Cuaderno de Semana Santa. Ya es abril.
Ayer quería haber escrito sobre Andy Goldsworthy, pero mis libros se cruzaron por medio y se me escapó la inspiración. Es curioso cómo hay conexiones mentales que se establecen de manera automática sin que tenga que hacer ningún esfuerzo: Andy Goldsworthy - Andrew Wyeth - bolsas de Pryca - cementerios. Sobra decir que esa conexión tiene sentido solo para mí, pero me apetece explicar.
Hasta ayer por la mañana no sabía quién era Goldsworthy. Me fijé en él porque al llegar a la página 28 del New Yorker el título del artículo era The Landscape Artist, que me parece una definición fabulosa para cualquier artista, pero sobre todo llamó mi atención el retrato que encabeza el perfil.
Fue como si, a pesar de no conocer a Goldsworthy, ya le hubiera visto antes. ¿Dónde? En este cuadro.
Tengo este cuadro de Andrew Wyeth clavado en la memoria desde que visité la exposición de los Wyeth en el Thyssen, hace ahora 10 años. Éste y todos, porque en aquella exposición sigo viviendo tantos años después.
Al ver a Goldsworthy pensé que era como si el niño de este cuadro, Faraway, envejecido, hubiera vuelto a la colina por la que corría en su juventud para sentarse a admirar el paisaje, los recuerdos, la sensaciones tantos años atrás experimentadas en ese mismo lugar. Ya no siente el miedo de su niñez, no le asusta estar solo ni le parece que el paisaje esté lleno de amenazas. Ahora todo temor ha quedado atrás y la naturaleza es el medio con el que trabaja, con el que se ha ganado la vida durante todos estos años.
“Change is best understood by staying in the same place, and it takes a while before you really get to see and understand change. When you travel, you see differences, but not really change, so being in the same place is important for me — seeing kids being born and grow up, and people dying”.
«Los cambios se comprenden mejor cuando permaneces siempre en el mismo lugar. Lleva un tiempo ser capaz de ver y entender el cambio. Cuando viajas, ves diferencias, pero no cambios. Por eso para mí es importante permanecer siempre en el mismo lugar, ver a los niños nacer y crecer y a la gente morir».
Me encantó esta frase. Encajaba con el emparejamiento de las dos imágenes y también con mi momento vital. Llevo aquí en Los Molinos cincuenta y tres años, desde que nací, y es verdad que la permanencia en un lugar es lo que te permite apreciar lo que permanece y lo que cambia. ¿Cuánto queda de lo que yo vivía aquí en mi niñez? Mucho. La mayoría de las casas, muchas de las calles de mis paseos continúan sin asfaltar, se siguen formando charcos y cárcavas en las mismas esquinas, el tren mantiene el mismo horario que hace treinta años, las montañas siguen vigilando el valle y la luz y los sonidos de las estaciones siguen apareciendo cada año aunque los ciclos hayan cambiado. Al mismo tiempo percibo lo que se ha perdido y lo que ha llegado nuevo. Me encuentro muchas veces diciendo «esto no estaba aquí» o lamentándome porque algo ha desaparecido, algo tan nimio como una mata de moras, el sentido de circulación en una calle, el rótulo de un bar o un sendero cruzando un prado que de repente tiene una valla y desaparece comido por las hierbas porque ya nadie lo camina. Mi casa ha cambiado y no ha cambiado al mismo tiempo. Si mañana los propietarios anteriores vinieran a visitarla (y tengo pendiente invitarles) desde fuera no percibirán ningún cambio. La cáscara, el envoltorio, está igual. Solo al abrir la puerta y dar un paso dentro percibirían la total transformación del lugar. Me pregunto cómo se lo tomarán. ¿Bien? ¿Se alegrarán de la nueva vida de la casa o se sentirán tristes por ese cambio total? No quiero causarles pena. Le doy muchas vueltas. Por eso no me he decidido a escribirles.
He pasado un buen rato con estas ideas en la cabeza mientras brujuleaba por el trabajo de Goldsworthy. Todas sus obras tienen que ver con la naturaleza, con atravesarla, recorrerla, tocarla y vivirla con todos los sentidos. Empezó con sus obras más emblemáticas cuando se trasladó a Escocia a mediados de los 80, cuando tenía treinta y tantos. De casualidad conoció a Richard Scott, que resultó ser el décimo Duque de Buccleuch y el duodécimo Duque de Queensberry y, por lo que sea, es el mayor terrateniente de Escocia. Se hicieron amigos y el duque le preguntó si había algo que pudiera hacer por él. El artista le dijo que le encantaría tener un terrenito para trabajar en él. El Duque le dijo: «Echa un vistazo a los alrededores, encuentra algo que te guste y vemos que podemos hacer». Así lo hizo y encontró un campito en el que un granjero solía tener su ganado en el invierno. El Duque se fue a ver al granjero, le dijo cosas de duque y consiguió ese terreno para Goldsworthy, aunque el granjero pidió que se construyera un muro para separar ambas propiedades. El artista construyó el muro, pero en vez de hacerlo completamente recto encajó en él una doble curva para que así ambos terrenos, en un lugar concreto, estuvieran uno dentro del otro. El muro se llamó «Give and Take wall» y es una de sus primeras obras y la que marcaría mucho del carácter de trabajos posteriores.
La obra que está haciendo ahora está dedicada a los cementerios. Hace unos años, mientras visitaba la tumba de su exmujer, se fijó en una pila de grandes piedras que habían amontonado en un rincón del cementerio y pensó que esas piedras se habían arrancado del suelo para hacer sitio para los ataúdes. Se le ocurrió entonces la idea para Gravestones, una nueva instalación en la que quiere acumular esas piedras, pero de todos los cementerios de Escocia.
Los cementerios me llevaron a pensar en este anuncio que apareció hace un mes en un grupo de whatsapp en el que estoy metida para compra venta de objetos de segunda mano:
Lo compartí en Instagram porque me sorprendió que alguien guardara siete bolsas de Pryca tantos años después *. Mi intención fue hacer unas risas, pero entonces alguien me compartió una petición de un familiar que, al morir, había pedido que sus cenizas se guardaran en una bolsa de supermercados Mamut, por lo visto muy conocidos en el País Vasco. Aquello derivó en una avalancha de historias truculentas sobre cenizas y enterramientos.
Como si de una obra de Goldsworthy se tratara, como si hubiera ido siguiendo su Storm King wall, un muro sinuoso que recorre el paisaje en Nueva York... llego al final de este hilo de pensamientos y me hundo en el agua.
A Goldswrthy le preguntan si piensa en su muerte y contesta que «hay siempre una parte de ti que piensa que nunca te va a pasar, aunque al final sabes que te pasará». Yo pienso mucho en mi muerte. Durante una temporada, hace años, no me parecía tan malo. Hasta me pareció deseable en algún momento.
Ahora mismo me vendría fatal.
*Luego se me ocurrió que era posible que las tuviera al fondo de la «bolsa de las bolsas» sin saber que las tenía y que, al pasarse a las bolsas reutilizables, en algún momento la «bolsa de las bolsas» se haya vaciado, haya descubierto estas joyas y haya pensado: «Seguro que hay coleccionistas de esto».
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Pues si acabas de descubrir a Goldsworthy tienes que buscar el documental Rivers and Tides. La primera vez que lo vi creo que me hizo llorar. Es de esos documentales que hay que mantener entre las obras de cabecera a las que regresar de vez en cuando para recordar lo necesaria que es nuestra conexión con la naturaleza.
uso desde hace años (puede que desde que leyera este artículo) WeCroak. https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2018/01/when-death-pings/546587/
Me robaron el móvil el fin de semana y la echo de menos. La app. El móvil también, pero esa es otra historia. En cuanto tenga el nuevo me la instalo otra vez. Soy una señora mayor disfrutona que se ríe mucho, y creo que WeCroak contribuye a que lo sea. Y, como a ti, me vendría fatal morirme ahora, también te lo digo :)