66.016 pasos
Me dice mi aplicación que llevo toda la semana cumpliendo el reto de los 10.000 pasos. Me dice que he dado 66.016 pasos en los últimos siete días. No es que yo tenga un interés especial en cumplir con esas caminatas. De hecho, la aplicación no me regaña los días que camino 350 pasos porque no está configurada para eso, o porque no se cree que alguien sea capaz de caminar tan poco en un solo día. No me conoce. Me da igual caminar diez mil pasos que tres mil quinientos o que dos mil setecientos. Me da igual si la historia de los diez mil pasos es verdad o si es suficiente con caminar cuatro mil quinientos. Lo que sí sé es que cuando camino mucho me duelen los tendones de Aquiles. Creo que no me han dolido siempre, que es una cosa del viejunismo en el que voy poco a poco entrando y que, al mismo tiempo que me proporciona achaques, me da perspectiva para valorar mi relación con caminar, con andar, con salir a dar paseos.
Hace años compré un libro de Rebecca Solnit que se titulaba Wanderlust y que iba sobre eso, sobre caminar, sobre andar. Era un libro que quería leer, que hasta había apuntado en mi lista de libros deseados y que, sin embargo, abandoné en la página 350 porque no podía más del aburrimiento. En mis notas escribí:
«Solnit es soporífera. Tiene muchas ideas, ha leído y consultado un millón de fuentes, pero es aburridísima y no me apetece perder más el tiempo. Además, tampoco creo mucho en la mística de caminar. ¿Andar? Sí, muy bien. Hay días de pasear, ciudades para pasear, tardes para caminar, para agotarte, para descubrir y pensar o para observar y mirar... pero no necesito revestirlo de un sentido trascendente».
Y eso es lo que me pasa con caminar. ¿Me gusta? Pues depende. Del día, del lugar, del momento, de mi estado de ánimo, de la compañía, de las ganas que tenga de estar sola o acompañada, de la prisa que tenga, del tiempo que haga, del paisaje o las calles que vaya a atravesar, de los zapatos que lleve, de la hora del día, de lo que haya desayunado, comido o cenado, de si he madrugado, de si estoy cansada, contenta, feliz, espídica, triste, llorosa o enfadada.
Como dice mi aplicación esta semana he andado mucho. Cada caminata ha tenido su sentido. Para ir a trabajar atravieso El Retiro caminando mientras escucho podcasts. Me abstraigo de los ruidos de la ciudad y de mis pensamientos. Me concentro en lo que escucho y en lo que veo. La historia que me cuentan y lo que voy viendo, la gente con la que me cruzo, los paseantes, los que hacen ejercicio en el Paseo de Coches, la comunidad de dueños de perros que se juntan cada mañana al lado del Palacio de Cristal, los remeros, los que van en bici, los turistas despistados, las señoras que se juntan a caminar cada mañana, la gente que, como yo, va a trabajar, los policías en la puerta del Banco de España, los señores de traje entrando y saliendo de los edificios señoriales que se asoman a Alcalá, Gran Vía, todo eso es ajeno a mí. Muy ajeno. Lo recorro caminando concentrada en atravesarlo: el parque, las calles, las personas que no tienen nada que ver conmigo. Camino al trabajo para prepararme mentalmente, para cansar mi cuerpo y mi atención y así dejarme llevar después sin encabronarme en exceso. Camino al trabajo para dilatar el momento de llegar, para creer que aunque el resto de la jornada sea por completo una pérdida de tiempo por lo menos habré cansado mis piernas. Cuando salgo camino solo un tercio del recorrido y luego cojo una bici; tengo tanta prisa por volver a casa, por ponerme a salvo de la ciudad que no puedo esperar a que mis pasos me lleven hasta allí. Quiero pedalear con rabia, quiero correr, quiero que el motor de la bici eléctrica me ponga cuanto antes a salvo.
Esta semana también caminé de vuelta a casa desde el hospital después de un par de pruebas médicas. Esos paseos fueron distintos a los del trabajo, en estos iba sumida en mis pensamientos. A salvo también del ruido de la ciudad, con los auriculares puestos pero prestando atención justa a lo que iba a escuchando (una conversación con un escritor que me cayó bien a trozos) y también a todo aquello con lo que me iba cruzando. Desde el hospital a casa el paseo es una gran cuesta abajo con mucho tráfico y casi nadie caminando. Me sé el paisaje de memoria y solo tengo un par de recuerdos asociados a ese recorrido: el día del funeral de la madre de M con Clara siendo un bebé recién nacido, una copa con un ligue, los paseos a la librería infantil cuando las niñas eran pequeñas, la primera visita al barrio cuando fuimos a ver la que sería nuestra casa por primera vez. En esos paseos voy perdidísima en mis pensamientos y esos recuerdos son como neones que van encendiéndose y apagándose según camino. No duran mucho. No los mastico ni los saboreo ni me regodeo, son casi como las luces de control de un panel de mando. Un control de que todo sigue ahí, almacenado.
Caminé también de vuelta desde un sitio de cocinas. Me puse música porque mi cabeza iba perdida en presupuestos, decisiones, pomos, encimeras, sistemas de apertura, gaveteros, estanterías, campanas extractoras, alturas, dimensiones, un número infinito de decisiones que me abruman porque en el fondo me dan igual. Y no deberían darme igual, deberían importarme muchísimo, pero no consigo involucrarme. Además, me molesta que haya mucha gente con las ideas clarísimas sobre estos temas a las que cuando les pregunto sean incapaces de darme una respuesta que me ayude. Siempre es algo como «a ver, yo pondría tal, pero a la que le tiene que gustar es a ti». No consigo que entiendan que a mí no me gusta ninguna, me da igual. Quiero que me lo den hecho. Mejor dicho, quiero que alguien que me conozca muy bien, mejor que yo misma, tome esas decisiones por mí. Caminé pensando que eso no va a pasar y que estoy en otro nivel de adultez, el nivel de adultez de ser una persona soltera que se compra una casa ella sola y cuyas decisiones sobre ella son exclusivamente suyas. Un escenario ideal pero un poco aterrador. En ese paseo intenté abstraerme de la convicción de que voy a cagarla pero que en realidad da igual. Nadie me lo va a poder echar en cara.
Los pasos que doy mientras saco a los perros deberían contar el doble o el triple. Como son adolescentes, cualquier parecido con un paseo tranquilo, con las manos en los bolsillos mientras ellos corretean olisqueando mierdas de otros es pura fantasía. Son jóvenes, pesan casi cincuenta kilos y no han aprendido todavía que los cuerpos son impenetrables. Yo no soy joven y peso más de cincuenta kilos pero sé que tengo que enseñarles a no hacer uso ni abuso de su extraordinaria fuerza y por eso pasear con ellos me hace sentirme un poco como si fuera Clint Eastwood en El sargento de hierro. Según les pongo las correas en la puerta de casa y me las enrollo a las muñecas empiezo a decirles muy seria: «Despacio. Salimos despacio», mientras clavo los talones en la tierra para anclarme y aguantar el tirón que darán según abra la puerta. Vamos avanzando. Poco a poco he conseguido que caminen a mi lado y solo se despistan y pegan tirones cuando algo tan apetitoso como la mierda que ha dejado otro perro o una planta exactamente igual a otras veinticinco mil despliega un olor, supongo que maravilloso, que les obliga a cruzarse y correr a pegar los hocicos a ella. En esos paseos mis talones y mis bíceps se resienten. En el de hoy, casi al anochecer, he visto un arcoiris casi vertical, nubes rosas y los últimos rayos de sol iluminando La Peñota y Siete Picos. En esos paseos el pensamiento siempre es el mismo: «Qué bien estoy aquí», «Qué feliz voy a ser en cuanto viva aquí todo el año» y «¿Cuándo coño vais a dejar de ser perros adolescentes y vais a convertiros en perros adultos vagos y reposados?»
El mejor paseo de la semana ha sido, sin duda, el de esta mañana. No por el recorrido, porque la carretera de Puenteverde es un poco peligrosa para los peatones, tiene tan poco arcén que no se puede prestar atención al paisaje, pero el destino ha merecido la pena. Durante los casi 4 kilómetros de camino hacia allí iba contenta, anticipando el placer que me esperaba al llegar. Nada más entrar me ha recibido un cálido saludo: «Ana, ¡cuánto tiempo! ¡Qué alegría verte! ¡Tengo aquí tu encargo!» No creo en la mística del caminar. No soy mejor persona cuando salgo a pasear. No me aclara la mente ni me siento trascender. Camino, casi siempre, por necesidad. A veces para huir. Y otras, como esta mañana, para llegar. Me ha costado casi una vida, pero por fin tengo una librería de referencia en la que me saludan por mi nombre, se alegran de verme y me consiguen todos los libros que les pido. He salido de allí sonriendo, con mis libros en la mochila, contentísima.
Los 17431 pasos de hoy han sido todos felices, gozosos, pero mi aplicación no distingue los pasos felices de los otros. La tecnología es siempre decepcionante.
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Ana, buenos días! Con esa casa, las vistas a esos árboles, el cielo, los techos de vigas de madera, la librería de tus favoritos... No la vas a poder cagar aunque te empeñes. Todo lo subsidiario se puede volver a deshacer. Pero el entorno de esa casa tan para ti... imposible! Buen domingo!
A mi me gusta pasear, pero no ir de un lado a otro. Me gusta el paseo "modo turista" esté donde esté, ese paseo de mirada curiosa, descubriendo, apreciando, imaginando. Hace un año que cambié de trabajo y eso me ha llevado a utilizar el descanso del café de la mañana para pasear una media hora diaria, 15 minutos en un sentido y 15 de vuelta, en los que intento "turistear" la pequeña población donde trabajo. A mí me sabe a pequeño lujo, que cosas!