Cuaderno de vacaciones. Capítulo 1.
2 de agosto
En esta casa la pantalla del televisor está atravesada por la mitad por una raya vertical blanca de un centímetro de grosor. Cuando apareció hubo entonces conversaciones sobre la posibilidad de comprar otro televisor: «¡Cómo vamos a ver la tele así!» Incluso miramos ofertas. Hubo también pesquisas para saber quién había sido el culpable de la aparición de esa misteriosa raya. «¿Quién le ha dado un golpe?» «Yo no» «Yo no» «Yo no» «Yo llegué y ya estaba así». La raya tiene ya, por lo menos, cinco o seis años. Nos da igual. Aquí no venimos a ver la tele y, si la vemos, es solo de acompañamiento de la siesta, muy de fondo, o, como ahora, para tener de fondo algo sonando mientras escribo. Están echando1 una versión de Los Tres Mosqueteros muy francesa, plagada de franceses muy guapos y con mandíbulas muy marcadas, iluminados como un cuadro de Rembrandt. Es bastante mala, pero la tentación de recostarme en el sofá y quedarme dormida mientras los mosqueteros salvan el mundo.
«Cerró los ojos y por los tapices húmedos de sus párpados circularon recuerdos». (G. R.)
Pero no puedo. Tengo que escribir este cuaderno. Llevo todo el día pensando qué iba a escribir hoy. Ha sido un día de aterrizaje lento en las vacaciones. La mañana ha durado tanto que me ha dado tiempo a aburrirme, a mirar por la ventana, a recibir tres balonazos en la plaza del pueblo mientras charlaba con un par de vecinos, a hacer planes para subir a la montaña a ver las quince vacas de otro vecino y a encontrar mi gorra favorita que alguien había guardado en una caja en la que pone «gorras, gafas y calcetines» y en la que no había mirado porque ¿quién guarda las cosas en su sitio?
«Cuando volvió, él la buscó con hambre y furia silenciosa. Le dio un beso en el cuello. ¿Por qué quería follar con ese vaso vacío puesto boca abajo?» (S. U.)
En el equipaje he metido pocos pantalones cortos pero me he traído un juego de pesas y mi almohada ergonómica. Soy oficialmente una señora mayor. Una señora mayor que espera que su hermana no lea este cuaderno de vacaciones porque el lunes se estuvo carcajeando de ella porque, para irse a la playa, estaba haciendo un equipaje absurdo con un montón de bártulos absurdos. Pesas, almohada ergonómica y un ventilador he metido yo. El ventilador es un «por si acaso» que se me ha ido de las manos. Mi teléfono dice que esta noche la temperatura va a bajar hasta los 13 grados, lo que hace claramente innecesario un ventilador, pero tengo la loca idea de que si no lo hubiera traído pasaría calor por la noche.
«Omóplatos afilados como alas. Se estira con los ojos cerrados y el sol traza lingotes de luz en ella y la poza. A poniente, una docena de garzas surcan el cielo como bengalas disparadas contra montañas peladas». (G. R.)
También se me han olvidado las plantillas que uso habitualmente. Hacer la maleta cabreada tiene estas cosas. Mi energía estaba centrada en el pasado y no en el futuro, que es donde tiene que estar la mente cuando se preparan equipajes.
«La Madre, toda clavículas, mirando con reprobación las tetas obscenas que se habían saltado una generación y brotaban, como animales díscolos, en la siguiente». (S. U.)
Hoy también he descubierto que a la presbicia no se entra, como a las vacaciones, poco a poco. Se entra de golpe. Un día no necesitas gafas de cerca y al siguiente todas las letras te bailan. Me compré unas gafas la semana pasada, más por precaución que por otra cosa, y no las he usado en toda la semana. Hoy ya no puedo leer sin ellas pero sí puedo escribir esto en el ordenador sin utilizarlas.
«Sobre sus cabezas el cielo cambia de violeta a ébano mientras esparce estrellas ya muertas como agujeros en un dibujo punzado. A lo lejos, una tormenta azul enciende y apaga relámpagos retorcidos en la orilla del mundo». (G. R.)
Por la tarde me ha dado tiempo a sestear y a leer cien páginas que me quedaban de El celo de Sabina Urraca (S. U.). También he leído Orgullo y mercurio, un relato que Gabriel Rufián (G. R.) ha escrito para la serie Un amor de verano, de El País. Me he aburrido y he pasado vergüenza ajena a partes iguales. No puedo con el intensismo pretencioso. Todos podemos ponernos intensos en algún momento de nuestra vida y decir cosas de las que nos arrepentiremos, pero hacer alarde de ello me parece de mal gusto.
«En el monte. Miran la proximidad de la noche en un cielo cada vez más rojo hasta que aparece Venus con un enjambre de estrellas detrás. Una hoguera repleta de jirones de fuego lanza chispas a una oscuridad que se las come. Hablan hasta que la última mondadura de la luna cuelga sobre las montañas». (G. R.)
En Cicely hay silencio y se ve media luna desde la ventana del salón. En la televisión, atravesados por la raya blanca, Pierce Brosnan y Rene Russo se lo pasan en grande en la isla privada de él. Ella es policía, él ladrón. Nada de intensismo, mucha diversión.
«Llega a esa última frase como quien ha cabalgado una yegua loca sin silla de montar, cayéndose de la montura y volviendo a repatriarse varias veces en plena carrera». (S. U.)
Me gustan esta tele y su raya. Tiene poso. Me recuerda a los cachivaches que decoraban la cabaña de En el estanque dorado. Seguro que Katharine Hepburn viajaría con su almohada ergonómica y con suficientes pantalones largos y estilosos.
*Abro debate: ¿Eres de los que dicen «echan en la tele» o «ponen en la tele»?
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Ni echan ni ponen. Dan.
Muy identificada con la almohada: me gustan las almohadas muy blandas para hacerme huequito, no soporto los troncos o aquellas q había en el pasado "de matrimonio" q aún quedan en alguna casa de pueblo (de lado a lado de la cama: wtf!!). Así q cuando viajo sufro bastante (en estas pasadas vacaciones he llegado a usar como almohada un mini-plumas q se hace una bolita q llevo para emergencias). Una vez estuve en un hotel q tenían "carta de almohadas"... cómo no se ha extendido esto, por favor?
besis
di