Cuaderno de vacaciones. Capítulo 12
13 de agosto

Se me ha echado el tiempo encima hoy. Casi no es hoy, casi es mañana cuando me siento a escribir este cuaderno. A pesar de lo tardío, la calle está llena de niños corriendo y gritando. Niños muy pequeños, niños que en una ciudad, en un pueblo más grande, en casi cualquier otro sitio no podrían estar en la calle solos, corriendo en pandilla, jugando a asustarse unos a otros o a asomarse a nuestra ventana y gritar si fingimos que nos enfadamos. Siento nostalgia de cuando eran mis princesas las que corrían por aquí y, al mismo tiempo, siento alegría porque veinte años después estos niños nuevos puedan seguir haciéndolo. Corre brisa fresca. No ha llovido, aunque ha estado a punto. Por la tarde, mientras escribía varias cartas, sonaban truenos y se levantaban rachas de viento de esas furiosas y desconcertantes que preceden a la lluvia. Rachas de viento que enloquecen las hierbas y hojas secas que hay pegadas a los muros de la casa, elevándolas en remolinos. Amenazaba lluvia, los truenos se acercaban y el pueblo permanecía en una calma rara. No había paseantes cruzando por delante de mi ventana, ni niños, ni vecinos charlando. Solo escuchaba los truenos, el viento, las hojas y los pájaros. Mis expectativas han ido subiendo y subiendo hasta que, de pronto, han aparecido un par de paseantes, el viento ha parado, los truenos se han marchado y la charla de los vecinos ha empezado a colarse por la puerta de atrás. Me he sentido como cuando salía por la noche, iba a una discoteca y sentía o, mejor dicho, quería creer que ligaría. Toda la situación prometía: cómo me sentía, la ropa que llevaba, las canciones que bailaba, un tipo que me miraba y que quizá hablaba conmigo y cuando todo parecía encaminarse hacia un desenlace, de pronto, las luces se encendían, la noche terminaba y no pasaba nada. Así ha sido esta tarde.
Al terminar de escribir las cartas, he salido a dar un paseo. Quería sentarme en el banco del mirador a contemplar el paisaje y no pensar en nada o al menos intentarlo. Intento no mirar las noticias más allá de lo imprescindible pero, aunque solo sea por encima, la realidad es tan terrible que se me cuela dentro y me siento culpable doblemente. Por no sufrirla directamente y por intentar evadirme. Quería dedicar un rato a intentar ordenar todo eso o, por lo menos, a mirarlo de frente mientras el paisaje me miraba a mí, pero en el banco estaba J., uno de los vecinos del pueblo, y la contemplación interna se ha convertido en la auténtica conversación vecinal que rellena los huecos que dejan las vidas que él y yo llevamos mientras no estamos aquí. Sus hijas, las mías. Sus padres, mi madre. Su salud, la mía. Sus perros, los míos. La tranquilidad de Cicely para él (cuya familia es de aquí de siempre), mi tranquilidad como recién llegada hace casi treinta años. Hemos hablado también de las tormentas, de las prometidas y nunca alcanzadas y de las que se desplomaron sobre nuestras cabezas. Hace justo un año, una tarde como hoy, coincidimos en el mirador. Además de nosotros había un grupo de gente que se había instalado allí con mesas, hamacas, vasos de cristal y comida variada. Al fondo, una tormenta enorme avanzaba por el valle, el cielo se puso casi negro, veíamos los rayos descargar sobre las montañas cercanas y a los forasteros que comentaban que «el radar dice que no descarga aquí». J les miró y les dijo: «Si yo fuera vosotros no estaría sentado aquí arriba en una silla metálica». Hubo risas nerviosas y más comprobaciones de radar antes de salir corriendo con toda su impedimenta. Hoy nos hemos reído recordando a aquella pandilla.
Justo antes de sentarme a escribir he leído el relato de verano de Leila Guerriero, su contribución a la serie Un amor de verano. Cuenta un enamoramiento de juventud, uno repentino, inesperado, no buscado: «Nos despedimos una semana más tarde en el aeropuerto. Creí que no iba a sobrevivir. Al dolor: que no iba a sobrevivir». Siguieron hablando, cuando podían, en la era sin móviles y sin internet, cuando hablar por teléfono costaba dinero, hasta que un día: «Un día llamó por teléfono. Tenía planeado ir a una isla. Me preguntó: “¿Puedes venir?”. Me quedé callada. Dijo: “Ya no hacemos esas cosas, ¿verdad?”. Le dije: “No”. Y eso fue todo. Siguió la vida, y fue una vida buena».
No ha habido tormenta pero la tarde ha seguido y ha sido una tarde buena.
Los niños siguen jugando.
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La quietud de las vacaciones. Todos los días iguales pero todos maravillosos. Este verano me he propuesto hacer menos vida social. (Aquí lo puedo decir porque no me van a leer)
Nado a la caída del sol y también algunas mañanas muy temprano. Camino cada día 7 km, leo, cocino comida rica y duermo mucho. Apenas pongo la tele. Las vacaciones no están sobrevaloradas, señor Feijóo.
Gracias por tu cuaderno de vacaciones, Ana
La foto es preciosa, Ana. No me extraña que aún sin el olor a tierra mojada, la tarde acabara bien.
Pese al ruido y la furia, estos paisajes y estos pequeños momentos, siempre nos dan una tregua para tomar aire y seguir.