Cuaderno de vacaciones. Capítulo 13
14 de agosto
El martes me llamó un amigo para agradecerme un envío que le había hecho con un par de periódicos deportivos antiguos, de los que encontré en Orbela. Me contó que había ido a recogerlo a Correos. Le pregunté: «¿Abren en domingo?» Y me contestó: «¡Pero si es martes!» Eran las ocho de la tarde y hasta ese momento había vivido como si fuera domingo. El miércoles viví todo el día como si fuera viernes. Ese desajuste entre la realidad de los días y mi estado de ánimo es el punto en el que sé que las vacaciones han surtido efecto. Que sienta que es martes o domingo o por la mañana lunes y por la tarde jueves es un signo inequívoco de que lo estoy haciendo bien. Es, además, lo más cerca que voy a estar, por ahora, de saber cómo se siente la jubilación.
Esta tarde he ido de visita de cortesía a casa de los E. Salvando las enormes distancias, ha sido un poco como ir a rendir homenaje a Violet, condesa viuda de Grantham. Digo salvando las distancias porque justo antes de acercarme a su casa había dedicado un buen rato a pintar la puerta y las contraventanas de nuestra casa para proteger la madera del sol que le pega en verano y el frío y la lluvia del invierno. No me imagino a nadie de Downton Abbey haciendo eso, ni siquiera sabiendo que es una tarea necesaria. Además, tal cual he terminado de pintar me he acercado a su casa. A los pocos pasos me he dado cuenta de que llevaba unas pintas impresentables, pañuelo en la cabeza, pantalones cortos un poco mugrientos y camiseta llena de gotas de pintura. «¡Bah, qué más da!» Tampoco me imagino a nadie de Downton Abbey con esta despreocupación estilística.
En realidad llevo posponiendo esta visita las dos semanas que llevamos aquí. Los E. son una familia del pueblo encantadora con los que mi madre tiene muchísimo trato. Cuando llegamos aquí vivían los abuelos, que por entonces eran viejos pero no tan viejos como llegaron a ser: la abuela murió hace tres años con 104. La última vez que la vi, en unas fiestas del pueblo, la charanga muy animosa dijo «vamos a tocar una canción de su juventud» y claro, fueron incapaces de pensar en una canción que fuera famosa hace 90 años. Al final cayó Clavelitos, que parece eterna en todos los sentidos. Bueno, pues son una familia encantadora y su casa está en el centro del pueblo, aunque en realidad todas las casas comparten la misma ubicación porque esto es tan pequeño que solo hay dos posibilidades: ser centro o ser prado. Cada tarde (por las mañanas en verano no se va de visita, esto lo saben en Downton Abbey y en cualquier sitio) he pensado en acercarme, pero siempre escuchaba muchas voces, mucha gente y decidía dejarlo para la tarde siguiente.
Hoy ya no podía retrasarlo más y con mis pintas me he acercado a su casa. En el jardín había una tertulia de viejos del lugar sentados alrededor de la mesa comiendo aceitunas, picos, lomo y queso. Sé que les he cortado el rollo, pero no me quedaba otra solución. «Hija, ve a ver a los E. No dejes de ir. De mi parte», me había recordado mi madre el otro día. Así que nada, he entrado, he saludado, me han ofrecido una silla que he aceptado y comer algo que he rechazado. La conversación ha versado sobre lo de siempre: mi madre. Todo el mundo me pregunta si está bien, cuando va a subir al valle y luego siempre nos remontamos a cuando compramos la casa y mi madre, cada verano, se instalaba aquí dos o tres semanas con sus amigos. Uno de ellos, Diego, era cura, un valor añadido para un pueblo que comparte sacerdote con otros catorce. Diego daba misa casi cada día y hacía bastante felices a los vecinos. Mi madre y sus amigos ya no pueden venir tanto tiempo. Para empezar, no les dejamos conducir hasta aquí solos; y, además, ya no pueden trepar montañas con la alegría con lo que la hacían.
«Ay, pero es que es una pena que no venga tu madre»
Después de hablar de huertos, zorros, la cumbre de Trump y Putin en Alaska, y tener un debate sobre si uno de los manzanos de su jardín aguantará el invierno próximo, me he despedido. Llegaban otras visitas y mi turno había terminado. La condesa viuda estaría orgullosísima de la eficiencia de mi visita.
He vuelto a casa pensando que en septiembre tengo que traer a mi madre y en que tengo que hacer prometer a mis hijas que cuando yo ya no pueda conducir tantos kilómetros serán ellas las que me traerán.
O me puedo jubilar aquí. Montaré tertulias de tarde en un prado y aprenderé sobre manzanos.
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Esta mañana me he dado cuenta que solo recuerdo el día que es cuando desayuno porque me tengo que tomar una pastillita que dice el día en el blíster. Luego lo olvido.
Así es, lo has descrito muy bien. Ya no importa que al día siguiente sea lunes… y no saber en qué día estás, llevo poco tiempo jubilada, y la sensación es como si estuviera de vacaciones. Ya os contaré cuando llegue el invierno.
Aun así, se nota cuándo es fin de semana, y a mí me sigue alegrando, son pequeñas alegrías, que no quiero perder.
La foto de hoy es preciosa. Y sí, dale una vuelta, el sitio es muy bonito para jubilarse. Pero ya sabes, de aquí a ese momento, que aún te queda, pensarás mil sitios
Disfruta lo que te queda de vacaciones y gracias por tu cuaderno de vacaciones, me encanta!!