Cuaderno de Semana Santa. Lunes (creo)
Ayer escribía que desde que no trabajo el tiempo se ha vuelto más ligero, más luminoso. Más juguetón. Juego con él. Lo expando y lo contraigo casi a mi gusto. Juego a estirarlo como una goma elástica y luego lo aprieto para comprimirlo y que me quepa en el bolsillo de los vaqueros. Tengo tanto tiempo que, cuando me paro a pensarlo, sin querer me salta una sonrisa.
El año pasado, cuando escribí este cuaderno, dije que quería hacerlo «para fantasear con, alguna vez, hacer esto, escribir cada día una especie de diario público. Para estar atenta a mi alrededor, atenta a la inspiración, al motivo, al momento. Para aprender a describir».
¿Quién me iba a decir que un año después estoy mucho más cerca de escribir cada día? Ahora me revuelco en mi tiempo, en el día a día. No estoy parada nunca. Creo que nunca en mi vida una descripción social como «estar en paro» o «estar parada» me ha definido tan poco. No trabajo o, mejor dicho, no tengo un trabajo con un jefe que me obligue a estar unas horas en una oficina asistiendo a cientos de reuniones y contestando mil correos electrónicos; pero no paro de trabajar. Lo que más percibo es la rapidez con la que fluyen mis pensamientos, los continuos destellos que iluminan mis neuronas. Es como si mi cerebro embotado de rutina laboral, de obligaciones profesionales, convertido en un congestionado almacén de trastos por el que era imposible circular, de repente hubiera sufrido una intervención fulminante. Como si a mi cerebro hubieran entrado los tipos esos que vacían trasteros y lo hubieran dejado diáfano, solo con lo esencial, lo muy querido, lo que ya había olvidado.
Ahora entro en mi cabeza, me paseo por ella y me doy cuenta de que es un espacio inmenso, despejado, lleno de luz. Hago planes con ella y en ella. Me río mientras bailo escuchando el eco de mis pasos, mi voz reverberando, mis ideas conectándose a través de todo aquello que siempre me ha gustado: la lectura, la escucha, el paisaje, el silencio o la música que me hace feliz. Cada día garabateo nuevos párrafos para el libro de Orbela. Corro a mi cuaderno antes de que se me olviden o acaben sepultados por otras ideas que en la lejanía escucho trotar en dirección al centro del gigantesco salón que es ahora mi mente.
Hasta ahora, cada vez que he escrito uno de estos Cuadernos de vacaciones ha sido porque estaba de vacaciones. Llegaba a ellos con el último de mis alientos, me agarraba con las puntas de los dedos para auparme y no ahogarme. Quería, con estos textos, capturar los días libres, los días de liberación, para fijarlos, para no olvidarlos.
Ahora quiero escribirlo, me apetece hacerlo, para aprovechar todo este espacio mental, para sacarle partido. También necesito fijar los días porque, claro, estoy como si fuera jubilada. No sé si es domingo, martes, 23 de marzo o 30. La expresión habitar el tiempo tiene ahora, para mí, todo el sentido. Estoy dentro de él, revolcándome en los días y por eso no sé cómo se llaman. Se me ha ocurrido esta mañana. Los días tienen nombre y número cuando los ves desde fuera y necesitas identificarlos. Cuando los habitas, los sobas, los manoseas, cuando te aposentas en ellos y te dedicas a observarlos dejan de tener nombre porque los ves desde dentro. Desde ahí miras al exterior, como si vivieras en un escaparate.
Por primera vez en mi vida el cambio de horario de primavera me ha dado igual. No estoy cabreada ni enfadada con que el sol no se oculte tras las montañas pasadas las ocho y media de la tarde. He cambiado las sábanas y las fundas de los cojines de mi cama. He encendido la chimenea y tengo montañas de libros para desembalar, limpiar y colocar en mis nuevas estanterías. No van a caber todos. Necesito más estanterias. He escrito un par de cartas y decidido qué televisor voy a comprar. Hemos comido tallarines con verduras y gambas y hemos visto The Pitt. Ha soplado viento del norte y ha hecho mucho frío para ser 29 de marzo, domingo.
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Que alegría descubrir que hay cuaderno de Semana Santa! Estoy intentando imaginar como es eso de poder estirar y acortar el tiempo y me vienen a la cabeza los veranos de mi juventud cuando aún no trabajaba.
Lo de (creo) en Cuaderno de Semana Santa, lunes, define el resto de la newsletter; ese continuo vital, esa armonía y ese enorme espacio propio donde cualquier cosa es posible.
Enhorabuena! No es mal comienzo para una semana santa.