Cuaderno de Semana Santa. Domingo de resurrección
Para mí, la medida para saber si estás teniendo un buen día de vacaciones es la hora a la que te quitas el pijama por la mañana o, si eres de los que duermes desnudo, la hora a la que te calzas unos zapatos para salir a la calle. Cuánto más tarde sea, más de vacaciones es el día. Esta mañana me hice fuerte en el sofá después de desayunar agarrada a mis New Yorker atrasados y a una tetera casi llena. Leí un artículo sobre Joe Rogan y otro sobre la tendencia o moda de escribir diarios de recetas y cocina que me recordó al curso que hice a mediados de marzo con María Arranz: «Escritura, cocina y autobiografía». Nunca en mi vida me había apuntado a nada así, pero lo vi, era gratis y pensé que ahora tenía tiempo y la cabeza liberada. En cuatro tardes María nos explicó a mí y a otras diecinueve personas la vida de Dorothy Iannone, una artista multidisciplinar que, entre otras cosas, escribió un diario en el que mezclaba su vida con recetas y observaciones sobre la comida. A partir de la figura de Iannone nos habló de distintos recetarios que, a lo largo de la Historia, iban más allá de la mera sucesión de ingredientes, procesos y fotografías cuquis. Me he acordado de que tomé muchísimas notas que tenía que ordenar y entonces, al terminar con la revista, he abierto el ordenador para pasar las notas de mi cuaderno, organizarlas y, de paso, anotar otras citas que tenía por ahí en mensajes de whatsapp, en el cuaderno y en papelajos en la cartera. Era una tarea que tenía pendiente. No, no quiero llamarlo tarea porque eso parece quitarle el placer que experimento cuando tengo tiempo para este tipo de cosas: revisar lo que me ha llamado la atención, ordenarlo, hacer conexiones entre ellas y lo que quiero escribir. Hace años, cinco o seis, hacía esto de manera habitual y me encantaba sentir esas chispas de lucidez y conexión.
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Me he quitado el pijama para ir a dar un paseo. El sendero de hoy me provoca siempre mucha nostalgia porque fue uno de los primeros que recorrí con las niñas cuando ambas tuvieron edad para aguantar una caminata. Para engancharlas a andar sin protestar, lo bautizamos como «el sendero de las hadas». El camino transcurre primero por la carretera para luego desviarse por un bosque que filtra la luz iluminando algunas zonas y dejando otras en sombra, creando recovecos en los que podrían vivir hadas, duendes o criaturas del bosque. Eso les contaba cuando las llevábamos por ahí. Puedo verlas y escucharlas con unos pantaloncitos cortos verdes y unas camisetas azules que les compramos en Copenhague y que llevaban pintadas las casas de colores de la capital danesa, corriendo, saltando las piedras, acariciando las rocas cubiertas de musgo y emocionándose al tener que cruzar un río saltando de piedra en piedra.
Nos hemos sentado en el bar del pueblo a tomar una cerveza y comernos una bolsa de anacardos y hemos jugado a imaginar cómo sería un Sábado Santo en ese mismo punto hace ochenta años. Lo primero ha sido borrar todo lo que no había entonces: no sonaría música en Sábado Santo, no habría mujeres con gorra y pantalones, no habría sillas de plástico ni cruzarían el pueblo cables de teléfono o incluso eléctricos. Tampoco habría cancha de baloncesto, ni contenedores, ni calles asfaltadas. Imaginar qué es lo que estaríamos viendo sentados en ese mismo lugar ha sido más complicado. Al mirar en el INE hemos descubierto que probablemente veríamos mucha más gente, porque por entonces, en 1944, ese pueblo tenía casi 300 habitantes, el doble que en 2026. Lo que compartimos con esos habitantes es la presencia gigantesca de las cumbres de los Pirineos cubiertas de nieve, el cielo azul límpido y cristalino y la visión del bosque caduco todavía sin brotar en el que los árboles parecen plumones hasta que empiezan a florecer y a llenarse de hojas verdes brillantes.
Después de comer he esquivado la siesta sumergiéndome en otra tarea placentera que tenía pendiente: ponerme al día con muchas newsletters que me encantan y que no había tenido tiempo de leer. No me gusta leerlas deprisa y corriendo, en diagonal. Prefiero dejarlas en pendientes, sin leer, como si fueran libros en una estantería esperando a ser elegidos. Hoy ha sido su día y lo he disfrutado muchísimo. He tomado más notas, organizado más ideas y apuntado más podcasts que quiero escuchar, como uno del Financial Times sobre el Opus Dei.
De mi estado de concentrado regocijo me ha sacado el mensaje de una amiga: «Venía yo a contarte una cosa de porqué eres una cuerva. Me ha contado aquí el señor que los cuervos son los únicos pájaros que guardan rencor. Si les haces algo, lo recuerdan toda la vida y además se lo cuentan a su bandada. Esto también funciona viceversa, claro, si les haces algo bueno lo recuerdan para siempre; lo cual te hace más cuerva aún». Resulta que los cuervos no olvidan una ofensa o un daño y son capaces de traspasarlo a sus descendientes. En este artículo en el New York Times calculan que son capaces de recordar la ofensa durante ¡17 años!
Me parece un plazo razonable. Así soy yo: muy rencorosa. Es algo que, contra lo que nos han querido hacer creer, considero una virtud. Nos han dicho que el que guarda rencor vive amargado, pero no es verdad. Como le he contestado a mi amiga: «Se puede ser perfectamente feliz teniendo una tonelada de rencor acumulada en las baterías vitales». Ese rencor ya será útil en el futuro, cuando llegue su momento de actuar y pillar al objeto de mi rencor completamente desprevenido, sin saber de dónde y por qué le viene esa venganza. «Ser cuerva» casi me lo pongo de frase de perfil.
Por la tarde he estado escribiendo cartas en el mirador sentada en una de esas mesas de madera que tienen los bancos pegados y son siempre incómodas. Sorprendemente ha resultado ser un sitio perfecto para escribir con plena concentración. Me he llevado folios, un cuaderno para apoyar y la pluma y he escrito varias cartas a los suscriptores fundadores, algunos nuevos, otros que ya llevan años y con los que mantengo una correspondencia más o menos fluida. Justamente ayer, en el New York Times comentaban que escribir a mano activa zonas del cerebro asociadas con la creatividad, la memoria y los sentidos de una manera que el tecleo en pantalla no consigue. Cuando empecé con estas cartas, cuando se me ocurrió ofrecérselo a los fundadores, nunca pensé que iba a disfrutarlo tanto. Me encanta el momento en que me siento sabiendo que tengo una hora o un par de horas para simplemente deslizar la pluma por la página dejando que mi cerebro decida qué contarle a esa persona desconocida. «Pero ¿qué le cuentas a alguien que no conoces?», me preguntan mucho. Pues lo que se me ocurre en ese momento, lo que veo, lo que siento, algo que he leído, escuchado o reflexiones sobre justamente eso, escribir a mano. Leer es mágico, pero ver cómo tu mano dibuja unos grafismos que forman las letras, las palabras y las frases que significan lo que tu cerebro está pensando en ese momento, eso sí que es magia.
Al sol, con brisa fría de norte, con un jersey negro de lana lleno de pelotillas y escuchando el viento soplar a mi alrededor, he escrito hasta que el sol se ha ocultado tras el macizo de la sierra al otro lado de valle. Lo he disfrutado muchísimo. Tengo que acordarme de encargar papel de cartas personalizado, quiero algo que tenga que ver con Orbela.
Hoy he aprendido que igual que el perro ladra, y el ciervo brama, el zorro gañe.
Ha sido un buen día.
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No se si lo has leído ya pero por si acaso, aquí lo dejo. The Correspondent de Virginia Evans. Es un libro que gusta a quien escribe cartas (y a quien no). Lo leí en inglés y estoy escamada con la traducción del título al español pero lo recomiendo mucho.
Sí que parece un buen día...
A mí me encanta escribir en papel. Mil veces he escrito y descrito esa sensación casi mágica de arrastrar la tinta o el grafito por la hoja y que esos círculos y líneas expresen algo íntimo.
Igual que me gusta/ gustaba, escribir cartas, esa forma de comunicación única y umbilical entre dos.
Así que me identifico totalmente con lo que dices.
Buen domingo, buen viaje de retorno.