ese libro que es una obra maestra). En Orthez, eso sí, hubieramos podido afeitarnosy cortarnos el pelo porque había tres barberías abiertas. También se podía entrar en la iglesia, la más alta del Bearn con 18 metros de altura y unas telarañas en sus vidrieras que nos han servido para determinar que su estilo era «gótico guarro».
Hemos vuelto a casa bajo la lluvia y hemos cenado pan, embutido y quesos.
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Desde el norte de Francia, Bretaña-Normandía, también confirmo tu teoría sobre la 'bomba de neutrones' 🤣
Precioso todo. Ahora, para un rato. Demasiada poca gente para siempre. Yo necesito más vida en la calle, no sólo el día de mercado.