Cuaderno de Semana Santa. Domingo de resurrección
Hay pocas cosas mejores que despertarse en una casa silenciosa, en un pueblo silencioso, escuchando la lluvia golpear el tejado. Era temprano, las siete de la mañana, pero sé que he sonreído de felicidad. «Está lloviendo». Me he arrebujado con la manta y puede que hasta haya ronroneado como un gato, de pura felicidad. Me he quedado en la cama, dormitando a ratos, pensando en otros, y escuchando cómo la lluvia arreciaba en algunos momentos para casi desaparecer en otros. «Por favor, que no deje de llover». A las ocho y media me he levantado sintiéndome feliz. Era una sensación tan rara que lo he pensado dos veces mientras bajaba por las escaleras agarrada a la barandilla. En esta casa la escalera está muy empinada y, desde que una vez me pasé toda una semana santa advirtiendo a las niñas de que bajaran con cuidado para no caerse para luego ser yo la que volé por ellas hasta aterrizar con el culo en el piso de abajo y tener dolores un mes, bajo siempre agarrada como si tuviera ya ochenta y cinco años y dudara de la fortaleza de mis caderas.
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Hemos desayunado con muchísima calma: dos teteras, compota de manzana y kiwi con yogur, una tostada con aguacate, queso del valle y pavo y un trocito, pequeño, de trenza. Seguía lloviendo pero ya no se escuchaba en el tejado. Oía las gotas repicar contra el alféizar de la ventana y, a ratos, cuando más arreciaba, las veía caer, gordas, redondas, plenas, con furia contra la tapia. Solo el zumbido de la nevera y la lluvia. Ni un solo ruido más, ni un paseante, ni un coche. Mis dedos sobre el teclado y el sonido de las páginas del libro que he estado leyendo toda la mañana. Se titula The Lives of Rocks. Stories, y es de Rick Bass, el autor de Winter (el libro que me hubiera gustado escribir). Hace un mes una de mis compañeras en EL PAÍS se iba a Nueva York y le dije de pasada que si entraba en Strand y encontraba algo de Rick Bass que me lo trajera. Para mi sorpresa volvió con este libro de relatos publicado en 2006. «¿Ese es Rick Bass?», me ha preguntado A cuando ha visto su foto en la solapa de la sobrecubierta. «Si, ¿por?» «No me lo imaginaba así. Pensé que era un tío de 30 años, con pinta de hipster, con pelo frondoso, media melenita, barba poblada pero cuidada y camisa de cuadros». Desconozco de dónde se había sacado A esta imagen de Bass, porque en realidad el bueno de Rick tiene ahora mismo 67 años, lo que le sitúa en 2006 con 48 años. Es, y era, calvo, flacucho y no tiene pinta de hipster. Tiene más pinta de profesor enrollado de literatura que acaba siendo expulsado del instituto por mentir para no perjudicar a sus alumnos. Los relatos de este volumen son tristes con un poso melancólico muy fuerte. Me pregunto por qué la Naturaleza, las montañas mejor dicho, son siempre en la literatura más proclives a la melancolía y la tristeza bonita que a la alegría desbordante y brillante. Lo he vuelto a pensar cuando a las siete, tras pasarnos la tarde vegetando en el sofá, hemos decidido coger el coche y subir hasta el final del valle, hasta que la carretera choca con la montaña y no se puede ir más allá, solo por el placer de conducir escuchando música y contemplando el paisaje.
5º C, 4ºC, 3ºC, la temperatura iba bajando según subíamos, pero el cielo cada vez estaba más azul, más limpio. El valle se va angostando, las pendientes de la montaña cada vez son más abruptas y comentábamos la nevada que por la mañana había debido caer. La carretera estaba limpia. Seis curvas y dos túneles más adelante, casi por sorpresa, los arcenes ya tenían cinco centímetros de nieve. 2ºC, 1ºC, 0.5ºC, la carretera llena de nieve. Ni un alma. Hemos aparcado para dar un breve paseo pisando la nieve. Al golpear nuestras manos con los guantes el sonido resonaba contra las montañas y nos lo devolvía, como si hubiera alguien ahí en lo alto haciendo lo mismo. El viento que soplaba arriba en las cumbres cubría algún pico con jirones rosáceos reflejando los últimos rayos del sol. No hemos estado más de diez minutos pero al volver hacia el coche, como si hubiera venido persiguiéndonos, una nube negra avanzaba hacia nosotros. El viento ha empezado a soplar con fuerza y la cara se me ha quedado congelada. Intentaba no respirar porque el aire era tan frío que dolía la cabeza. Nada más meternos en el coche y empezar a bajar, la nube negra nos ha atrapado y, sin saber muy bien cómo, estábamos dentro de la ventisca. Me fascina el tiempo en la alta montaña. Me fascina su imprevisibilidad. Que siempre estemos a merced de unas fuerzas incontrolables e impredecibles que pueden acabar con nosotros en cualquier momento. Justo ayer, habíamos estado viendo una exposición de fotografías de los primeros montañeros españoles que se dedicaron a subir «ochomiles». Algunos de ellos murieron en la cumbre del K2 en 1997. Llegaron demasiado tarde, se les hizo de noche, murieron al bajar. Pensaba hoy si esos montañeros que por supuesto fueron conscientes de que la iban a palmar sin remedio, de alguna manera lo hicieron felices porque la muerte les llegó casi por elección, haciendo algo muy peligroso que amaban con locura. Yo nunca he amado tanto así, como para jugarme la vida. De hecho, comentaba el otro día que he hecho pocas locuras en mi vida, la mayoría tonterías ridículas por amor o pasión, pero nada que comprometiera mi vida. Como mucho mi orgullo. Ni siquiera he tomado drogas y, por supuesto, jamás se me ocurriría subirme a una cumbre imposible, hacer submarinismo o tirarme en salto base. Eso no quiere decir que no pueda despeñarme cualquier día paseando por la montaña o resbalar en una carretera con nieve en medio de una ventisca y acabar cayendo por un barranco pero, en principio, ser una cagueta prudente algo me protege.
Conducía despacio, atenta a la belleza del paisaje. Las laderas de las montañas según bajábamos cubiertas de árboles brotados: amarillos, verdes brillantes, verde más oscuro, algún marrón y por delante de todos esos colores, la preciosa ventisca que empujaba copos como trocitos de papel contra el parabrisas. Era como si alguien hubiera puesto en marcha un ventilador de confeti para celebrar el final del invierno.
La belleza de este lugar me sobrecoge. He pensado en Rick Bass y en sus relatos. En llegar a casa, tumbarme en el sofá y despedirme del invierno, de su sobrecogedora belleza y de su tristeza balsámica.
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Cuánto me alegro de que te puedas despedir así del invierno. Qué envidia más mala me das. Cuando sea mayor y me jubile, voy a seguir tus pasos.
Buen domingo! Disfrútalo.
Me encantaría vencer mis miedos y disfrutar del frío tanto como tú. Es verdad que no existe el mal tiempo, sino la ropa inapropiada pero aún equipándome bien me siento tan vulnerable ante las lluvias fuertes y sobre todo el viento. Tengo pánico al viento desde siempre, a ese sonido al movimiento de los árboles, a ese silbido que se produce. Mi cuerpo se encoge y cierro fuerte los ojos intentando hacer que pare. He pasado muy mala noche por el viento, y créeme, he pensado en ti y en todas esas personas que disfrutan de este tiempo. Quizá algún día encuentre la manera de disfrutarlo!