Cuaderno de Semana Santa. Hacernos viejos.
Dice Jeanette Winterson que la vida es lo que ocurre dentro de ti y lo que ocurre fuera, que tenemos que dar gracias de no ser un tech-bro y que hay que celebrar lo que sabes de ti misma y todo lo que te queda por aprender.
Hoy he aprendido que estaba cansadísima. He dormido casi 8 horas seguidas y al levantarme mi cuerpo me ha dicho «ni de coña vamos a hacer ejercicio» y lo he entendido perfectamente. Después de comer me he tumbado a leer Nosotros, los Caserta para el Club de Lecturas Encadenadas (tenemos la primera sesión el 10 de mayo), con Los Diez Mandamientos de fondo, y me he quedado dormida otra vez. Tan dormida que he roncado y me he despertado por mis propios ronquidos. Esto solo me pasa cuando estoy agotada. Está bien estar así de cansada aquí, en Cicely. Hemos venido justo para descansar, para hacer las vacaciones bien. Pero si no trabajo, ¿se puede estar de vacaciones? Mi cuerpo tiene claro que sí, que necesitamos días sin hacer nada.
Me duelen las manos muchísimo, sobre todo las palmas y el dedo índice de la mano derecha. Releyéndome he descubierto que ya sufría estos dolores hace un año. Entonces pensaba que era de estrés y ahora he aprendido, porque me lo ha dicho mi nuevo médico cordobés, que me duelen porque tengo artrosis. Es algo en lo que no piensas nunca, pero llega un momento en el que empiezas a aprender cómo vas a envejecer, cómo estás envejeciendo. A mí la artrosis me pareció siempre una enfermedad de gente muy mayor, anciana, vetusta. Mi queridísimo abuelo José Luis tenía una artrosis terrorífica, los dedos como garras, apenas podía mover las rodillas y llevaba un zapato con un alza gigante que, pensándolo ahora, no sé a qué se debía. Murió con 77 años en 1990. Yo tenía 18 y siempre le había conocido caminando con muletas. Escribía a máquina con dos dedos y cogía el bolígrafo para escribir sus cartas también con dos dedos agarrotados. Se quejaba de dolores en las manos y yo no me imaginaba cómo podían ser esos dolores.
—Pues sí, la radiografía confirma que tienes artrosis.
—¿Cómo es posible? ¿Por qué?
—¿Trabajas con las manos?
—No. Me dedico a escribir.
—Eso es trabajar con las manos.
Siempre pensé que trabajar con las manos era otra cosa. Algo más físico, más exigente que teclear sin fin durante horas. A lo mejor algún día acabo tecleando como mi abuelo, con dos dedos, mientras el resto se niegan a estirarse y se hacen cada vez más cortos, más deformes.
Aprender a envejecer es probablemente algo en lo que nunca había pensado hasta ahora. Y a lo mejor no lo he pensado porque vivimos en una sociedad y en un momento en que no se sabe muy bien qué hacer con el proceso natural del envejecimiento. Llamamos jóvenes a gente que tiene 70 años, consideramos que tener hijos con 45 es una buena edad, muchas personas se gastan millonadas en tratamientos, operaciones, dietas y sacrificios (a mi modo de ver, absurdos) para intentar parar lo inevitable: el paso del tiempo. Veo todo eso con estupor. Da igual lo que hagas, cómo te llames, cómo quieras engañarte: estás envejeciendo, te haces viejo, eres viejo. Y el proceso es un poco parecido a cuando pasaste a ser adolescente. Podías, como hice yo, comprarte camisetas gigantes e ir encorvada para tratar de disimular, pero te crecía el pecho hicieras lo que hicieras, te bajaba la regla por mucho que desearas que no ocurriera y te salía pelo innecesario en partes de tu cuerpo que nunca antes lo habían tenido. ¿Podías parar todo eso? No. Pues con la vejez pasa lo mismo. Puedes disfrazarte de joven, atiborrarte a medicamentos, desgarrarte la piel estirándola hasta convertirla en papel de arroz, untarte tres mil cremas, tragar veinte mil complementos... pero no sirve de nada: vas a ser viejo igual.
No estoy diciendo que no haya que cuidarse. Eso es otra cosa. No conviene tampoco abandonarse a la desidia, sobre todo porque si hay algo que todos tenemos claro es que, pareciendo más o menos viejos, todos queremos que la vejez dure lo máximo posible. Nadie dice «ahora que tengo treinta y cinco y estoy espectacularmente joven y en forma a ver si me muero ya en vez de llegar a viejo decrépito». Todos queremos llegar ahí, a ser viejos decrépitos.
Esa es otra. Cuando tenias 8, 9, 10 años creías que hacerte mayor sería un proceso gradual al que te daría tiempo a acostumbrarte. Sí, te crecerían las tetas y te saldría pelo y te llegaría la regla y te cambiaría la voz, pero sería algo de lo que recibirías señales, indicaciones para irte haciendo a la idea poco a poco. De pronto, sin comerlo ni beberlo, todo ocurría muy rápidamente y te pillaba desprevenida. No era así, por supuesto, pero así era como lo sentías.
Con la vejez ocurre igual. Uno piensa que se hará viejo poco a poco y que se dará cuenta de ese proceso. Luego resulta que un día te levantas y te duelen las manos y tienes artrosis y piensas: ¿Cómo es posible que yo, con lo jovencísima que soy si solo tengo 53 años, tenga esta enfermedad de viejos?
He empezado a pensar mucho en todo esto. En aprender a ser vieja, a considerarme vieja. Intento verme desde fuera, como si fuera uno de mis jovencísimos ex compañeros de trabajo. Imagino lo que piensa la cajera del Aldi cuando llego con mi compra absurda de brócoli, longaniza, anacardos fritos, pan de espelta y cervezas con limón. Les pregunto a mis hijas si los padres de sus amigos les parecen más o menos viejos que yo. Me pregunto si con cincuenta y tres años se puede cambiar de vida, dedicarme solo a escribir, convertirme en una estrella de las newsletter o si todo eso es algo que ya no es posible porque la sociedad en la que vivimos, como casi todas las sociedades en la historia, consideran que una mujer vieja no vale la pena. Y todo eso mientras me miro al espejo y pienso: estoy a gusto, estoy bien.
«Todos los viejos saben cómo es ser joven. Ningún joven sabe cómo es ser viejo» (Valor sentimental)
Por eso tenemos que aprenderlo. Y alegrarnos de llegar a ser viejos y no ser Techno-bros.
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Sobre padres e hijos y sobre la vejez. Desayuno y primera sacudida de conciencia. Esto es a lo que se llama una Semana Santa de reflexión, seguro. Esta bien, me gusta, Ana :)
Yo ya soy muy viejita. Tanto, como para no tener interés en disimularlo. Sin embargo, muchas veces me sigo sorprendiendo como cuando era una adolescente. Y eso sí que es una suerte.
Feliz viernes!
¿Me ves por algún agujerito? 50 este año y en lista de espera para operar la mano derecha por artrosis. La izquierda… que espere un poco.
Me veo “escribiendo” al dictado. Y renovando vajilla cada dos por tres. Estoy pensando si no será buena idea comprar una de esas de navegación, de plástico, porque voy rompiendo vasos sin compasión. Se me caen de las manos que es una gloria. En fin.
Para mí lo duro no es envejecer (que también) sino aceptarlo. No me reconozco, y ese proceso gradual de reconocimiento y aceptación se me está haciendo cuesta arriba. Mucho más después de la artrodesis y las limitaciones derivadas.
Al menos puedo leer…