Cuaderno de Semana Santa. El paseo y las ideas
Ladra un perro. Pasa un coche por delante de nuestra ventana. Hay rachas de viento que se cuelan por la chimenea. Zumba la neverita de la cocina y la vecina de al lado pasa la aspiradora a una hora que no es hora de pasar la aspiradora. Huelo a monte, a sudor, a tierra y a churrasco. Tengo el pelo pegado y el móvil sin batería. El cargador está en el piso de arriba y no me veo con fuerzas para subir a por él. El ordenador en las rodillas zumba casi tanto como el motor de la nevera. Me he comprado uno nuevo, monísimo, azul, pero no lo tendré hasta mediados de mes y, mientras tanto, un temor que no había tenido hasta ahora me asalta cada vez que el ordenador empieza a rugir como si quisiera salir volando. «Ay, como se rompa y me quede sin ordenador... A ver qué hago». Hasta hace un rato, y mientras me echaba la siesta tardía en el sofá, se escuchaban las conversaciones de los paseantes de camino al mirador. Me he enfadado con cada uno de ellos por perturbar mi sueño.
Un párrafo entero y no he dicho nada.
Pasa otro coche. Será de algún vecino, porque nuestra calle acaba en la plaza y ahí no hay nada que ver ni visitar. La vecina ha dejado de pasar la aspiradora, pero oigo el rumor lejano de su televisor. Estará viendo Ben-Hur o Los Diez Mandamientos o La túnica sagrada. O quizás Tu casa a juicio. Eso estaría haciendo yo si no estuviera tratando de escribir.
Dos párrafos y aún no he arrancado.
He estado todo el día tomando notas mentales, esbozos, ideas para tener material con el que escribir estas líneas. He vuelto a dormir ocho horas del tirón y lo primero que he sentido al despertarme ha sido sorpresa. ¿Dos días seguidos? ¿Esto que siento tras este descanso ininterrumpido es energía deseando ser utilizada? Debía ser, porque después de desayunar, en lugar de languidecer tirada al sol leyendo, hemos decidido salir a dar un paseo. Me he vestido con ropa que había en el armario y que en un 50% no es mía (compartir casa familiar tiene estas ventajas) y nos hemos lanzado a los senderos. A camina mucho más deprisa que yo. Siempre parece que tiene prisa por llegar aunque no conozca el camino, no nos espere nadie al final de la ruta y tenga que pararse a esperarme cuando mira hacia atrás y me ha perdido de vista. Yo iba pensando en la cantidad de leña fina que había en el sendero y en que estaría bien recogerla con intención de acumular un buen haz para la chimenea. No se puede encender un buen fuego solo con troncos gruesos y pastillas de encendido rápido: se necesita leña fina y saber colocarla. Yo sé hacerlo y por eso en el último expurgue de libros decidí regalar El libro de la madera.
Tercer párrafo y parece que ya cuento algo. Creo.




Leña fina, pequeñas flores blancas, pequeñas flores azules, musgo comiendo las rocas de los muros que bordean el sendero. Siempre me pregunto lo mismo: ¿Quién colocó estas piedras? ¿Quién hizo los pequeños escalones con cantos rodados que de cuando en cuando hacen más fácil el camino? Desaparecieron hace mucho tiempo, muchísimo, pero ¿hay alguien en el valle que cuente historias sobre cómo sus antepasados fueron los que construyeron estos caminos que en su día comunicaban los pueblos y ahora sirven para el solaz de los excursionistas? Durante un buen trecho A y yo hemos caminado juntos y me ha ido contando historias de su bisabuela Margarita, su bisabuelo Manuel, su abuela Benita y su tatarabuelo Antonio María, al que llamaban el Tío Perra y era tan respetado en su pueblo que si había disputa en la cola del pozo para coger agua, al llegar él se apaciguaba. Si la familia de A hubiera delimitado estos caminos él lo sabría. Siempre me había tenido por una persona con buena memoria hasta que le conocí. Es capaz de recordar la actividad que había al final del tema sobre la ganadería en el libro de 5º de EGB de la editorial Santillana y lo que contestó a la pregunta que su maestro, Don Emiliano, le hizo en un examen de comprobación de nivel. ¿Cuáles son las tres etapas de la historia de Roma? «Auge, Imperio y Caída». Acertó una.
Cuarto párrafo. Empiezo a desbarrar.




He visto un acebo cuajado de frutos rojos, una rejilla para cubrir un cauce de agua pintada de azul klein y un aserradero con vigas que me han recordado a las de mi casa. Un camión oxidado. Flores rojas en un jardín. En una casa demasiado grande y demasiado alpina me ha dado envidia cómo tenían colocada la leña. Clasificada por grosores y perfectamente apilada. Quiero construir (o, mejor dicho, pedirle a mi hermano que me construya) un cajón de madera para guardar en él toda la leña fina que hay en el jardín de Orbela y la que saldrá de las podas. Se necesita muchísima leña fina para pasar un invierno. Abulta muchísimo y se quema muy rápido. Nunca hay suficiente. Además de ir pendiente de lo que veía, me he fijado en lo que escuchaba. Un furor pajaril nos ha acompañado durante toda la caminata. ¿He visto algún pájaro? No. He visto una ardilla cruzar delante de nosotros y un par de orugas gigantes, una de ellas con pelo largo que se encogía y se estiraba intentando ocultarse para que no la pisáramos. En un momento dado, al girar un recodo, el piar de los pájaros ha desaparecido sepultado por el estruendo de un par de cascadas en un barranco. Siempre me sorprende la fuerza del agua y el efecto hipnótico que tienen las cascadas. Me acuerdo siempre de las cascadas de Nooksack Falls, en el estado de Washington, y su cartel de peligro: «Atención. Peligro Extremo. Mientras visite este lugar tenga mucho cuidado. No cruce las barandillas ni vaya más allá de los carteles de aviso. Su vida depende de ello. Padres, vigilad muchísimo a vuestros hijos», que terminaba con un «Respetuosa enumeración de los que han perdido la vida visitando las cataratas».
Quinto párrafo. ¿Es que voy a contar la caminata en tiempo real?


Flores amarillas entre rocas. Un penacho de nube surgiendo de un pico...
No me da tiempo. Se ha hecho de noche. Tengo que ducharme y prepararme para salir a cenar. Les mando a mis hijas una foto del paseo.
–Mamá, pareces una lesbiana montañera.
–¿No estoy guapísima?
–Sí, muy guapa pero muy lesbiana también.
–¿Puedo contarlo en la newsletter?
–Claro, es un piropo.

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La Vida de verdad se disfraza de paseos.
Creemos que la vida es levantarse corriendo para ir a trabajar, volver corriendo para llegar a comer y salir corriendo para ir a hacer deporte/la compra o cualquier otro asunto y después correr para llegar a hacer la cena y acostarse.
Pero la Vida con mayúscula es dar un paseo y andar mirando y escuchando lo que nos acompaña. Al más estilo Cuidador de Cabras. Por eso, cuando salimos a la naturaleza y esta nos sorprende en la más mínima expresión, solemos decir que no ha pasado nada.
Querida Ana, dejaste de trabajar pero has empezado a Vivir unos días. Gracias por traerlo aquí
Me encanta cuando “no cuentas nada” o “desbarras” 😄. Gracias por acercarnos tu cotidianidad en Cicely
Buen día a todas