Cuaderno de vacaciones. Capítulo 15
16 de agosto
A mí las buenas personas me imponen mucho respeto. Las buenas personas de verdad. De esas no hay muchas.
“Good people are often puzzles to those of us who wish we were better. We try to understand what they do, and how, and why. Many base their goodness in principle, or faith, or some vision of how the world ought to be, and we sometimes suspect that, if we could only adopt one of their systems, we might do good, too”
«Las buenas personas suelen ser un enigma para aquellos de nosotros que deseamos ser mejores. Intentamos comprender qué hacen, cómo lo hacen y por qué. Muchos basan su bondad en principios, en la fe o en alguna visión de cómo debería ser el mundo, y a veces sospechamos que, si pudiéramos adoptar uno de sus sistemas, también podríamos hacer el bien».
Una noche de octubre de 2002 el doctor Greg Gulbransen llegó a casa después de haber salido a cenar con su mujer, Linda. La babysitter había acostado a sus dos hijos, Cameron de dos años y Scott de cuatro. Cuando entraron en la casa Cameron gritó, pidió algo y Gulbransen subió a ver si le pasaba algo. Cameron estaba despierto en su cuna, sonriendo, abrazado a su manta azul y según vio a su padre se tiró a sus brazos. El doctor bajó al niño al piso de abajo, supongo que para que no despertara a su hermano, lo dejó con la madre y la babysitter y salió a meter el coche. Cuando dió marcha atrás para meter el coche en el camino de su casa sintió un golpe, se bajó y se encontró a Cameron debajo del coche. Enseguida supo que estaba muerto, pero aún así intentó reanimarlo.
Cuatro días después, tras el funeral, Gulbransen volvió a su consulta de pediatría en un suburbio de Long Island. Todo el mundo le miraba, sus compañeros, los trabajadores de la clínica, incluso los pacientes. Todo el mundo entendió que no había que hablar del tema y él se refugió en el trabajo para sobrevivir. Iba a escribir para «soportar lo ocurrido» pero es que creo que no hay palabras para la vida que llevas después de que te ocurra algo así.
There are actually scales that psychiatrists use to quantify life stress, he said. He recalled one from medical school: “ ‘Have you lost a job? Are you divorced? Have you lost a child?’ They don’t even talk about ‘Have you killed your own child?’ That’s not even on the list.
«En realidad, hay escalas que los psiquiatras utilizan para cuantificar el estrés vital», dijo. Recordó una de la facultad de medicina: «¿Ha perdido su trabajo? ¿Está divorciado? ¿Ha perdido un hijo?». Ni siquiera hablan de «¿Ha matado a su propio hijo?». Eso ni siquiera aparece en la lista.
Tras el accidente, Gulbransen se lanzó a trabajar como si no hubiera mañana. «Adicción terapéutica al trabajo», lo llama. Atiende a sus pacientes de lunes a domingo, las madres y los padres le mandan mensajes a cualquier hora del día y él les contesta, hace visitas domiciliarias a pacientes y a chavales que hace tiempo que dejaron de serlo pero que tienen algún tipo de condición médica o situación vital que necesita de su supervisión y además de todo esto, los fines de semana se desplaza al Bronx a atender a gente con adicciones, chavales que por enfrentamientos armados han quedado paralizados o en muy malas condiciones. Acompaña a cada persona que lo necesita, les llama, les aconseja, les da consuelo, refugio, paga sus facturas, los lleva a rehabilitación una vez y dos y tres y cuatro. Las que haga falta. No olvida un paciente, los conoce a todos y cada vez que un padre agobiado llega a su consulta le dice: «Lo estás haciendo muy bien».
Leí la historia de Gulbransen ayer en el desayuno y se quedó en mí todo el día mientras me quejaba del calor, mientras cocinaba, mientras tendía la ropa, hablaba con María, dormitaba, iba a la compra, visitaba la obra de Orbela. Me quedé muy impresionada por el nivel de dolor con el que vivía y la manera en la que ha conseguido sobrellevarlo haciendo algo bueno, algo excepcional.
Ever since the accident, he said, he’d struggled with the feeling that he didn’t deserve to be alive when Cameron was dead. “You’re constantly, constantly asking yourself, ‘Are you good enough?’ ”, he told me.
Desde el accidente, me dijo, luchaba contra la sensación de que no merecía estar vivo cuando Cameron había muerto. «Te preguntas constantemente: "¿Soy lo suficientemente bueno?"», me dijo.
Él mismo comenta que mucha gente esperaba que se diera al alcohol, a las drogas, que se divorciara de Linda o que, incluso, una vez escuchó a un compañero médico decir: «No entiendo cómo no se ha suicidado».
Yo no intento entender nada porque, para empezar, soy incapaz de imaginar siquiera el sufrimiento que provoca haber causado la muerte de tu propio hijo. Intento pensar en Gulbransen fuera del coche, mirando a su hijo, sabiendo que está muerto y no sé si pensó en salir corriendo y que nunca nadie más le volviera a ver, si vio su vida pasar por delante y comprendió que jamás dejaría de dolerle, si se quedó en shock. No lo sé. Soy incapaz siquiera de esbozar lo que se puede sentir ante algo así. Pero, aún sin entender, siento una admiración genuina y gigantesca por este hombre. Por haber convertido o, mejor dicho, aprendido a manejar el dolor inmenso a través de la bondad, de la entrega, del deseo de ayudar.
Yo no sé qué hubiera hecho. No tengo ni idea pero sí sé que todo ese dolor no lo hubiera convertido en bondad. Lo sé porque, para hacer algo así, para canalizar tu sufrimiento de manera que sea beneficioso para los demás, hacer de tu dolor entrega, hay que ser de una pasta que yo no soy. Casi con total seguridad, ese tormento me alejaría de todo y de todos, me convertiría en una persona amargada, solitaria y terrible. No sé ni siquiera si tendría las fuerzas para intentar no ser así, para pensar en ser buena, para pelear porque la amargura dominara mi vida. No lo sé. Lo dudo.
Tengo claro que a Gulbransen no lo hizo bueno la muerte de Cameron. Ya era así de antes. Por eso me admira aún más, porque enfrentado a la más terrible de las situaciones se aferrara a esa característica suya para sobrevivir. Algo como «yo me estoy muriendo de dolor pero voy a hacer todo el bien que pueda para aliviar el de los demás”» Me deslumbra esa capacidad, ese propósito.
Mi coche tiene diez años, no tiene pantalla, ni pita cuando doy marcha atrás, y para conectar el teléfono tengo que engancharlo con un cable. Cada vez que me meto en un coche con pantallón, mil luces y cámaras para verlo todo, protesto: «Estos coches están pensados para gente que no sabe conducir. Qué necesidad de todo esto».
Ya no protestaré nunca más. Tras el accidente, Gulbransen peleó durante años para que se creara una ley que obligara a los coches a llevar cámaras traseras. Lo consiguió, la Cameron Gulbransen Act se aprobó en 2018.
«Creemos que tenemos el control, por lo que es fácil sentirnos culpables en lugar de aceptar el hecho de que en realidad no lo tenemos».
Recomiendo mucho leer la historia completa. Y revisar su trabajo como fotógrafo.
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Me ha quitado las "tonterías" que me preocupaban últimamente esta historia.
Estremecedora. Preciosa. Ojalá pudiera invitar a un café a este hombre y decirle "gracias".
Gracias a ti Ana por traerla.
“Creemos que tenemos el control, por lo que es fácil sentirnos culpables en lugar de aceptar el hecho de que en realidad no lo tenemos»
Buf. Menuda historia para comenzar el día.
Gracias, Ana.