Cuaderno de vacaciones. Capítulo 18
19 de agosto
El domingo por la noche tuvimos cena familiar. Era la última noche en la que íbamos a coincidir todos (menos Clara) hasta Nochebuena y aprovechamos para reunirnos, comer, contarnos las vacaciones y jugar a «¿Con qué te quedarías de este verano?» Al final, entre la cena, las risas, contemplar la tormenta lejana y recoger todo se me hicieron las mil y mi energía estaba bajo mínimos. Lo peor es que me quedaba preparar la maleta para este viaje. No tenía fuerzas, ni ganas, ni mucho interés en preparar un equipaje equilibrado, inteligente y minimalista, así que agarré una maleta gigante, abrí mi armario y pensé: ¿Qué me puedo llevar que pegue en Francia en una semana con máximas de 24 grados? Resultó que un montón de prendas en mi armario cumplían esa condición (según mi criterio) y no me vi con energía como para elegir, así que me he traído una maleta absurda, con muchísima ropa que no me va a dar tiempo de ponerme ni aunque alargue esta estancia otra semana más. Por supuesto, la falta de ganas, energía y criterio no solo tienen como consecuencia meter cosas de más en la maleta. También ocurre al revés: meter cosas de menos. En solo un día de viaje me he dado cuenta de que me he dejado el cargador del móvil, las plantillas de los zapatos y lo que es peor de todo: el libro que estaba leyendo. Menos mal que sí había metido el libro de «por si acaso».
En la primera mañana en Francia amaneció nublado, con una lluvia tan fina que casi parecía vapor y una temperatura maravillosa. He madrugado muchísimo porque no duermo. Disfruto de una temporada de insomnio molón que, combinado con la cama nueva, me tiene durmiendo en intervalos de cuarenta y cinco minutos. Me pregunto cómo luego consigo ser operativa. A las siete de la mañana he escuchado las campanas de la iglesia marcar la hora y cinco minutos después repicar con saña como si, de verdad, quisieran levantar a todo el pueblo. El campanario se ve desde mi cama, así que he pensado que era un buen momento para dejar de fingir que dormía. He pululado, leído y escrito en mi diario de viaje antes de que mis acompañantes se levantaran y desayunáramos todos juntos mientras planeábamos el día.
Cuando ya lo teníamos decidido y me he duchado, enfrentada a mi armario de aquí, he elegido una falda de gabardina beige con una camiseta de rayas azul y roja. Y unas zapatillas Nike y mi impermeable verde de ser feliz. Cuando he salido, mis acompañantes me han dicho «estás muy frenchie». Esto puede parecer una frivolidad descomunal y no solo lo parece, lo es, pero me hace feliz acertar con la ropa tanto porque me siento bien con ella como porque encaja con el plan que voy a hacer. No pasa mucho. No pasa casi nunca y por eso he creído necesario dejarlo por escrito.
Lo primero que hemos hecho ha sido ir a la oficina de turismo de Peyrehorade donde una amabilísima chica nos ha atendido o, mejor dicho, sepultado en folletos de lugares para visitar por la zona. Era tan maja, hacía tanto esfuerzo por hablar en español y mostraba tantísimo entusiasmo que incluso cuando nos ha vendido las bondades de ir a un museo dedicado al salmón le hemos comprado el discurso. Era tanto tanto su entusiasmo que hasta le hemos dicho que sí a descargarnos una aplicación para visitar la ciudad con la que había que «cazar» criaturas como si estuviéramos jugando a los Pokemon. El poder de su entusiasmo tenía un radio de actuación parecido al de un wifi y a 50 metros de la oficina nos hemos deshecho de lo del salmón y hemos desinstalado la aplicación.
No me canso nunca de venir a Francia y no me canso nunca de admirar sus ríos. Con esa cantidad de agua parece que tener un pueblo bonito es sencillísimo. Todo es verde, todas las flores brotan, hay siempre una frondosidad exuberante. Hoy ,mientras recorríamos Salies de Bearn, me he descubierto pensando en si determinada flor o planta irían bien en Orbela. ¿Cuándo me he convertido en alguien que piensa en plantas?


Salies de Bearn es un pueblo que no te esperas. Recorres campos de maizales sin un interés especial y, de repente, llegas a un pueblo con preciosas casas rodeadas de preciosos jardines, jardines adultos, de esos que al verlos sabes que han presenciado cientos de cenas, tardes y fiestas de cumpleaños. Jardines que estaban ahí cuando no había coches, teléfono ni, por supuesto, internet. Jardines con árboles que seguirán ahí cuando hayas muerto. Son jardines que gritan «Este es un pueblo rico». Y lo es. Y lo fue. Resulta que, según la leyenda, en época medieval unos cazadores acechaban a un jabalí que, malherido, fue a refugiarse en un terreno pantanoso. Cuando llegaron hasta allí lo descubrieron muerto y cubierto de sal y fue así como encontraron una fuente de agua salada que brotaba del subsuelo. En realidad está documentado que desde el siglo XI en Salies de Bearn ya se trabajaba la sal. Acarreaban el agua desde la fuente hasta las casas en cubos de madera y allí, con fuego, evaporaban el agua para aprovechar la sal. La sal era dinero, riqueza y, a la larga, jardines eternos, termas y hasta un gran hotel que le encantaría a Wes Anderson.



Hemos recorrido el pueblo entero sin ver apenas a nadie. Calles estrechas, casas de colores, contraventanas de madera azules, rojas, verde agua. Flores por doquier, bicicletas sin candado, Le Moment Librarie, una casa con barandas azules dando al río y las marcas de hasta donde llegó el nivel del agua cuando sucedió la última riada en 2018 (5 metros por encima de lo normal). Por supuesto, hemos visitado el monumento a los caídos en la «Gran Guerra» para comprobar cuántos hermanos habían muerto. Es algo que hacemos siempre. En 1914 cuando los hombres se enrolaban, o los enrolaban, en el ejército, todos los que eran del mismo pueblo iban al mismo batallón. A nadie se le ocurrió, porque eso no había ocurrido hasta entonces, que eso significaba que de un mismo pueblo murieran todos o casi todos los hombres o que una madre pudiera perder a todos sus hijos de golpe. En esos monumentos que hay en cada pueblo francés es terrible ver los apellidos repetidos dos, tres, cuatro y hasta cinco veces. Imaginas a esa madre, a esa mujer. A esas madres, a esas mujeres, porque es igual en cada pueblo francés que he visitado.
A última hora de la tarde, las 4 para el horario francés, hemos ido a ver la abadía de Sorde, de la que la entusiasta también nos había dado folleto. Al igual que en Salies, apenas había nadie, así que hemos deambulado por las ruinas reconstruidas del edificio mientras imaginábamos cómo en esos espacios inmensos vivían solo 10 monjes mauristas. (Primera vez en mi vida que oigo hablar de esta congregación). Apreciaban la arquitectura y el vivir en relación con la naturaleza así que, a pesar de que el edificio está en ruinas, llaman la atención las enormes ventanas de las salas comunes y de las celdas que estaban orientadas al sur y en las que los días despejados podían ver los Pirineos. Hoy no era uno de esos días.
Hemos terminado el día paseando por la orilla de un río y visitando un castillo medieval que se quemó en un incendio en 1762. A pesar de que conocía el dato, mientras nos acercábamos a las ruinas yo no podía dejar de pensar que era un lugar perfecto para que las SS hubieran torturado a miembros de la resistencia o para que la Wehrmacht hubiera tenido su cuartel general en la zona.
Bueno, también pensaba en que iba perfecta con mi falda y mi camiseta y en la frase que la leyenda dice que pronunció el pobre jabalí: «Si no hubiera muerto, nadie viviría allí».
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Tu look ni estudiado durante días: impresionante. Lo de los monumentos funerarios me ha recordado a una novela de un francés, Pierre Lemaitre, que mi marido se leyó un verano. La leía en francés, muy chulito él, y me la contaba. Estaba tan emocionante que lo mandaba a leer. Se iba a echar la siesta y yo, ¿Pero no lees hoy? ¡Qué necesito saber que pasa! La traducción es Nos vemos allá arriba e hicieron una muy buena película. Y tiene una curiosa trama con los monumentos funerarios.
Estás monísima con tu look francés, en esos paisajes tan bonitos ( no me ha pasado inadvertida tu manga larga, eso sí que es un plus). Preciosas también las fotos!
Yo últimamente, hago el equipaje con esa ropa que tengo de más pero que me pongo de menos; y en todos los lugares que recalo, voy dejando prendas que quizá otros aprovechen pero que ya no vuelven conmigo. Al final voy aligerando equipaje, que es también parte de mi viaje.
Gracias por tu estupenda guía de Francia. Es muy inspiradora.